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[ OPS/OMS Colombia | Indice]
LA ORGANIZACIÓN PANAMERICANA DE LA SALUD Y EL ESTADO COLOMBIANO
CIEN AÑOS DE HISTORIA
1902 - 2002
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PRESENTACION
INTRODUCCION
Capítulo 1: Preámbulo de una relación, 1902-1920
Capítulo 2: El impulso de la cooperación, 1920-1938
Capítulo 3: Bases institucionales para la cooperación,
1938-1950
Capítulo 4: Entre la erradicación de enfermedades
y la integración de servicios, 1951-1960
Capítulo 5: Salud, desarrollo y derecho a la
salud, 1961-1975
Capítulo 6: El SNS en el marco de la Atención
Primaria de Salud, 1976-1985
Capítulo 7: La descentralización y el modelo
de los SILOS, 1986-1993
Capítulo 8: Cambio de reglas, sorpresa y restitución,
1993-2002
Bibliografía
ANEXO
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La OPS y el Estado colombiano: Cien años de historia
1902-2002
Créditos
Dirección de la investigación:
- Mario Hernández Alvarez, médico, Magíster en Historia, candidato
a Doctor en Historia, profesor de la Universidad Nacional de Colombia
- Diana Obregón Torres, socióloga, Magíster en Historia, Ph.D
en Estudios Sociales de la Ciencia, profesora de la Universidad Nacional
de Colombia
Asesor de la investigación:
- Néstor Miranda Canal, sociólogo, profesor de la Universidad
El Bosque y de la Universidad de Los Andes
Investigadores:
- Claudia Mónica García, médica, candidata a Magíster en Historia,
profesora de la Universidad El Bosque
- Juan Carlos Eslava, médico, Magíster en Sociología, profesor
de la Universidad Nacional de Colombia
- Román Vega Romero, médico, Magíster en Administración de
salud y seguridad social, Ph.D en administración, profesor de la Universidad
Javeriana
Asistentes de investigación:
- Jinneth Hernández Torres, médica
- Manuel Vega Vargas, médico
- Carlos Vladimir Villamizar Duarte, historiador
- Diego Mauricio Barbosa Morales, médico
Bogotá, Octubre de 2002
La Organización
Panamericana de la Salud cumple este año un siglo de trabajo en pro de la
salud de la población de la región de las Américas. Todos los países han
venido desarrollando en el transcurso de este año numerosas actividades que
globalmente han sido un reconocimiento a un gran esfuerzo conjunto de la
Oficina y los países, cuyo logro ha sido el progreso sostenido de la salud
en la Región.
Como ocurre
con los aniversarios personales, los de las instituciones no solamente constituyen
ocasión propicia para el festejo, sino oportunidad para la meditación. Por
ello, a propósito del Centenario de la Organización, en Colombia decidimos
deliberadamente no solamente festejar sino reflexionar acerca de lo que ha
sido un siglo de cooperación en el país. Sin embargo, desde un comienzo el
propósito fue diferente al de un recuento histórico más o menos ilustrativo.
La intencionalidad, fue la de desarrollar un trabajo analítico de una
ya larga relación dinámica entre la Oficina y el país, siempre alrededor
del tema central de la Salud Pública. Más aún, nos animó a hacerlo, el que
en este momento, confluyen varias realidades con aires de renovación: entre
otras, el comienzo de un nuevo siglo, un cambio de gobierno en el país, un
inminente relevo en las autoridades de la Organización, apasionadas discusiones
acerca de las corrientes globalizantes y sus repercusiones en lo social.
Trascendiendo
el recuento institucional que, irremediablemente hubiera constituido una
visión muy sesgada, decidimos que la reconstrucción del pasado y el análisis
del presente requerían enriquecerse con las visiones y aportes de representantes
de muchos sectores. Además y de paso, esta amplia convocatoria servía a un
propósito secundario pero desde nuestra perspectiva no menos importante: la
necesaria discusión sobre la salud pública. Para ello, la Organización conformó
un grupo de personas conocedoras de la historia general del país, de la historia
de la salud pública en Colombia y de la cooperación, todos con diferentes
niveles de aproximación: en las distintas épocas y por sus vivencias como
docentes, trabajadores de la salud pública e investigadores y funcionarios
y ex funcionarios de la Organización.
El proceso
de investigación contó con la generosa participación de muchas personas y
entidades, hasta lograr configurar un producto plasmado en esta publicación.
Del proceso aprendimos la importancia de guardar la memoria institucional
para cuando desaparecen los actores y nos deja el propósito de procurar documentar
el trabajo y de guardar con celo los documentos
El propósito
nunca fue el de un recuento exhaustivo Sin embargo, con gran satisfacción
entregamos su producto. Estamos seguros que su lectura desprevenida será muy
enriquecedora desde el punto de vista histórico. Todos los comprometidos en
su construcción, damos fe de haber aprendido y entendido mucho de la Organización,
del país y de su devenir histórico y del desarrollo de la salud pública en
Colombia.
Sin embargo,
y recuperando la intencionalidad principal de este empeño, esperamos que
esta publicación sirva de pretexto para emprender numerosos y amplios procesos
de discusión y análisis acerca de la salud del país y el contexto nacional
e internacional en que se mueve, de la cooperación internacional que recibe
y requiere, con miras al fortalecimiento de la salud pública y al desarrollo
de mejores condiciones de vida para los colombianos.
Quisiera finalizar
la presentación de esta publicación tomando de la Declaración de Alma Ata
lo que creo esta en el espíritu que anima a la Organización y que dice: "La
existencia de desigualdad en el estado de salud de las personas, particularmente
entre los países desarrollados y los países en vía de desarrollo, así como
entre los diversos países, es inaceptable política, social y económicamente..."
Eduardo Alvarez Peralta
Representante
OPS/OMS en Colombia
A la par con
el discurrir de un siglo XX convulsionado, los países latinoamericanos se
vieron en la necesidad de fortalecer sus estructuras estatales, en medio de
un proceso complejo de reorganización mundial de los mercados internacionales.
Como fruto de la acción combinada de las dinámicas socioeconómicas y políticas
generadas por un sistema capitalista en desarrollo, la búsqueda de formas
internacionales de organización y regulación fue una necesidad cada vez más
imperiosa para la interacción de los Estados, así como una de las manifestaciones
de la dinámica globalizadora que atravesó todo el final del milenio.
La OPS, como
organización continental, fue hija de estos procesos sociales en los que los
estados nacionales americanos se configuraron en amplias redes de interdependencia
e intercambio. Articulada con el proyecto expansionista de una naciente potencia
mundial, los Estados Unidos de América, la Organización, en su momento Oficina
Sanitaria Internacional y posteriormente Oficina Sanitaria Panamericana, canalizó
la ampliación del intercambio en las Américas bajo consignas civilizatorias,
modernizantes e higienistas.
Pero si bien
la génesis de la OPS cobró un sentido instrumental para la expansión de los
mercados y la intensificación de los intercambios comerciales, es preciso
señalar que, al mismo tiempo, constituyó el mecanismo afortunado mediante
el cual la salud adquirió un reconocimiento totalmente nuevo e importante
en el nivel continental, a la par que se le reconocía la categoría de problema
estratégico para la región y sus países. En esta situación, la acción de la
OPS, alimentada por un desarrollo científico-técnico progresivo y por las
crecientes demandas de salud, rebasó los límites impuestos por intereses unilaterales
y se enfrentó a las complejidades de un escenario socioeconómico y político
multifacético en el orden mundial posterior a la segunda Gran Guerra.
La nueva estructura
multipolar en 1947, fortalecida en 1958, en medio de la escena mundial de
posguerra, posibilitó un cierto consenso desde los años 60 en el seno de una
organización que, no sólo asesoraba a los diferentes países miembros, sino
que también representaba los pactos que surgían entre ellos. Esto permitió
el despliegue de acciones coherentes y múltiples que hicieron de la OPS un
símbolo de la acción cooperativa internacional y una herramienta para la planificación
de la salud en el ámbito regional. Desde la fortaleza alcanzada mediante este
estatus, la acción de la OPS pudo desplegarse con vertiginosa rapidez. Adicionalmente,
un cierto impulso proveniente de un ideal tecnocrático y solidario en ascenso
en el plano mundial, le permitió afianzarse como un actor importante en el
escenario de la política sanitaria continental.
La lucha contra
enfermedades importantes desde los puntos de vista social, económico y político,
la promoción y el apoyo a las respuestas estatales para enfrentar las necesidades
sanitarias, y el fortalecimiento técnico de un recurso humano cada vez más
indispensable para agenciar la acción sanitarista, constituyeron los grandes
frentes de trabajo de la labor de asistencia y cooperación técnica de la OPS
con los Estados Miembros, todo ello cobijado bajo la impronta de un discurso
y un quehacer salubristas. El derecho a la salud, la salud para todos y, más
tarde, la equidad, fueron banderas poderosas que lograron aglutinar las voluntades
de los países en acuerdos de acción continental. Aunque no siempre coherentes
con sus propios planteamientos, los países latinoamericanos buscaron la manera
de ajustar sus estructuras y dinámicas sanitarias para responder a las necesidades
de salud de sus propios habitantes en el marco de los llamados y los convenios
internacionales, generalmente propiciados por la OPS.
En Colombia,
la OPS consolidó su presencia institucional en el decenio de los cincuenta,
convirtiéndose en protagonista de primera línea y en referente clave para
la acción sanitaria, papeles destacados que mantuvo durante más de tres décadas.
A su vez, el Estado colombiano, en su accidentado proceso de configuración
y de búsqueda de legitimidad, acogió de manera activa muchos de los planteamientos
agenciados por la Organización, validó las acciones de asistencia técnica
que ella le ofrecía y las incorporó como un complemento casi natural a su
labor de definición de políticas en salud.
Pero, como
lo muestra la historia de las tendencias y vicisitudes en la relación entre
la OPS y el Estado colombiano aquí relatada, la confluencia de intereses e
intercambios entre estas dos instancias se dio en una dinámica de cambios
y transformaciones de la sociedad en su conjunto que afectaron a los dos componentes
de dicha relación. De allí la especificidad de los desarrollos, los logros
y las dificultades de la cooperación técnica en Colombia. La OPS tuvo giros
y énfasis diversos, según la confluencia internacional de factores socioeconómicos,
políticos y científico-técnicos propios de cada período. El Estado colombiano,
a su vez, transitó por mutaciones y reorganizaciones que le imponía el ritmo
de la convulsionada sociedad colombiana, que no siempre expresaban una adecuada
coherencia entre las necesidades sociales y políticas y las reformas institucionales.
Unas veces
de la mano de los programas de erradicación de enfermedades, otras de la mano
de proyectos de integración de los servicios asistenciales, unas más desde
referentes planificadores, y otras desde estrategias como la atención primaria,
con el leit motiv del vínculo entre salud y desarrollo -omnipresente desde
comienzos de los años 60- la relación OPS-Estado colombiano configuró íntimas
y complejas articulaciones entre saberes y poderes, entre tecnocracias locales
y foráneas y entre actores sociopolíticos y coyunturas críticas.
En esta articulación,
los dos grandes actores de esta historia se volvieron mutuos validadores de
sus propias acciones. El Estado colombiano reconoció en la OPS un instrumento
útil y pertinente para adelantar la labor de coordinación de la acción sanitaria
nacional y continental, mientras que la presencia de la OPS se constituyó
en un legitimador del Estado colombiano y de sus políticas de salud. En esta
confluencia, hubo logros tan importantes como la disminución de la mortalidad
infantil y materna, la erradicación de la viruela y de la poliomielitis, la
creación de una red pública de servicios que iban más allá de la atención
individual para afianzar una salud pública con innegable presencia nacional.
Pero esta
positiva adecuación de la interacción entre los socios de la cooperación aquí
estudiada experimentó dificultades intermitentes, como era apenas natural,
hasta que perdió su vitalidad con las profundas transformaciones que se empezaron
a llevar a cabo desde finales de los años 80 y comienzos de los 90. Por un
lado, el reordenamiento internacional alinderó a las nuevas fuerzas políticas
e institucionales que adquirieron un papel cada vez más importante en la formulación
de las políticas sociales internacionales y nacionales y, concretamente, en
la política de salud; por otro, el país cambió entre otras razones por la
incorporación de nuevas fuerzas al sistema político, bajo la guía de claros
derroteros neoliberales.
Con ello,
la OPS no sólo vio disminuir su liderazgo en la orientación de las políticas
de atención médica en el ámbito internacional, sino que, en el plano nacional,
se encontró por fuera del proceso crítico de reorientación del sistema de
salud que se estaba cumpliendo. El país, o mejor, los gobiernos de los noventa
ya no concebían de la misma manera la participación de la Organización y,
más aún, ya no estimaban de la misma forma el papel de una organización de
cooperación internacional como la OPS, situación que se expresaba también
en ámbitos transnacionales. Paralelamente, la autoridad sanitaria por excelencia,
el Ministerio de Salud, se transformó de tal manera que afectó el diálogo
entre los dos actores de la añosa relación. Los ejes centrales de la política
no se discutían, mientras se realizaban programas puntuales de cooperación
con escasa articulación. La OPS fue testigo del impacto de las transformaciones
globales sobre los consensos tácitos entre los países latinoamericanos que
le habían permitido cierta eficacia en su labor político-técnica en el campo
sanitario. Y el Estado colombiano, disuadido por su propia convicción de estar
innovando en el terreno de la organización de los sistemas de salud, consideró
que la Organización tenía poco que decir frente a las propuestas de ese momento
de los años 90.
Por ello,
y es la situación actual, surge nuevamente la inquietud acerca del papel que
debe cumplir la OPS en el escenario sociopolítico contemporáneo en el nivel
regional, así como frente a los países miembros. ¿Cuál debe ser el nuevo acuerdo
que renueve la relación OPS-Estado colombiano? Los dilemas que se abren son
abrumadores. Sólo se podría decir, si la historia nos permite con su luz atisbar
en los recintos del futuro, que la interacción entre las dos instancias podrá
ser mantenida, como una relación fecunda, en la medida en que ellas mismas
construyan acuerdos sólidos sobre las necesidades prioritarias de los colombianos
en materia de salud y sobre las vías para conseguir un mayor bienestar para
la población en su conjunto y en su diversidad. No será fácil, pero hay indicios
y esfuerzos que apuntan en esa dirección.
De parte de
la Organización, la actual orientación de su labor en pro de la garantía del
derecho a la salud y la superación de las inequidades en este campo puede
ser esclarecedora y servir de referente nacional. Si la evaluación de las
FESP se convierte realmente en un instrumento para fortalecer la rectoría
del sistema por parte de las autoridades sanitarias, desde la perspectiva
del derecho universal y la equidad, seguramente los gobiernos acudirán a este
valioso componente de la cooperación. Si la OPS lanza al debate público nacional
e internacional la necesidad de reorientar las políticas por una nueva concepción
de la salud pública, con seguridad encontrará nuevos aliados, dentro y fuera
del aparato estatal.
La nueva concepción
debe tender, como ya lo ha planteado OPS, hacia una salud pública revitalizada
y vigorosa, además de participativa y democrática. Una salud pública capaz
de superar el reduccionismo de las externalidades, para avanzar hacia la "intervención
colectiva, tanto del Estado como de la sociedad civil, orientada a proteger
y mejorar la salud de las personas", como se afirma en el proyecto de las
FESP. Una salud pública que reconozca las especificidades del conflicto armado
-dato que necesariamente debe tener cualquier política social en Colombia-
y su impacto en la salud de las personas y en el desempeño de los servicios
de salud; una salud pública que proponga estrategias de reorganización de
los recursos disponibles hoy para la atención médica, con la única pretensión
de lograr metas de bienestar, de salud y de superación de las inequidades;
una salud pública que convoque a la solidaridad de los ciudadanos para hacer
de la salud uno de los objetivos de la acción colectiva; una salud pública
que recupere el compromiso de los trabajadores de la salud hacia la vida saludable
de las personas más que al mejoramiento de sus precarias condiciones laborales
y socioeconómicas. En fin, una salud pública remozada que sirva de anclaje
para tantas iniciativas, acciones y realizaciones que hoy están dispersas
y, fatalmente atrapadas, en la lógica de los mercados de los servicios de
salud.
De parte del
Estado colombiano, es indispensable redefinir las necesidades de la cooperación
internacional en salud, sobre la base de cumplir y hacer cumplir el mandato
constitucional, tantas veces enunciado y pocas realizado, de ofrecer a toda
la población unos servicios de salud guiados por la universalidad, la eficiencia,
la solidaridad, la equidad y la participación. Las necesidades son muchas
y los recursos ya no son tan escasos. La definición de políticas estatales
de salud y no sólo de gobierno, es un imperativo del momento para construir
una visión de largo plazo. Las confluencias son posibles y necesarias, tanto
de los esfuerzos intersectoriales y de la sociedad en su conjunto, como de
los aportes de la cooperación internacional que la Organización ofrece, en
las distintas modalidades. Una visión de la salud pública de las dimensiones
enunciadas anteriormente puede, sin duda, convertirse en herramienta de gobierno
y de reorganización de las políticas públicas.
Cien años
son poco para la humanidad, pero son mucho para la vida de las instituciones
y, naturalmente, de los individuos. Las instituciones y las organizaciones
pueden sucumbir, pero también pueden reordenar sus estructuras y sus propósitos
frente a nuevas exigencias. La coyuntura actual es, sin duda, un verdadero
reto, tanto para organismos como la OPS como para algunos Estados nacionales
que, como el colombiano, parecen estar sumidos siempre en la incertidumbre
de la crisis permanente. Un replanteamiento de una relación prolongada, como
la que aquí se ha examinado, puede ser el puente hacia un segundo centenario,
siempre factible para las instituciones ya afianzadas en el tiempo, que miran
al pasado para recomponer su futuro.
Capítulo
1: Preámbulo de una
relación, 1902-1920
La interacción
entre la Oficina Sanitaria Internacional (OSI), primer antecedente de la Organización
Panamericana de la Salud (OPS), y el Estado colombiano comenzó un poco tarde,
si se compara con otros países latinoamericanos. Puede decirse que la cooperación
directa y propiamente dicha entre la OPS y el Estado colombiano se inició
en el decenio de 1950, si se tiene en cuenta la presencia de funcionarios
permanentes en el país, y la cantidad y la calidad de los proyectos de cooperación
en higiene y salud, en el marco de las transformaciones que las dos instancias
vivieron después de la Segunda Guerra Mundial, como se verá más adelante.
Con anterioridad a esta fecha, en particular durante los dos primeros decenios
del siglo XX, las relaciones entre ambas instituciones se limitaron a la expedición
de leyes sobre policía sanitaria e infraestructura de sanidad portuaria por
parte del aparato estatal colombiano de higiene pública, tomando como base
los acuerdos emanados de las sucesivas reuniones sanitarias de los países
americanos e, incluso, de las Conferencias Internacionales de los Estados
Americanos. Pero el análisis de estas primeras interacciones, a las que se
ha denominado "preámbulo", requiere una breve exploración de las relaciones
internacionales referidas a los problemas de salud de finales del siglo XIX
y comienzos del XX.
Aunque durante
la segunda mitad del siglo XIX no existía consenso entre médicos e higienistas
acerca de las causas de enfermedades como el cólera, la peste o la fiebre
amarilla, ni sobre sus modos de transmisión y tratamiento, la necesidad de
establecer mecanismos para proteger las fronteras nacionales contra las epidemias
condujo a la celebración de Conferencias Sanitarias Internacionales promovidas
principalmente por los países europeos, como las de París en 1851 y 1859,
de Constantinopla en 1866, Viena en 1874, Roma en 1885, Venecia en 1892 y
Dresde en 1893. La quinta de estas conferencias se celebró en Washington en
1881, a raíz de una epidemia de fiebre amarilla iniciada en Brasil en los
años 70 y que arribó a los Estados Unidos en 1878 (Bustamante, 1955: 1-2;
Moll, 1940: 1220). Pero no sería sino hasta comienzos del siglo XX, cuando
una serie de circunstancias económicas, políticas, sociales y culturales hicieron
posible la creación de organizaciones internacionales con cierta estabilidad,
inicialmente para prevenir el contagio y la expansión de las enfermedades
infecciosas y, después, para regular e impulsar la higiene y la sanidad en
el ámbito internacional.
Se ha señalado
el período comprendido entre la primera y la segunda guerras mundiales, como
un período de transición de los tratados y convenciones entre naciones hacia
el establecimiento de organizaciones internacionales para promover salud y
bienestar (Weindling, 1995: 2). Un estudio de Martin David Dubin (1995: 56),
acerca de la Organización de Salud de la Liga de las Naciones, se refiere
a la existencia de una "episteme mundial biomédica y de salud pública" que
entre las dos guerras mundiales habría adquirido confianza en su habilidad
para reducir la aparición de epidemias y controlar la propagación de infecciones,
gracias a un cuerpo de conocimientos sobre la etiología y la epidemiología
de un buen número de enfermedades. Sin ninguna duda, los avances de disciplinas
nuevas como la bacteriología, la inmunología y la parasitología proporcionaron
a los higienistas un credo científico sobre el cual construyeron visiones
optimistas acerca de la posibilidad de controlar las enfermedades infecciosas.
Pero, antes que otorgar un papel único y determinante al progreso científico,
es preciso reconocer la importancia decisiva que, en la creación de organizaciones
de cooperación internacional en salud, tuvieron el desarrollo del comercio,
la rivalidad entre las potencias europeas y de éstas con el poder emergente
en América, los Estados Unidos, y la importancia estratégica que para este
país tenía el comercio con los países latinoamericanos.
En fecha tan
temprana como 1902, en el continente americano se creó la Oficina Sanitaria
Internacional (OSI), llamada a partir de 1923 Oficina Sanitaria Panamericana
(OSP), desde 1947 Organización Sanitaria Panamericana (OSPA) y desde 1958,
Organización Panamericana de la Salud (OPS). La idea de citar a reuniones
periódicas de los representantes de sanidad de los países americanos[1]
y crear la OSI surgió de la Segunda Conferencia Internacional de los Estados
Americanos que se celebró en México del 22 de octubre de 1901 al 22 de enero
de 1902, mediante resolución específica (ISB, 1903: Preface). A esa conferencia
asistieron como delegados por Colombia Rafael Reyes y Carlos Martínez Silva
(Sanín Cano, 1909: 17), al primero de los cuales le correspondió -ya como
Presidente de la República, entre 1904 y 1909- dar los primeros pasos para
iniciar la cooperación de este país con la OSI. Las Conferencias Internacionales
de los Estados Americanos fueron propiciadas por el gobierno estadounidense
desde 1890, cuando se realizó la primera de ellas en Washington, en el marco
del proceso de ascenso sostenido de los Estados Unidos hacia el primer lugar
de las potencias mundiales, desplazando a Inglaterra de esa posición. El continente
americano, por razones evidentes, constituyó el primer objetivo de las políticas
tendientes a consolidar este ascenso, y dentro de este propósito se creó,
a partir de las Conferencias de Estados Americanos, la Oficina Internacional
de las Repúblicas Americanas, luego Unión Panamericana, que finalmente desembocaría
en la Organización de Estados Americanos (OEA).
Las reuniones
periódicas especializadas en el tema sanitario convocaban a un buen número
de los países de este continente y tenían como fin asegurar la cooperación
eficaz entre ellos para mantener activo el comercio, con un mínimo riesgo
de difusión de enfermedades, especialmente en el territorio de los Estados
Unidos. Desde sus inicios, tales reuniones mantuvieron una estrecha relación
con las ya citadas Conferencias Internacionales de los Estados Americanos,
como lo demuestra la secuencia de estas dos clases de reuniones. La I Convención
Sanitaria Internacional se efectuó en Washington entre el 2 y el 5 de diciembre
de 1902 a petición de la Segunda Conferencia Internacional de Estados Americanos,
como ya se señaló, con asistencia de 11 países, dentro de los cuales no estuvo
Colombia. En ella se decidió que la OSI estuviera conformada por una junta
de siete miembros expertos en enfermedades epidémicas y que funcionara -entre
otras razones, por precariedad de medios- en las instalaciones del Servicio
de Salud Pública del gobierno de los Estados Unidos en Washington. En su desarrollo,
en cuanto a políticas, recursos financieros, técnicos y humanos y locaciones,
el papel del gobierno norteamericano sería cada vez más importante y dominante,
hasta el punto de que la OSI/OSP "funcionó hasta el comienzo de los años treinta
con un personal reducido, siendo virtualmente una rama del Servicio de Salud
Pública de los EE.UU." (Cueto, 1996: 179).
También debe
tenerse en cuenta la relación de la OSI/OSP con entidades norteamericanas
de carácter privado, interesadas, por diversas razones, en el tema de la salud
y la sanidad, especialmente con la Fundación Rockefeller (FR). En el plano
continental, además, por lo menos hasta mediados del siglo XX, se dieron formas
de interacción, ayuda técnica y financiera entre diversas instancias: Estado
norteamericano, Servicio de Salud Pública de los EE.UU., la FR, Conferencias
de las Repúblicas Americanas, Estados latinoamericanos, "Convenciones" y Conferencias
Sanitarias continentales, OSI/OSP y los servicios de sanidad de los estados
de América Latina. Una red intrincada de relaciones en la cual estaba claro
dónde residía el control sobre los mecanismos políticos y financieros y, también,
técnicos de la salud, dado el poder hegemónico de los Estados Unidos en materia
económica y comercial en todo el continente. No es un azar que los organismos
médicos y sanitarios de la marina y el ejército norteamericanos hicieran parte
muy visible de esa red. Por ello, quizás la OSI/OSP pasó inadvertida en el
estudio editado por Paul Weindling (1995) sobre los movimientos y organizaciones
internacionales de salud entre 1918 y 1939. Esta omisión podría interpretarse
en visión retrospectiva como que en el período de entreguerras, la OSI/OSP
no era considerada una organización internacional al ser difícil diferenciarla
del Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos y de su partenaire,
la FR.
En el discurso
de apertura de la I Convención Sanitaria realizada en Washington en 1902,
Walter Wyman, el Presidente de la Convención y Cirujano General del Servicio
de Salud y del Hospital de la Marina de los Estados Unidos, especificó cuatro
temáticas básicas para las deliberaciones: información, cuarentena, sanidad
e investigación científica (ISB, 1903: 14). Wyman hizo manifiesto el sentido
de misión y de cruzada que habría de caracterizar durante casi todo el siglo
la lucha por la protección contra las enfermedades, definiendo aquella reunión
como "la primera de una serie de peregrinaciones anuales al altar de hygeia"
(ISB, 1903: 13). Asimismo, David J. Hill, de la Secretaría de Estado de ese
país, identificó a la enfermedad como "un enemigo" que debía "ser combatido
con inteligencia", ya que los "viejos terrores y enemigos visibles de la humanidad",
como eran los "salvajes" y los "animales montaraces", habían sido prácticamente
destruidos (ISB, 1903: 16). Este espíritu de misión y de cruzada, en su doble
sentido religioso y militar, será permanente a lo largo de la historia de
la relación de la OSI/OSP con América Latina durante la primera mitad del
siglo XX.
En esa primera
reunión, que los actores políticos y del campo de salud en Colombia solían
llamar "la convención de Washington", los países miembros adquirieron los
siguientes compromisos:
- La transmisión rápida y regular a la OSI de "todos los datos de cada carácter
relativo a las condiciones sanitarias de sus respectivas partes y territorios"
y la cooperación en la "investigación de cualquier brote de enfermedades pestilenciales"
- La reducción del tiempo de detención y desinfección en las estaciones de
cuarentena hasta el "mínimo tiempo posible consistente con la seguridad pública
y de acuerdo a los preceptos científicos"
- El uso de medidas empleadas en La Habana para la prevención de la fiebre
amarilla, con base en el hecho de que la picadura de ciertos mosquitos era
hasta entonces la única forma natural conocida como medio de propagación de
la fiebre amarilla
- La prevención del ingreso de la enfermedad por los barcos con personas infectadas
conforme a los métodos empleados en tierra, aunque hubiera cuestiones relacionadas
con la importación de mosquitos que requirieran mayor estudio antes de decidir
recomendar cualquier modificación de las leyes de cuarentena
- El estudio de la "distribución geográfica del mosquito del género stegomya",
vector de la fiebre amarilla, para que los resultados tuvieran en el futuro
aplicación práctica
- La destrucción de los mosquitos y otros insectos
- La adopción de medidas para la disposición de la basura y restos para prevenir
la difusión de la peste bubónica y otras enfermedades
- La inmediata desinfección de las descargas de todas las personas que sufrían
de fiebre tifoidea o cólera.
Las responsabilidades colectivas de los gobiernos eran las de obedecer las
recomendaciones de las Convenciones Sanitarias que "serán gobernadas por las
resoluciones acordadas en la Conferencia Internacional de los Estados Americanos
de México", en 1901-1902, y contribuir con el fondo de 5 mil dólares para
el establecimiento de la Oficina Sanitaria Internacional (Bustamante, 1955:
2).
A esta primera convención le siguieron la II Convención Sanitaria Internacional
realizada en Washington en 1905, y la III, en México en 1907, la cual estableció
relaciones entre la OSI y la Organización Internacional de Higiene Pública
(OIHP), con sede en París[2]. En el interregno entre la I y la II Convenciones
se había realizado la Tercera Conferencia Internacional de los Estados Americanos,
en Río de Janeiro en 1906, que recomendó crear una oficina regional de la
OSI en Montevideo para los países no andinos del sur del continente, además
de Bolivia. Vino luego la reunión en donde se abandonó el término "convención",
la IV Conferencia Sanitaria Internacional de San José de Costa Rica, a finales
de diciembre de 1909 y comienzos de enero de 1910, en la cual la discusión
de medidas internacionales contra las enfermedades cuarentenales -cólera,
peste, fiebre amarilla y fiebre tifoidea- dejó de ser la principal preocupación,
y se dio mayor espacio a problemas nacionales básicos como vacunación obligatoria
contra la viruela, campañas contra la malaria y la tuberculosis, centralización
de la legislación sanitaria nacional y promoción de estudios científicos de
las enfermedades tropicales. En este último campo se hizo énfasis en parasitología,
anatomía patológica, establecimiento de laboratorios en los puertos marítimos
para diagnosticar los enfermos y realizar investigaciones en medicina tropical
y patología general, de acuerdo con las recomendaciones de las autoridades
de salud (Bustamante, 1955: 7).
En la V Conferencia Sanitaria Internacional de Santiago de Chile en 1911,
se empezó a plantear la necesidad de contar en las reuniones y en las oficinas
central y locales con personal especializado en higiene y enfermedades epidémicas,
y se insistió en la participación de los responsables de las instancias oficiales
de higiene de los países en las conferencias. También se habló de la necesidad
del permanente contacto de estos organismos con la oficina central de Washington.
Pero, a partir de esta reunión, se suspendieron las conferencias hasta 1920,
a causa de la primera guerra mundial.
Si bien desde 1888 los médicos higienistas colombianos, como el doctor Nicolás
Osorio, promotor y miembro de la primera Junta Central de Higiene (JCH), propugnaban
por la adecuación de la legislación nacional a las convenciones sanitarias
internacionales (Quevedo et al, 1993: 179), esto no se concretó sino hasta
el final de la primera década del siglo XX. Por esta misma época hizo presencia
en el país la FR, que ya para 1909 había creado una Junta o Comisión Sanitaria
cuyos propósitos y logros le permitieron una amplia acción en el campo de
salud de varios países de la región americana (García y Quevedo, 1998). La
incorporación de las convenciones sanitarias en las decisiones del aparato
estatal colombiano y las acciones realizadas en el campo de la higiene pública
en el país, fueron el resultado de la articulación particular entre la dinámica
política y económica internacional liderada por los Estados Unidos, y las
necesidades del desarrollo socioeconómico interno, frente a las cuales los
grupos dirigentes nacionales tenían propuestas y acciones no siempre coherentes
ni ajenas a sus intereses particulares.
Los elementos más importantes de dicha articulación estuvieron dados por
la creciente importancia de los Estados Unidos como potencia mundial, económica
y militar. Una prueba contundente del poder de ese país para las elites nacionales
fue su intervención en la "separación" de Panamá en 1903. En el desarrollo
económico nacional, que desde el siglo XIX se basó en la exportación de materias
primas y productos agrícolas, Estados Unidos comenzaría a jugar un papel central
al desplazar a las naciones europeas como principal comprador de los productos
colombianos, además de convertirse en el primer inversionista de capital en
Colombia, en especial en la explotación de petróleo, el cultivo del banano
y los transportes. Los gobiernos de las primeras décadas del siglo XX, encontraron
los recursos financieros que requerían para pagar sus proyectos modernizadores,
en términos de infraestructura y servicios, en la nación del norte. A pesar
del distanciamiento y la tensión con los Estados Unidos producto de su intervención
en Panamá y de las negociaciones que le siguieron (Ardila, 1991: 57), el sector
empresarial, cada vez más consolidado, comenzó a opinar sobre el tipo de Estado
que quería y a tomar conciencia de las ventajas que traería la normalización
de las relaciones con los Estados Unidos, al punto que hicieron de este propósito
el eje de la actividad internacional durante las administraciones de Rafael
Reyes (1904-1909), Carlos E. Restrepo (1910-1914), José Vicente Concha (1914-1918)
y Marco Fidel Suárez (1918-1921).
Este proceso modernizador -que también debe entenderse como la creación de
condiciones para el desarrollo de un capitalismo dependiente- consistió en
la intervención del Estado en las relaciones económicas y sociales, bajo una
concepción liberal del desarrollo, para favorecer la consolidación del capital,
entendido como motor de la economía (Hernández, 2000: 235). El llamado "quinquenio
de Reyes", entre 1904 y 1909 fue especialmente importante para este proceso
modernizador (Vélez, 1989: 187-214). El país acababa de salir de otro de sus
devastadores conflictos armados internos entre liberales y conservadores,
la Guerra de los Mil Días (1899-1902), y llegaba a "la paz con todos sus horrores"
(Palacios, 1995: 74): un territorio arrasado y fragmentado, con una economía
postrada hasta el fondo, constituida por estructuras precapitalistas "insuficientes"
que sólo favorecían a una parte de las clases dirigentes, y una población
que vegetaba en el desempleo y moría por enfermedades endémicas, más de origen
social que natural. A esto se sumaba el trauma nacional derivado de lo que
se denominó "la pérdida de Panamá".
Reyes, quien consideraba la política "como una ciencia experimental" y resaltaba
el papel de la buena administración, se proponía sanar las heridas de la guerra
y del atropello, desarrollar una política administrativa y económica que sacara
a Colombia de la postración en que se encontraba y, además, sentar las bases
de una imposible soberanía que posibilitara unas relaciones más o menos dignas
con el inevitable aliado del norte. En él encontraron un representante adecuado
los nuevos sectores sociales de banqueros, comerciantes y terratenientes modernizadores
que, en pugna con los hacendados clericales del siglo XIX, pretendían convertir
a Colombia en parte del mundo "civilizado", y de paso, aumentar sus bolsas.
Con esos sectores -más que con los partidos de siempre- se entendió y gobernó
Reyes, quien clausuró el Congreso Nacional y convocó una Asamblea Constituyente
para quebrar el poder de las oligarquías regionales mediante una reforma político-administrativa
que llevaba aún más adelante la centralización implantada por la Constitución
de 1886, en la perspectiva de fortalecer el raquítico Estado nacional. Reyes
impulsó la intervención estatal en la economía para crear las condiciones
propicias a los nuevos grupos sociales que lo sustentaban. No fue una simple
coincidencia que en estos propósitos contara con el apoyo del "partido económico"
del liberal Rafael Uribe Uribe, una especie de embajador volante de su gobierno.
Uribe puede considerarse el dirigente más lúcido respecto del papel del Estado
en el desarrollo económico y social, en las condiciones de entonces, cuando
el café se iba convirtiendo en el principal producto de la economía agroexportadora
de Colombia. En política internacional Reyes se interesó en sanear las relaciones
con los Estados Unidos, porque entendía que para la economía cafetera y para
los nuevos grupos burgueses ascendentes esa relación era definitiva, a pesar
de la negativa y soberbia actitud de la contraparte. Su diplomacia que, parafraseando
a Martha Ardila (1991: 58), podría caracterizarse ya como de "subordinación
activa" con respecto a los Estados Unidos, fue el vehículo a través del cual
el Estado colombiano comenzó a incorporar la iniciativa, originalmente norteamericana,
de reglamentar la sanidad portuaria, traduciéndola en fuerza de ley y movilizando
recursos y personal para hacer frente a estos requerimientos.
Buscando la nueva imagen internacional que necesitaba una economía dependiente
ávida de mercados externos, capitales extranjeros y filiales de empresas transnacionales
que explotaran el petróleo, el banano y otros recursos naturales, la Asamblea
Nacional Constituyente de Reyes se ocupó de asuntos de salud. Entre ellos,
ocupaba un lugar prioritario la aplicación de las resoluciones emanadas de
las "convenciones" y organizaciones sanitarias continentales que venían funcionando
desde 1902. Como se señaló, Reyes había sido delegado de Colombia en la Segunda
Conferencia Internacional de Estados Americanos de México entre 1901 y 1902,
que creó la OSI y convocó la I Convención Sanitaria Internacional, la de 1902
en Washington. Al ministro de relaciones exteriores de Reyes, Francisco José
Urrutia, le correspondió presentar en 1908 -cuando ya se habían celebrado
la II y la III convenciones sanitarias internacionales- un proyecto de ley
a la citada Asamblea Nacional Constituyente con un artículo único por el cual
se aprobaba lo acordado en la Convención Sanitaria de Washington de 1905,
señalando: "el mejor argumento que puedo invocar para solicitar hoy del cuerpo
legislativo la aprobación de este Convenio es el de que fue el objeto de una
importantísima resolución acordada por la Tercera Conferencia Internacional
Americana", celebrada en Río de Janeiro en 1906 (Colombia ANC, 1908: 347).
A esta conferencia de Río habían asistido, como representantes del gobierno
colombiano, Rafael Uribe Uribe y Guillermo Valencia, quienes informaron al
ministro de relaciones exteriores de entonces, Alfredo Vásquez Cobo, sobre
la resolución que adoptó dicha conferencia en lo relativo a policía sanitaria,
entre otras cuestiones. La resolución instaba a los gobiernos a adoptar la
Convención Sanitaria Internacional de Washington de 1905 y a ponerla en práctica
tomando medidas para sanear las ciudades y especialmente los puertos. La resolución
también recomendaba que los países asistieran a la siguiente reunión sanitaria
continental, la III, convocada en México en 1907. El ministro Urrutia, ponente
del proyecto de ley, señalaba que Colombia, cumpliendo con esta recomendación,
había delegado a los médicos Ricardo Gutiérrez Lee y Genaro Payán para asistir
a esa III Convención de México, con la instrucción explícita de adherir a
la Convención de Washington de 1905 (Colombia ANC, 1908: 347). A partir de
entonces, Colombia participaría de dichas conferencias sanitarias a través
de los representantes diplomáticos del país en el exterior, con excepción
de la VI conferencia de 1920, a la que asistiría el Director Nacional de Higiene
de entonces, el doctor Pablo García Medina.
La amenaza concreta que justificaba la definitiva aprobación de la "convención"
de Washington mediante la sanción de una Ley era, según el ministro Urrutia,
la aparición de la peste en los puertos de las Antillas y del Pacífico, y
la preocupación general que existía para "extinguir este azote con el menor
perjuicio posible para el tráfico de pasajeros y mercaderías". El objetivo
consistía en que las autoridades nacionales encargadas de velar por la policía
sanitaria se atuvieran a lo estipulado por la convención de Washington como
ley invariable (Colombia ANC, 1908: 348).
En la exposición de motivos del proyecto de ley, el ministro mencionó que
en años anteriores el gobierno se había ocupado del saneamiento de ciudades
y puertos, haciendo tal vez referencia a los Acuerdos 4 y 5 de 1905 de la
JCH, en funcionamiento desde 1886, sobre profilaxis de la peste bubónica para
los puertos y profilaxis de la fiebre amarilla, en los que se mencionaba la
existencia de médicos de sanidad. Sin embargo, para la Comisión de Relaciones
Exteriores de la Asamblea Nacional Constituyente que estudió el proyecto de
ley, era claro que casi no existía legislación especial en este campo, dado
que los acuerdos de la Junta no tenían fuerza de ley, de tal forma que la
Convención Sanitaria de Washington vendría a ser, prácticamente, el primer
proyecto sobre sanidad que se proponía a las legislaturas del país (Colombia
ANC, 1908a: 352).
Su aprobación significaba, para los miembros de esta comisión, la incorporación
del país al movimiento civilizador iniciado por las naciones europeas que,
movidas por la necesidad de la común defensa, habrían vencido "las recíprocas
desconfianzas y los múltiples antagonismos" para llevarlas a celebrar las
convenciones sanitarias de 1892, 1894, 1897 y 1903, relativas al cólera, la
fiebre amarilla y la peste. Continuaban señalando que este ejemplo había encontrado
entusiastas imitadores en algunos países de América, quienes para entonces
pregonaban benéficos resultados, refiriéndose con certeza a las acciones que
en ese campo habían iniciado los norteamericanos.
La iniciativa del gobierno fue, pues, bien recibida por la Asamblea Constituyente.
Sin embargo, la comisión evaluadora del proyecto de ley opinaba que, si bien
la Convención Sanitaria de Washington prevenía contra el peligro de invasión
de epidemias procedentes del exterior, faltaba colocar al país en condiciones
de higiene, de "no receptividad mórbida", para evitar la propagación de enfermedades
que llegaran a invadir el territorio nacional (Colombia ANC, 1908a: 353),
dándole peso a los intereses nacionales y a la salud de los colombianos. Para
ello, al artículo único propuesto por Urrutia, la comisión decidió añadir
otros más que terminaron haciendo parte de la Ley. Así, se crearon los cuerpos
de policía sanitaria marítima y terrestre, constituidos por personal de la
JCH, de las Juntas Departamentales de Higiene (JDH), los Inspectores de Sanidad,
los Médicos de Sanidad y por directores y subalternos de las estaciones sanitarias.
De todas maneras, estos cuerpos estaban previstos en las resoluciones de la
Convención de Washington y, además, el gobierno estaba obligado a establecer,
siguiendo el Artículo 35 de esa misma resolución, estaciones sanitarias en
los puertos de Cartagena y Buenaventura, cada una de las cuales contaría con
hospital para aislamiento, aparatos de desinfección y laboratorio bacteriológico
y químico.
La JCH quedaba encargada de dictar los reglamentos de sanidad marítima, mientras
que los de sanidad terrestre quedaban a cargo de las JDH. Ambas instancias
estaban encargadas de dirigir las obras de saneamiento en los respectivos
lugares de competencia, "pero sujetándose en todo a las estipulaciones de
la Convención Sanitaria de Washington" y a las disposiciones legales entonces
vigentes sobre la materia. También se estipulaba establecer oficinas de desinfección
urbana para evitar la propagación de enfermedades contagiosas. Se aprobó,
después de todos estos argumentos, la Ley 17 del 21 de agosto de 1908, quedando
el poder Ejecutivo autorizado para dictar los reglamentos del caso para su
ejecución, así como para llenar los vacíos que existieren en ella (García
Medina, 1932: 3-4).
A pesar de que la ley se expidió en 1908, la construcción de las estaciones
sanitarias sólo comenzó a realizarse en el período presidencial de Carlos
E. Restrepo (1910-1914). En su informe al Congreso de 1914, Restrepo señaló
que la sanidad portuaria era, desde 1911, responsabilidad de la sección sexta
del Ministerio de Gobierno. En ese año se inició la construcción de la primera
estación sanitaria, no en Cartagena o Buenaventura como ordenaba la ley, sino
en Puerto Colombia, en la isla de Puerto Vellito, pues se consideró que era
la más urgente. La dirección de las obras estuvo a cargo de la JDH del Atlántico,
con previa aprobación de los planos por parte de la JCH y con apoyo constante
de la gobernación del Departamento. Los trabajos culminaron en 1913, dándose
al servicio el 15 de abril de ese año. La estación quedó constituida así:
edificios para pasajeros sanos en observación (lazareto cuarentenario) y para
aquellos sospechosos de enfermedades comunes y de enfermedades contagiosas;
un local para laboratorio y un aparato clayton para desinfección de
la carga y de las bodegas de los barcos. El personal estaba constituido por
un médico de sanidad, un vacunador, un farmacéutico, guardas de sanidad, un
ingeniero mecánico con un electricista, un piloto y sus marineros. La organización
de esta estación quedó incorporada al Decreto ejecutivo 254 de 1913 sobre
policía sanitaria de los puertos de la República (Restrepo, 1914: 100-1).
De todas maneras, para 1914 estaban aprobados los planos para la Estación
Sanitaria de Santa Marta y autorizada su construcción, así como la de Tumaco,
considerada importante por su situación en la costa del Pacífico, donde persistía
la amenaza de la peste bubónica.
Las actividades de sanidad no se restringieron a los puertos marítimos. Frente
a epidemias que amenazaran con invadir el interior del país desde la Costa
Atlántica, se establecían cuerpos de policía sanitaria y médicos de sanidad
en diferentes puertos del río Magdalena (Restrepo, 1914: 101-2), que era,
también por estos años, la columna vertebral del comercio y de las comunicaciones.
Como se ve, la entronización de los acuerdos de las "convenciones" sanitarias
de nivel continental dio pie para responder, por lo menos desde el punto de
vista de la legislación, a necesidades de salud pública en el país.
El gobierno de Restrepo había devuelto una serie de funciones a los departamentos
y las regiones, en el marco de un intento por desmontar la "re-centralización"
emprendida por el general Reyes, atizando esa "tensión" permanente durante
el siglo XX colombiano "entre el Estado centralista de las leyes, y el descentralizado
y fragmentado de la realidad social y política del país" (Hernández, 2000:
44). También actuó este gobierno en el sentido de insuflar vida a ese "balbuciente"
capitalismo de comienzos de siglo XX y a esa embrionaria burguesía que requería
como el aire la llamada modernización. Para ello, desde la oposición a la
"dictadura" de Reyes, también Restrepo se había planteado por encima de los
partidos con su "republicanismo" (Mesa, 1984: 129-36), sirviendo de enlace
con el gobierno de José Vicente Concha para seguir en la misma línea.
La responsabilidad de la policía sanitaria marítima y fluvial, así como la
reglamentación y organización del servicio médico de sanidad en los puertos,
quedaron legalmente a cargo de la JCH por la Ley 84 de 1914, emitida ya durante
el gobierno de José Vicente Concha, y en la cual se señalaba que para esos
aspectos "se tendrán en cuenta las convenciones sanitarias internacionales"
(García Medina, 1932: 46). Por Ley 42 de 1916 se facultaba a la JCH la construcción
de la estación sanitaria de Buenaventura, pero aún no se había logrado en
1918 que el Congreso aprobara la partida para su ejecución. Según el presidente
de la JCH de entonces, Manuel N. Lobo, en una nota dirigida a la Cámara de
Representantes, era urgente contar con los recursos para construir esta estación,
toda vez que las costas del Pacífico estaban amenazadas por la peste y la
fiebre amarilla desde Guayaquil (Lobo, 1918: 34-5). Los gastos de sanidad
de puertos fueron asumidos por el gobierno nacional, tal y como quedó estipulado
en la Ley 112 de 1919, ley en la que también se determinó que los inspectores
de sanidad tendrían las facultades de inspectores de policía (García Medina,
1932: 68). De esta manera, según informó el delegado de Colombia a la VI Conferencia
Sanitaria de Montevideo en 1920, el doctor Pablo García Medina, Colombia parecía
poder cumplir, desde 1913, con las obligaciones que imponían las convenciones
sanitarias, no sólo en relación con la construcción de estaciones sanitarias
sino también en relación con la declaración obligatoria de las enfermedades
transmisibles.
Este último punto fue motivo de discusión entre los médicos por las reticencias
que pudieran presentarse en la población, frente a la posible estigmatización
social que acarrearía el hecho de hacer público que algunas familias contaban
con personas afectadas por una enfermedad transmisible. Para algunos, la declaración
obligatoria de las enfermedades podría hacer que los enfermos no recurrieran
al médico. Hacia 1918 sólo la lepra era de declaración obligatoria, y la tuberculosis
era de declaración potestativa; frente a otras enfermedades el médico estaba
atado al secreto profesional. El Senado de la República solicitó a la Academia
Nacional de Medicina (ANM) su opinión sobre la conveniencia de incluir, en
un proyecto de ley que cursaba en el Senado en 1918, la declaración obligatoria
de las enfermedades. La Academia, habida cuenta de las anteriores objeciones
y enfrentada a la necesidad de contar con esta información como medio esencial
para tomar medidas profilácticas, propuso como solución intermedia la figura
del "médico de sanidad", quien sería la persona que podría conciliar los intereses
del enfermo y la sociedad, dejando subsistir un aire de ambigüedad: de una
parte, era médico a secas -lo cual lo comprometía con el secreto profesional-
sin ser una autoridad política; de la otra, era autoridad civil competente
para juzgar las medidas que debían tomarse en cada caso. Pero mientras no
existiera una ley que autorizara la declaración de toda enfermedad contagiosa,
el médico sanitario no podía obligar a sus colegas a violar el secreto profesional.
Se sugirió que la ANM y la JCH hicieran la lista de las enfermedades denunciables
y la manera de hacer la denuncia para proteger a la sociedad, el enfermo y
la familia (García Medina y Cuervo Márquez, 1918: 20-3). En el informe de
García Medina a la VI Conferencia Sanitaria, se muestra cómo las autoridades
sanitarias, especialmente las de los puertos, estaban ya para 1920 obligadas
a declarar cualquier caso de fiebre amarilla, peste, cólera, viruela y tifus,
y a hacerlo constar en las patentes que expidieran. En estos casos, los médicos
de sanidad estaban obligados a informar al Inspector de Sanidad Marítima,
y éste a su vez al Ministro de Relaciones Exteriores y a los agentes consulares
(García Medina, 1921: 408).
Para estos dos decenios iniciales del siglo XX, en materia de salud y de
relaciones internacionales, y más tratándose del asunto de la cooperación,
es necesario destacar la presencia de la FR. Como ya se señaló, desde los
primeros decenios del siglo XX el poderoso grupo Rockefeller había diseñado,
paralelamente a su actividad económica y empresarial, una estrategia filantrópica
que incluía la higiene y la salud, para actuar en los Estados Unidos y fuera
de ese país bajo el ropaje de la extensión de la "civilización", tal como
era percibida y presentada la higiene por los interesados nacionales y extranjeros.
En 1901 se fundó el Instituto Rockefeller de Investigaciones, el cual se encargaría
de realizar investigaciones en el campo de las enfermedades "tropicales",
con el fin de sanear las tierras de explotación petrolera, tanto en Estados
Unidos como en otros países americanos. La Fundación Rockefeller (FR) se creó
en 1909 con una Comisión Sanitaria que en 1913 pasó a llamarse Junta Internacional
de Sanidad (Quevedo et al., 1990: 30). Desde entonces, la FR inició una estrecha
colaboración con la OSI que desembocó en lo que se puede calificar como "simbiosis"
entre las dos instancias. Esto no era extraño, pues la FR también mantenía
una relación simbiótica con la Organización de Salud de la Liga de las Naciones
(Dubin, 1995: 72).
La intervención de la FR se regó por Latinoamérica (Cueto, 1996; Quevedo,
2000: 50-63). Para el caso de Colombia, la primera intervención se presentó
en 1916, con la visita de una comisión de investigadores estadounidenses financiada
por la Fundación para el estudio de un posible brote de fiebre amarilla que
tendría implicaciones comerciales (García Medina, 1917: 100). Los Estados
Unidos establecieron la cuarentena para los barcos de Colombia y otros países
que pasaran por los puertos de esta nación rumbo a la estratégica zona de
Panamá. Preocupado el gobierno colombiano por las limitaciones que esta medida
imponía a la participación del país en el comercio con su principal socio
internacional, solicitó a la FR el envío de una comisión investigadora en
este campo (Guzmán, 1996: 17). La comisión estaba integrada por médicos que,
en su mayoría y como solía suceder, trabajaban con el Servicio de Salud Pública
de los Estados Unidos y también cumplían tareas de organización y desarrollo
de la OSI y de las conferencias sanitarias continentales: William C. Gorgas,
Henry Carter, Theodore Lyster y el cubano Juan Guiteras (Eslava, 2002: 49).
El grupo investigador recorrió varias zonas del país en donde se habían detectado
brotes de esta enfermedad, concluyendo que no existían focos epidémicos de
la misma.
En el Quinto Informe Anual de la Junta Sanitaria Internacional de la FR de
1918, se comunicaba que se había recibido una solicitud del gobierno de Marco
Fidel Suárez (1918-1921) para realizar una campaña contra la uncinariasis,
desarrollada por la FR en varios países y en los propios Estados Unidos (Cueto,
1996: 180-188), que debía comenzar en 1919 y se prolongaría hasta 1934 (García
y Quevedo, 1998: 5-21). Dicha campaña fue planteada y promocionada por la
Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) y por uno de sus directivos más
conspicuos, Jesús del Corral, quien llegó a ser ministro de Agricultura y
Comercio del gobierno de Marco Fidel Suárez. La SAC y Jesús del Corral representaban
básicamente los intereses de los exportadores de café, producto que para entonces
ya se había convertido en la columna vertebral de la economía nacional. La
campaña, para la cual la Fundación envió al doctor Louis Shapiro, cubrió las
regiones cafeteras y algunas otras zonas, y "fue el punto de partida de la
influencia directa y sistemática norteamericana en salud pública, la cual
se prolongó a toda la primera mitad del siglo XX" (García y Quevedo, 1998:
19). Para adelantarla se creó un departamento especial, adscrito a la Dirección
Nacional de Higiene y financiado conjuntamente por la FR y el Estado colombiano,
cuya dirección estaría a cargo de la FR (Quevedo et al, 1993: 217).
Como puede apreciarse, lo que podría llamarse cooperación OSI/OSP-Estado
colombiano, durante los dos primeros decenios del siglo XX, se concentró,
por parte del Estado colombiano, en establecer instrumentos para crear y desarrollar
un sistema de sanidad portuaria, primero marítima y después fluvial y terrestre,
en relación con las enfermedades epidémicas, en especial cólera, peste y fiebre
amarilla, apoyándose en las directrices emanadas de "convenciones" y conferencias
sanitarias continentales. La agitación organizativa, científica y de intervención
en el terreno de los problemas de la higiene y la sanidad que se generó alrededor
de la OSI y las Convenciones Sanitarias durante este lapso (1902-1920), fortaleció,
en una dinámica objetiva y a veces contradictoria, la definición de los primeros
elementos centralizadores de un aparato estatal de higiene para el país. Precisamente,
en una época de despegue de una economía tendencialmente capitalista y dependiente,
la sociedad planteaba nuevos retos y tareas para la medicina y las instancias
encargadas de la higiene y la salud desde el Estado. Una población en crecimiento,
vinculada a procesos de ampliación de la frontera agrícola, al desarrollo
de las obras públicas y de la implantación de economías de enclave en petróleo
y banano, todo ello acompañado por un crecimiento lento pero sostenido de
la urbanización, generaba nuevas e ineludibles necesidades en materia de salud.
En este sentido, los primeros contactos de cooperación entre la OSI/OSP y
el Estado colombiano, contribuyeron a dinamizar la acción de este último en
el campo de la sanidad. También se debe retener que la discusión sobre la
declaración obligatoria de las enfermedades transmisibles influyó, por lo
menos, en la creación de una conciencia en torno a la importancia de los registros
estadísticos en materia de salud, en un momento en que también se hablaba
de la importancia de la estadística para la economía y el comercio internacional.
Capítulo 2: El impulso de la cooperación, 1920-1938
Hacia el año de 1918 y dentro del proceso de modernización que se cumplía
con altibajos y sobresaltos desde el gobierno de Reyes, Pablo García Medina,
"el más asiduo constructor de la organización sanitaria nacional entre 1894
y 1932", había impulsado la creación de la Dirección Nacional de Higiene
(DNH), instancia que permitió a los higienistas "incidir en la política
de salud del país" (Hernández, 2000: 45). En 1920 esta instancia de comando
nacional dependía del Ministerio de Agricultura y Comercio (ver cuadro No.
1). En esta cartera se encontraba el ya mencionado Jesús del Corral, quien
nombró a Pablo García Medina, en ese momento Director Nacional de Higiene,
como delegado por Colombia a la VI Conferencia Sanitaria Internacional que
se celebró en Montevideo, del 12 al 20 de diciembre de ese mismo año (Del
Corral, 1921: xiii). Por primera vez, asistía un funcionario revestido de
tal autoridad oficial, y allí cumplió García Medina un destacado papel,
al punto de ser nombrado Director Honorario de la OSI, durante esa misma
conferencia. Este hecho marcó un hito destacado en las relaciones entre
la OSI y el Estado colombiano, y se convirtió en el pivote desde el cual
García Medina y un incipiente grupo de "especialistas" en higiene y salubridad
se hicieron reconocer socialmente, accedieron a posiciones claves y fortalecieron
la intervención organizada del Estado en estos campos.
Sucedía esto durante el gobierno del "presidente paria", Marco Fidel Suárez,
como "patéticamente" él mismo solía llamarse. Suárez, quien pidió al país
no perder de vista la orientación hacia "la estrella polar" (Respice
Polum), los Estados Unidos, fue el último representante declarado de
los gramáticos y clericales que, junto con los generales liberales y conservadores,
asolaron el siglo XIX colombiano. El país se encontraba en un momento en
que las perspectivas de la economía monoexportadora eran promisorias: en
diez años, entre 1910 y 1920, se había aumentado la exportación de café
(alrededor del 80% de ésta iba a Estados Unidos) de 548.000 sacos, con un
valor de 5.517.408 pesos colombianos, a 2.251.327 sacos, con un valor de
41.945.052 pesos (Colmenares, 1989: 253). En este contexto acudió Colombia
a la cita sanitaria de Montevideo, representada por el máximo jerarca del
aparato oficial de salud.
Por primera vez, Colombia enviaba a un funcionario de higiene a una de
las conferencias sanitarias del continente, pues en el pasado había sido
representada por diplomáticos o por médicos que no vivían en Colombia, como
fue el caso de la IV y V Conferencias Sanitarias (García Medina, 1921: 406),
las de San José de Costa Rica (1909-1910) y Santiago de Chile (1911). Este
viaje le permitió también al entonces Director Nacional de Higiene estudiar
los servicios de higiene urbana y asistencia pública no solamente en Montevideo,
sino también en Buenos Aires, Santiago de Chile, Lima y Panamá (Del Corral,
1921: xiii).
García Medina presentó un informe deliberadamente optimista a la Conferencia.
Según él, Colombia había cumplido con los deberes que le imponían las conferencias
y convenciones sanitarias internacionales; en el país no había, ni había
habido, foco alguno endémico de fiebre amarilla y, si en dos o tres ocasiones
se había presentado, procedía del Istmo de Panamá, antes de que se hubiese
efectuado el saneamiento de esa región, y de Guayaquil. También informó
que no había cólera asiático y menos aún peste; que el tifo exantemático
se presentaba rara vez y que cuando lo hubo no revistió un carácter epidémico;
que la aplicación de la vacuna antivariolosa era obligatoria y que el país
estaba exento de meningitis cerebroespinal epidémica, poliomielitis anterior
transmisible y de encefalitis letárgica (García Medina, 1921: 198). Asimismo,
informó sobre los avances de las campañas contra los mosquitos y contra
la uncinariasis, y afirmó que las autoridades sanitarias, especialmente
las de los puertos, estaban obligadas a declarar cualquier caso de fiebre
amarilla, peste, cólera, viruela y tifus, y a hacerlo constar en las patentes
que expidieran. En estos casos, los médicos de sanidad estaban obligados
a informar al Inspector de Sanidad Marítima, y éste a su vez al Ministro
de Relaciones Exteriores y a los agentes consulares (García Medina, 1921:
408).
De otra parte, García Medina informó de manera extensa sobre la lepra.
Más que ninguna otra enfermedad, la lepra preocupó a los médicos colombianos
durante décadas, hasta el punto que la lucha contra esta enfermedad jugó
un papel destacado en la institucionalización de la profesión médica. Por
tanto, no es extraño que García Medina se hubiese detenido en su informe
a explicar el avance en la lucha contra la lepra, materializado en las medidas
que se habían tomado desde el gobierno de Reyes, cuando se nacionalizaron
los lazaretos y se dio impulso a la recopilación de estadísticas sobre la
enfermedad para rectificar los datos exagerados que desde 1890 se difundían
sobre el número de leprosos en Colombia (Obregón Torres, 2002: 211). García
Medina explicó que el sistema de aislamiento que se había adoptado era el
de colonias agrícolas, el mejor disponible, puesto que el enfermo tenía
en ellas una libertad relativa y podía ejercer algún oficio, lo cual contribuía
a mitigar la dura situación en que quedaba al separarlo de su hogar (García
Medina, 1921a: 198). Detrás del cuadro optimista de García Medina estaba
por supuesto la imperiosa necesidad de colocar los productos colombianos,
particularmente el café, en el comercio internacional, para lo cual era
indispensable borrar la fama de "leproso" que poseía el país y mostrar que
las enfermedades pestilenciales no existían o estaban controladas (Obregón
Torres, 2002: 211-16). El interés profesional de los higienistas en mostrar
una situación sanitaria totalmente bajo control, se combinaba con el interés
nacional de inserción en el mercado mundial, en particular en el de los
Estados Unidos.
A su regreso, García Medina ofreció una versión igualmente optimista de
su participación en la conferencia[3]:
según él, la forma en que estaba organizado el servicio de higiene de Colombia
había llamado la atención de la VI Conferencia, porque investía a los directores
del ramo con la autoridad suficiente para dictar las medidas de higiene
y de policía sanitaria, y porque la legislación daba la unidad necesaria
para que la sociedad quedara eficazmente protegida. También afirmó que los
miembros de la Conferencia habían estimado sabia la disposición colombiana
que establecía una Dirección Nacional a cargo de un jefe, quien tenía bajo
su jurisdicción un director de Higiene en cada uno de los Departamentos
de la República y médicos de sanidad en los puertos marítimos y fluviales.
Asimismo, los miembros de la Conferencia habrían aplaudido la autonomía
que tenían el Director Nacional y los de los Departamentos, cuyas disposiciones
no estaban sujetas a la aprobación de ninguna autoridad política o administrativa
y que tenían fuerza obligatoria, siempre que estuvieran de acuerdo con la
ley. Los reglamentos sanitarios de los puertos y la manera como se hallaba
organizada en ellos la campaña contra el mosquito también habrían merecido
el aplauso de los delegados, especialmente de los más reputados, los doctores
José H. White de los Estados Unidos y Juan Guiteras de Cuba (García Medina,
1921a: 197). Sin embargo, informes posteriores del mismo García Medina revelan
las enormes limitaciones que tenía tanto la estructura jerárquica de la
higiene en el país, como el ejercicio de la autonomía.
En particular, en cuanto a la declaración obligatoria de las enfermedades
infecciosas, la situación distaba mucho de la presentada por el Director
Nacional de Higiene. Este tema fue motivo de discusión en la comunidad médica
desde por lo menos 1903, cuando la Alcaldía de Bogotá había establecido
como obligatoria tal declaración. Como se mencionó, los médicos argumentaban
que entre el público se presentarían reticencias y temores frente a la posibilidad
de que se conociese que en la familia había alguien afectado por una enfermedad
transmisible. En una época en la que los médicos colombianos dependían casi
totalmente de la práctica profesional privada, algunos de ellos temían que
la declaración obligatoria de las enfermedades les ocasionara una pérdida
de clientela, puesto que los pacientes evitarían recurrir al médico por
temor a ser denunciados como portadores de infecciones (Obregón Torres,
2002: 208).
El 9 de septiembre de 1920, apenas unos meses antes de su participación
en la Conferencia de Montevideo, García Medina expidió la Resolución No.
90 en la que, por primera vez en Colombia y por orden de la autoridad sanitaria
central del Estado, se obligaba a las personas que ejercían la medicina
a suministrar a las autoridades administrativas o sanitarias los datos sobre
las enfermedades contagiosas que tuviere su clientela, según cuadros que
les enviaría la DNH y en los que se debía omitir el nombre de los enfermos
y las circunstancias que pudieran violar el secreto profesional. Esta información
debía ser solicitada por alcaldes y corregidores, quienes a su vez la entregarían
a los Directores Departamentales de Higiene, bajo sanción para quien incumpliese
la norma (García Medina, 1932a: 345-6).
Esta resolución, que en cualquier caso todavía no tenía carácter de ley,
permitió a García Medina afirmar en Montevideo, que Colombia cumplía con
las obligaciones que imponían las convenciones sanitarias en el asunto de
la declaración obligatoria de las enfermedades transmisibles. Sin embargo,
para él era claro que el país se estaba quedando atrás en sus tareas "civilizatorias",
pues Colombia, junto con dos repúblicas centroamericanas, eran los únicos
países de América y de Europa, afirmaba, que faltaban por establecer la
declaración obligatoria para ciertas enfermedades contagiosas. García Medina
rechazaba la suposición de que con esa medida desaparecería el secreto médico.
Según él, la mayor parte de las enfermedades a las que se refería esta declaración
no eran secretas en realidad, pues no se podía ocultar la presencia de un
tifoideo, un disentérico o un diftérico en la familia. Más bien, las enfermedades
que el público quería ocultar eran la sífilis, la lepra o el cáncer, enfermedades
que sufrían de un estigma particular. En su Informe de Higiene de 1921,
García Medina recordaba la sugerencia de la Academia Nacional de Medicina
sobre el "médico de sanidad", mencionado anteriormente, para conciliar los
intereses del enfermo y los de la sociedad. Aunque esta medida resultaba
también indispensable para formar una estadística sanitaria de la nación,
una de las preocupaciones centrales de García Medina, el gremio médico seguía
siendo el principal obstáculo (García Medina, 1921a: 201-202).
García Medina, durante el período que estuvo al frente de la DNH, insistió
permanentemente en sus informes al Congreso sobre las obligaciones que había
adquirido Colombia al suscribir la Convención de Washington y al participar
de las conferencias sanitarias. De hecho, él presentaba a la OSI como el
ente que vigilaba la higiene internacional en América y que exigía mantener
saneados los puertos, no solamente preservándolos de enfermedades infecciosas
sujetas a medidas cuarentenables, sino también proveyéndolos de servicios
de agua potable, pavimentación, alcantarillado y letrinas (García Medina,
1921a: 183). Las referencias a las conferencias permitieron a los encargados
de la higiene en el país justificar, ante la clase política, las medidas
sanitarias. En términos generales, los higienistas utilizaron las resoluciones
de ellas emanadas como argumentos para reclamar del gobierno una participación
efectiva del Estado en el campo de la higiene, para ganar autonomía y para
generar su propia autoridad cultural que les permitiera ocupar un lugar
más destacado dentro de las cuestiones públicas.
Con frecuencia, aunque se reconocía de modo general la importancia de la
acción sanitaria, este reconocimiento no se plasmaba en asignaciones presupuestales.
El optimismo del cual hacía gala García Medina en la Conferencia de 1920
y a su regreso de Montevideo, contrasta con el cuadro pesimista que trazaba
en 1923. El célebre higienista describía a la higiene como "la base de la
prosperidad de un pueblo"; sin embargo, mientras las demás naciones destinaban
sumas cada vez mayores para este ramo, afirmaba, el Congreso colombiano
actuaba de modo inverso. En 1921 la partida para gastos de higiene había
sido de $ 433.460, en 1922 bajó a $ 188.720, en 1923 se redujo a $ 109.000
y según el proyecto de presupuesto por presentarse al Congreso la partida
era de sólo $80.000 para 1924. Mientras que los demás países destinaban
para gastos de sanidad sumas no menores al 15% de sus rentas comunes, afirmaba,
en Colombia no se llegaba al 0,5%, y con ellas se pretendía atender los
gastos de sanidad de puertos y los que demandaran las epidemias. Para atender
las disposiciones de higiene, cumplir con el deber imperioso de la nación
de proteger la vida humana y trabajar de mejor manera en el saneamiento
de los puertos que los compromisos internacionales imponían, era preciso
destinar, en su criterio, el 2% de las rentas (García Medina, 1923: 279-80).
Debido a estas deficiencias del presupuesto, actividades de sanidad portuaria
como las campañas contra los mosquitos y las ratas se llevaban a cabo en
forma irregular.
Después de su exitosa actuación en la VI Conferencia Sanitaria, García
Medina centró sus esfuerzos en dar cumplimiento a lo estipulado en las resoluciones
emanadas de ésta y las anteriores conferencias. De acuerdo con ello, continuaron
y se ampliaron las acciones de sanidad portuaria pero también, en la medida
en que se incluyeron nuevos temas en esas reuniones panamericanas, los higienistas
trataron de incorporarlos dentro de la agenda de higiene nacional. En este
sentido, además de las normas en relación con la sanidad de puertos y declaración
obligatoria de enfermedades infecciosas, se impulsaron las estadísticas
médicas, acciones contra otras enfermedades infectocontagiosas, las campañas
de vacunación contra la viruela, la lucha contra las plagas y la dotación
de servicios públicos básicos (agua potable, alcantarillado, manejo de basuras).
En particular, los higienistas se apoyaron en el poder de las conferencias
para respaldar su esfuerzo por convertirse en la autoridad técnica en asuntos
de higiene buscando fortalecer, al mismo tiempo, la centralización de estos
servicios, asunto éste que ocupó, y de manera muy destacada, un lugar en
la prédica y la acción de esos higienistas y de algunos políticos. La potestad
de esas instancias internacionales que, además, aparecían respaldadas por
el creciente poder de lo que Dubin (1995: 56) ha llamado la "episteme mundial
biomédica y de salud pública", otorgaba legitimidad a los higienistas para
alcanzar el reconocimiento social y político que aún debían ganarse dentro
de su propia profesión y de la sociedad colombiana. No obstante tales esfuerzos,
la lucha por la centralización se debió enfrentar al pecado original de
lo que Mario Hernández (2000) ha llamado "la fragmentación" en la organización
de los servicios de salud en Colombia entre 1910 y 1946.
En prácticamente todas las reuniones panamericanas se urgía de manera insistente
a los gobiernos, no sólo para que mantuvieran actualizada la información
sobre los casos de enfermedades de interés sanitario internacional, sino
para que la suministraran a la OSI/OSP con el fin de que esta instancia
-y su partenaire, el Servicio de Salud Pública de los EE.UU.- pudiera
conocer, con relativa certeza, las condiciones sanitarias de los puertos
y territorios de las naciones americanas. La centralización de toda la información
en Washington puede interpretarse como el intento por conformar allí lo
que Bruno Latour ha llamado un "centro de cálculo" (Latour, 1992: 205-61).
La información local, léase estadísticas nacionales, y el saber ligado
a ella, era susceptible de convertirse en saber o información universal,
mediante el traslado de los datos a la oficina central, de nivel continental
en este caso, dado el poder de la potencia que por razones conocidas controlaba
la oficina central de la OSI y que estaba también en vías de convertirse
en la vanguardia de la tecnomedicina internacional. Se estaba dando origen
a una relación asimétrica entre el centro y la periferia en la acumulación
y el manejo de esta información. Los enfermos y decesos de los países del
subcontinente se iban convirtiendo en datos estadísticos o "inscripciones"
que, una vez "criticados", depurados y sometidos a nuevas "inscripciones"
de alto nivel tecnocientífico, permitían controlar desde el centro de
cálculo la situación de la periferia. El centro no era sólo una instancia
técnica, sino también el cruce de redes de aliados y poderes de la más diversa
índole, y la periferia tampoco era sólo una realidad sanitaria. La asimetría,
evidentemente, no disminuye la importancia nacional e internacional que
tenían las estadísticas para hacer frente a las epidemias y trabajar en
el mejoramiento de la situación de salud.
La VI Conferencia recomendó la organización de estadísticas sanitarias
y demográficas con las cuales se podría actuar con previsión, recomendación
que se relacionaba con un problema sentido por los higienistas, al que ya
se ha aludido, el de la declaración obligatoria de las enfermedades. Hacia
1920, la DNH se propuso establecer una estadística nosográfica y demográfica
de la República, argumentando que en todas las naciones las estadísticas
eran consideradas como la base de la higiene y elemento indispensable para
juzgar las condiciones sociales de un pueblo (García Medina, 1920: 266).
Frente al célebre debate de la raza, en el cual participó buena parte de
los intelectuales del momento, García Medina sostenía que aún "con instructivas
y brillantes publicaciones", a nada definitivo podría llegarse si se carecía
de una estadística nosográfica y demográfica para poder tratar científicamente
un problema tan complejo (García Medina, 1920: 266). García Medina se refería
al debate público, científico y político que abarcó cerca de dos décadas.
1920-1940) y en el que los médicos, y concretamente los higienistas, jugaron
un importante papel como expertos en asuntos biológicos y humanos (Hernández,
2000: 51-52, 145-146). La idea de que los pobladores originales del país
pertenecían a una raza inferior, que habitaba en climas propicios a la enfermedad
y la degeneración, hizo parte del arsenal ideológico de los colonizadores
europeos y de criollos de la independencia, y fue heredado por buena parte
de las llamadas "elites" posteriores, quienes le adicionaron el alcoholismo,
la lascivia, la pereza, el desaseo y otras "degeneraciones".
En cuanto a las estadísticas y para remediar la ausencia señalada por García
Medina, la DNH dispuso en 1922 que los médicos de sanidad de los puertos
marítimos enviaran cada mes al inspector de sanidad marítima, el movimiento
demográfico y las estadísticas de enfermedades infecciosas que hubieran
ocurrido en el respectivo puerto y en poblaciones cercanas o, en lo posible,
en todo el departamento. El inspector de sanidad marítima debía reunir estos
datos y comunicarlos a la OSI en Washington, como se estipulaba de manera
insistente en las resoluciones de las diversas conferencias sanitarias.
A pesar de esta insistencia, según García Medina, hasta 1922 Colombia no
había cumplido aún con ese compromiso. La falta de estos datos, cuya publicación
corría a cargo del centro informativo de Washington, era considerada como
perjudicial para el país, pues sin ellos no podría demostrarse o "certificarse"
que los puertos y las regiones más ricas de Colombia estaban exentos de
enfermedades endémicas o epidémicas, con lo cual el país se hacía sospechoso
para el comercio y la inmigración que pedían los partidarios de mejorar
la raza y hasta para la simple visita de delegaciones de las empresas norteamericanas
y de los países "civilizados" (García Medina, 1922: 201).
Asimismo, en 1922 se emitió la ley 99 que, según García Medina, contenía
la mayor parte de las disposiciones de la VI Conferencia Sanitaria Panamericana
de Montevideo: disposiciones sobre estadística médica, provisión y vigilancia
de las aguas potables en las poblaciones y vacunación antivariolosa obligatoria,
así como declaración obligatoria de las siguientes enfermedades: cólera
asiático, cólera nostras, fiebre amarilla, peste bubónica, tifo exantemático,
fiebres tifoidea y paratifoidea, viruela, difteria, escarlatina, disentería
bacilar y amibiana, tuberculosis pulmonar y laríngea, neumonía infecciosa,
meningitis cerebroespinal y epidémica. Con respecto a la lepra quedaban
vigentes las medidas entonces existentes. Se dejaba un grupo de enfermedades
de declaración potestativa, que serían definidas por la Dirección Nacional
de Higiene y la Academia Nacional de Medicina (Colombia, República de, fl.
539-542). Sin embargo, García Medina señalaba, en 1931, que por el descuido
y la inacción de las autoridades y la todavía invencible renuencia de los
médicos a denunciar las enfermedades infectocontagiosas como lo ordenaba
la ley, poco se había hecho en este campo de la estadística (García Medina,
1931: 67).
En la demostración de los beneficios de la higiene para la modernización
contribuyó el apoyo técnico de la FR, más que la intervención directa de
la OSP, aunque como se ha indicado, con frecuencia resulta difícil diferenciar
las acciones de las dos entidades. Un ejemplo de esta colaboración ocurrió
a raíz del brote de fiebre amarilla que se presentó en la región de Bucaramanga,
a fines de febrero de 1923. La FR, comprometida en una investigación sistemática
para determinar la historia y el estado de la enfermedad en todos los países
del hemisferio occidental, había ofrecido a Colombia el envío de una misión.
Ante los casos de Santander, F.A. Miller, representante de la FR y encargado
de la campaña contra la uncinariasis, comunicó que el gobierno colombiano
aceptaba la oferta. De esta manera, en abril de 1923 la FR envió una comisión
dirigida por J.H. White, quien había representado a los Estados Unidos en
la VI Conferencia de Montevideo, donde estableció contacto con García Medina,
y quien además había sido nombrado en dicha Conferencia Vicedirector de
la OSI (Bustamante, 1995: 12).
Los otros miembros de la comisión eran Olivier Potier y Wenceslao Pareja,
este último Director General de Higiene de Guayaquil. Lo cierto es que White
y los otros miembros de la comisión trabajaron en nombre de la Junta Sanitaria
Internacional de la FR, fundación ésta que pagaba la mitad de los gastos
que ocasionaran las medidas de profilaxis en Bucaramanga y las poblaciones
vecinas. En la figura de White se plasmaba de manera clara la simbiosis
entre la OSI/OSP y la FR, en la que se combinaba la legitimidad política
de una con la capacidad financiera de la otra. Las medidas que se adoptaron
fueron dos: una sanitaria, de destrucción del estegomya, en la que
colaboraría la Fundación con la mitad de los gastos; y otra, de asistencia
pública, que consistía en atender los enfermos u hospitalizarlos, lo cual
quedaba enteramente a cargo del gobierno colombiano. Así se dictó la Resolución
220 de 1923 en la que se nombraba una comisión para combatir la epidemia
y se tomaban medidas especiales para ello.
García Medina consideraba, después de que la comisión de la FR confirmó
que se trataba de fiebre amarilla, que la Nación estaba en la obligación
de combatir la epidemia, de acuerdo con las Convenciones Sanitarias Internacionales.
En dicha resolución se autorizaba a castigar con multas a quienes no cumplieran
con ciertas prescripciones, como colocar bajo toldillo a todo enfermo febril
durante los primeros cuatro días, o a quien dejara de denunciar algún enfermo
de fiebre amarilla. Se tomaron medidas para evitar la propagación de la
fiebre por el río Magdalena y de allí a la costa Atlántica, creándose una
comisión sanitaria especial para el efecto en Calamar y Puerto Berrío, y
alertando al médico de sanidad de Barranquilla sobre los barcos procedentes
de los puertos de Santander. La comisión de la FR también visitó Cúcuta,
en donde no encontró fiebre amarilla pero sí un alto índice de estegomya,
por lo que se recomendó realizar una campaña contra el mosquito. Igualmente
dicha comisión conversó en Puerto Berrío con los médicos del Ferrocarril
de Antioquia sobre casos sospechosos de fiebre amarilla, que se dieron en
la zona a finales de 1922 y comienzos de 1923, semejantes a los que se habían
observado en 1915. Afirmaron que se trataba de fiebre amarilla. La campaña
en Bucaramanga se hizo desde junio de 1923 y García Medina conceptuó que
debía extenderse por diez meses más, a pesar de que, según White, en 60
días podía controlarse la epidemia. De todas formas la mortalidad sólo alcanzó
al 5% de los casos. Como beneficio de la visita de la comisión de la FR,
señalaba García Medina el hecho de que hubieran quedado en el Laboratorio
Samper Martínez, el centro nacional del conocimiento higienista, cultivos
de leptoespira icteroide de Noguchi y de leptoespira icterohemorrágica
importados de Nueva York para el diagnóstico de la enfermedad, con lo que
se consideraba que ya el país estaba en capacidad de resolver el diagnóstico
de la fiebre amarilla (García Medina, 1923: 209-18).
En la reunión sanitaria continental de La Habana, llevada a cabo entre
el 5 y el 15 de noviembre de 1924, se adoptó el calificativo de "panamericana"
para estos eventos, siendo pues ésta la VII Conferencia Sanitaria Panamericana.
En ella se resuelve celebrar, entre conferencia y conferencia, una reunión
de responsables nacionales de higiene de los Estados americanos, lo que
dio lugar a la I Conferencia de Directores Nacionales de Sanidad de las
Repúblicas Americanas, en Washington, del 20 al 30 de septiembre de 1926.
También en esta reunión de La Habana se aprobó el llamado Código Sanitario
Internacional (OSP, 1924), cuya preparación se había sugerido en la Quinta
Conferencia de Estados Americanos de Santiago de Chile, en 1923, la cual
también había sugerido el nuevo nombre de Conferencias Sanitarias Panamericanas
y el cambio de denominación de Oficina Sanitaria Internacional (OSI) por
el de Oficina Sanitaria Panamericana (OSP) (Howard-Jones, 1980: 402).
El Código Sanitario fue firmado a reserva de la correspondiente ratificación
por las delegaciones de los diferentes países. Consistía este código, según
Howard-Jones, en "un conjunto de normas para la cuarentena marítima" propuestas
como una revisión y actualización de la Convención de Washington de 1905,
con algunos elementos extraídos de la Convención Sanitaria Internacional
de París de 1912 (Howard-Jones, 1980: 403). Según García Medina, la expedición
del código se debía a la iniciativa colombiana pues había sido Guillermo
Valencia, como jefe de la delegación de Colombia a la V Conferencia Panamericana
de Santiago de Chile de 1923, quien, teniendo en cuenta que con el uso de
sistemas uniformes en los métodos y procedimientos de cuarentena podía obtenerse
un máximo de protección con dilación mínima para el comercio, había propuesto
que se encargara a la nueva OSP de Washington presentar un proyecto de Código
Sanitario Marítimo Internacional a la VII Conferencia Sanitaria, la de La
Habana en 1924 (García Medina, 1931: 122). Esta moción, según García Medina,
fue aprobada por unanimidad. Así, la Oficina redactó este código marítimo
y lo amplió para abarcar los problemas de higiene que afectaban a todo el
continente americano. La OSP, teniendo en cuenta el carácter de director
honorario que poseía García Medina, le envió el proyecto para que lo estudiara
y le hiciera las observaciones que considerara convenientes para los intereses
de Colombia. El código fue aprobado por la Conferencia de 1924, y por Colombia
lo firmó su delegado, Ricardo Gutiérrez Lee, embajador en Cuba (García Medina,
1931: 123; OSP, 1924).
Entre los objetivos del Código estaban adoptar medidas cooperativas encaminadas
a prevenir la propagación internacional de infecciones o enfermedades susceptibles
de transmitirse a seres humanos, normalizar la recolección de datos estadísticos
relativos a la morbilidad en diferentes países, estimular el intercambio
de informes que pudieran ser valiosos para mejorar la sanidad pública y
uniformizar las medidas empleadas en los lugares de entrada para impedir
la introducción de enfermedades transmisibles propias del hombre, a fin
de obtener una mayor protección contra ellas (OSP, 1924). Con el fin de
acordar las modificaciones y someterlo a la VIII Conferencia Sanitaria de
Lima, de 1927, el código fue estudiado en la I Conferencia Panamericana
de Directores de Sanidad, reunida en Washington en 1926, a la cual asistió
García Medina como delegado de Colombia. El médico Julio Aparicio, Subdirector
Nacional de Higiene y delegado de Colombia a la conferencia de Lima, informó
que allí se adoptaron las conclusiones de la reunión de directores de Washington
de 1926, no como modificaciones al Código Sanitario sino como un memorando
de interpretación del mismo para evitar que tuviera que someterse de nuevo
a la consideración de las naciones que ya lo habían ratificado (García Medina,
1931: 123-24). Este código habría de constituirse en un referente ineludible
para todos los países americanos, pues ya no sólo se trataba de rendir informes
sobre enfermedades epidémicas, sino de tomar decisiones internas para crear
o fortalecer la organización sanitaria nacional que permitieran adelantar
programas preventivos o de erradicación.
La destacada actuación de García Medina en el manejo de los asuntos de
la higiene desde el Estado, así como el impulso de la cooperación entre
éste y la OSI/OSP, se dieron durante los últimos gobiernos de la hegemonía
conservadora, el ya citado de Marco Fidel Suárez y los de Pedro Nel Ospina
(1922-1926) y Miguel Abadía Méndez (1926-1930). Ospina había nacido en Bogotá,
pero pertenecía a una sólida familia de estirpe antioqueña, y era general,
empresario y creador de talleres industriales (Mesa, 1984: 162-76), una
especie de Rafael Reyes remozado por el contacto directo con los Estados
Unidos, en donde se hizo ingeniero. Le correspondió recoger las semillas
del decenio anterior, gracias a la irrigación de recursos financieros provenientes
de los prestamistas norteamericanos, especialmente, y de la indemnización
por Panamá. Comenzaba así la "prosperidad al debe", caracterizada por la
aceleración en las obras públicas, el impulso a la incipiente industria,
la modernización de la banca, las finanzas y la contabilidad nacional -con
la Misión norteamericana Kemmerer (1922-23)- y, en fin, la consolidación
de una clase empresarial que habría de manifestarse en todas sus posibilidades
y limitaciones en el decenio siguiente, bajo los gobiernos liberales. Abadía
Méndez cerró el ciclo conservador y quedó registrado en la memoria colombiana
por la masacre de los trabajadores del banano, en diciembre de 1928, como
símbolo de los métodos preferidos en Colombia para tratar las protestas
sindicales y populares. De paso, desprestigió a su partido, el Conservador,
y abrió las puertas para la elección del liberal Enrique Olaya Herrera.
No obstante la aceptación del Código Sanitario de 1924 por el delegado
colombiano y la aceptación formal por lo gobiernos anteriores a 1930, su
aprobación por parte del Congreso debió esperar hasta la presidencia del
liberal Enrique Olaya Herrera (1930-1934). En 1930, Eduardo Santos, entonces
Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Olaya, presentó un proyecto
de ley para la aprobación del Código de 1924[4]. En su exposición de motivos, Santos repetía
los argumentos de García Medina. Según ellos,
El código sanitario panamericano debe considerarse un gran progreso en
las aplicaciones prácticas de los principios de la higiene que protegen
y estimulan las relaciones internacionales, defendiendo a las naciones de
las enfermedades infectocontagiosas [Con él] se facilitarán las transacciones
comerciales que unen los pueblos y acrecientan su riqueza, lo cual influirá
considerablemente en el bienestar social (Santos, 1931: 243).
El reconocimiento de la iniciativa colombiana en la Conferencia Panamericana
de Santiago de Chile en 1923 y el papel de García Medina en la corrección
final, fueron argumentos presentados por los miembros de la Comisión del
Senado que estudió el proyecto de ley presentado por Santos como "razones
especiales para ratificar sin el menor retardo el Código Sanitario" (Colombia,
Senado, 1931: 1894). El presidente Olaya Herrera y el ministro Santos sancionaron
este código el 22 agosto de 1930 y el Congreso expidió la Ley 51 de 1931,
por la cual se aprobaba el Código Sanitario Panamericano. Según García Medina,
el Código de 1924 llenaba los vacíos de las convenciones sanitarias de Washington
de 1905 y de París de 1912, porque ampliaba la obra de defensa internacional
extendiéndola a todas las enfermedades que podían propagarse de un país
a otro, corrigiendo la limitación de aquellas convenciones que sólo hacían
referencia a la peste, al cólera y a la fiebre amarilla. Otra modificación
importante era que la notificación internacional de enfermedades contagiosas,
los datos demográficos y la información del estado sanitario general de
cada país debía centralizarse en la OSP de Washington, ratificando así su
carácter de "centro de cálculo". El Código también estableció disposiciones
sobre clasificación de los puertos desde el punto de vista sanitario, que
consultaban, se pensaba, los intereses generales de América pero también
los particulares de cada nación, dejando a éstas la facultad de declarar
la clase de puertos que tenían abiertos al comercio, pero quedando con la
obligación de emprender en ellos las obras de saneamiento que el código
exigía. En Colombia se afirmaba oficialmente que ya se había empezado a
cumplir estos deberes dictando las leyes necesarias (García Medina, 1931:
123).
El gobierno liberal de Enrique Olaya Herrera, ex embajador en los Estados
Unidos, rompió una hegemonía de gobiernos conservadores de casi medio siglo,
inscribiéndose en la idea de unión nacional o de "Concentración Nacional",
como se llamó su propuesta, que ya había sido propugnada por el gobierno
conservador de Carlos E. Restrepo. En lo económico, Olaya Herrera se conectó
con los gobiernos que le precedieron, y trató de paliar pragmáticamente
los efectos de la Gran Depresión; en lo político abrió tímidamente algunos
espacios cerrados durante medio siglo, y en el plano internacional manifestó,
y puso en práctica -a pesar de cierta retórica de autonomía- la alineación
con la política de abierta "intervención" en América Latina que el Secretario
de Estado norteamericano, Charles E. Hughes, propuso en sus declaraciones
durante la Sexta Conferencia Panamericana de Washington en 1928, las cuales
fueron consideradas por Olaya como "magistrales" (Latorre Rueda, 1989: 285).
En lo social, sin embargo, adelantó algunas propuestas relativamente avanzadas
sobre reforma agraria, derechos sindicales y derechos de la mujer casada,
que anunciaban las medidas más de fondo que habría de tomar el gobierno
del también liberal Alfonso López Pumarejo (1934-1938).
Uno de los primeros proyectos que Olaya presentó al Senado por medio de
Eliseo Arango, ministro de Educación, ministerio del cual dependía en ese
momento la Dirección Nacional de Higiene y de la cual era titular todavía
García Medina, se proponía precisamente separar lo relativo a la higiene,
la asistencia, los lazaretos y la protección de la infancia de esa cartera
(Hernández, 2000: 130). El proyecto se convirtió en la Ley 1ª de 1931, que
separó la Dirección Nacional de Higiene y Asistencia Pública del Ministerio
de Educación, creándose entonces el Departamento Nacional de Higiene y Asistencia
Pública, independiente de los demás departamentos administrativos (García
Medina, 1931: 3). A esta nueva dependencia se le encargó dirigir y reglamentar
la higiene y la asistencia pública en todos los ramos, reglamentar el servicio
de sanidad marítima, organizar el régimen sanitario de los puertos y vigilar
que las normas se cumplieran, en particular los compromisos adquiridos en
las conferencias sanitarias (García Medina, 1932a: 271-9). La discusión
de esta iniciativa se enmarcó en la fuerte polémica que producían las propuestas
gubernamentales del nuevo régimen liberal en la oposición de los conservadores,
desplazados, sólo parcialmente, del poder del Estado. Alrededor de este
clima de debates y sectarismo se fue consolidando un grupo de higienistas
de filiación liberal, integrado por Jorge Bejarano, Luis Zea Uribe, Fernando
Troconis, Antonio José Lemos y otros, que habría de jugar un papel importante
en los intentos reformistas del primer gobierno de Alfonso López Pumarejo
y, también, en las políticas de cooperación internacional en salud en los
años treinta y cuarenta.
A lo largo de los años treinta del siglo XX, el vínculo entre la OSP y
el Estado colombiano siguió centrado -a pesar de los nuevos temas que se
incluían en las sucesivas conferencias sanitarias internacionales- en el
control de las epidemias y en la sanidad portuaria, en ese momento más claramente
reglada después de aprobado y ratificado el Código Sanitario Panamericano
de 1924. Sin embargo, los llamados de la OSP para enfrentar las enfermedades
venéreas, para vigilar los alimentos y disminuir la mortalidad infantil
fueron cada vez más incisivos. La necesidad de propiciar el diagnóstico
temprano y el tratamiento precoz de los enfermos contagiosos fue propiciando
una mayor intervención de la higiene en el campo de la atención curativa,
de allí que en la década del treinta comience a hablarse de la integración
de medidas preventivas y curativas, mediante nuevas formas de organización
de la asistencia hospitalaria.
En el país esta preocupación adquirió un matiz particular y puso en relación,
y a veces en tensión, a la higiene, la atención médica para los pobres -que
se movía entre la beneficencia y la asistencia pública-, la atención privada
suministrada por los médicos y, más tarde, lo relativo a la previsión y
la seguridad social: los elementos de la "fractura" que señala Mario Hernández
(2000: 31), que interactuaron, apareciendo y desapareciendo con diverso
peso específico según el momento y las circunstancias, hasta el momento
de la "legalización" de la "fractura" en el decenio del cuarenta. Como lo
plantea este autor, las relaciones entre los campos de la higiene y de la
beneficencia venían en aumento desde los años veinte, apareciendo en los
treinta más claramente, dentro de una transformación estatal liderada por
un régimen político liberal que condujo a la ampliación de la asistencia
pública. Aunque ya desde 1925 se había intentado fusionar en un sólo organismo
estatal la higiene y la asistencia pública, esta tarea no había sido posible,
pues la beneficencia se resistía al control del Estado por parte de una
instancia central, dada su fuerte articulación con la Iglesia y los poderes
locales.
En los debates que se suscitaron en el Congreso para separar la instancia
rectora de los asuntos de higiene de los diferentes ministerios por los
que había rotado, salió a la luz la convicción de que técnicamente se requería
y se podía crear un Ministerio de Higiene y Asistencia Pública, tal como
lo recomendaban las conferencias internacionales. De hecho, desde la VIII
Conferencia Sanitaria Panamericana de Lima, en 1927, se venía planteando
que
sólo por el funcionamiento de un Ministerio consagrado exclusivamente a
los negocios médico sociales es posible la plena ejecución de una política
sanitaria nacional e internacional. En consecuencia, recomendaba a los gobiernos
que aún no lo hubiesen hecho la creación de este nuevo Ministerio de Estado
(CSP, 1927).
Pero las dificultades fiscales generadas por la crisis del 30 aplazaron
la decisión de crear dicho ministerio (Hernández, 2000: 130).
Al crearse el Departamento Nacional de Higiene (DNH) se conservaba, al
menos teóricamente, la unidad de acción, resultante de las atribuciones
que se dieron al Director Nacional de Higiene, lo cual, según García Medina,
había merecido la aprobación de las Conferencias Sanitarias Panamericanas
y la de higienistas tan notables como el argentino Emilio R. Coni. García
Medina planteaba que, para que esta unidad de acción fuera completa, faltaba
imponer a los departamentos y municipios el deber de contribuir con parte
de sus rentas para obras de higiene y asistencia pública, pero procediendo
en todo bajo las órdenes del DNH, porque no le parecía justo que los gastos
de sanidad pesaran únicamente sobre el Tesoro Nacional (García Medina, 1931:
7).
La Ley 98 de 1931 autorizó al DNH para celebrar contratos con las entidades
oficiales y particulares para organizar los servicios cooperativos de higiene
y asistencia social. Sin embargo, poco después el Departamento se adscribió
al Ministerio de Gobierno y, otra vez, al Ministerio de Educación, debido
a la inconveniencia de tener una instancia tan autónoma, como una rueda
suelta, en la estructura institucional del orden nacional. De allí que el
trámite para dichos contratos debía pasar por el Ministerio de Educación,
el Consejo de Ministros, la Contraloría General, el Consejo de Estado y
ser publicado por el diario oficial, lo cual retardaba el cumplimiento de
las acciones, provocando serios trastornos a la administración de la higiene
pública y la asistencia social. Además, no existía la obligación legal por
parte de los municipios y los departamentos, ni aún de la misma nación,
a destinar un porcentaje fijo de sus presupuestos a los servicios de higiene
y asistencia social, ni a colocar recursos en manos de entidades técnicas
encargadas de esta actividad, lo que sometía a este ramo a las fluctuaciones
políticas y a las resistencias regionales. Aún en ciudades como Bogotá,
Medellín y Barranquilla, la asistencia social y las instancias sanitarias
no habían permitido una intervención directa del DNH, pues tenían una fuerte
autonomía que no aceptaba modificaciones de orientación, dado que intervenían
entidades muy diferentes que costeaban y dirigían las campañas de previsión
social (Campo Posada, 1937: 19-21).
Desde 1931, fue política del DNH reorganizar los servicios sanitarios de
los puertos, buscando fundir, en uno solo, los servicios de higiene y saneamiento
que existían en cada uno de ellos, con las estaciones sanitarias, campañas
de saneamiento y policía sanitaria. También se trataba de establecer una
línea directa de responsabilidad entre médicos, revisores, inspectores,
agentes de policía sanitaria y demás personal, al tiempo que se les elevaban
equitativamente los sueldos. Para ello se dictó la Resolución 30 de 1932,
aprobada por Decreto presidencial 324 de 1932. Se creó el cargo de visitador
general de los puertos, en ese momento asignado a G.O. Richardson, quien
recorrería permanentemente los litorales marítimos y otras dependencias
de esa sección, y sería responsable de la marcha de esos servicios. Se mantuvo
la figura del médico de sanidad de puertos, a quien se dejaba la potestad
de nombrar libremente el personal "sin tener en cuenta por ningún motivo
consideraciones de índole personal, política o de otro orden". Este médico
debía responder ante el gobierno, por conducto del DNH, del buen estado
sanitario de la localidad encomendada y del cumplimiento de las obligaciones
impuestas por las convenciones sanitarias internacionales. Sus resoluciones
tendrían carácter obligatorio. Se nombró este personal en Barranquilla,
Puerto Colombia, Santa Marta, Cartagena, Buenaventura, Tumaco, Cúcuta, Ipiales,
Barbacoas, La Dorada, Puerto Berrío, Guapí, Puerto Asís y Florencia (García
Medina, 1932a: 307-313). Para 1937 existió una Sección de Sanidad dentro
del DNH, a la que correspondía la dirección técnica de los trabajos generales
de sanidad y saneamiento del suelo, de la sanidad portuaria y vigilancia
sanitaria de embarcaciones y de las campañas contra las endemias tropicales
(Campo Posada, 1937: 12).
Las acciones contra el paludismo en esta etapa fueron adelantadas con la
cooperación de la FR. García Medina anotaba en 1931 que, en su carácter
de Director Nacional de Higiene, se dirigió durante varios años al Gobierno
y al Congreso para emprender una campaña seria y científica contra el paludismo.
Estas solicitudes, afirmaba, no fueron atendidas o no se les dio la importancia
que merecían pues, si bien en algunos presupuestos se señalaron partidas
para este gasto, eran muy pequeñas o se disminuían en provecho de otros
rubros, como sucedía con las partidas de la higiene en general. Insistía
en la importancia económica y social que tenía la campaña contra el paludismo
pues esta enfermedad debilitaba al hombre, destruía sus energías y afectaba
la riqueza al generar degeneración moral y física de la raza. El paludismo
retardaba y viciaba el desarrollo individual y colectivo, ya que minaba
la vida de las víctimas destruyendo su sangre; aniquilaba tanto al trabajador
como al niño, y además, se suponía, transmitía su influencia perniciosa
de una generación a otra. "Ya que la caridad y la razón no lo pidieran,
el comercio y la industria nos fuerzan a proteger la vida del pueblo combatiendo
uno de sus mayores enemigos" (García Medina, 1931: 40).
Por solicitud de García Medina, la FR envió a H.H. Howard, con quien se
acordaron las bases para un proyecto de campaña antipalúdica. La FR ofreció
enviar un entomólogo para que, asociado con un epidemiólogo, estudiara el
grado de infección en las regiones dominadas por la malaria y estableciera
dónde era más conveniente iniciar la campaña. Luego de ello, enviaría un
médico malariólogo para dirigir el saneamiento, y daría becas a dos médicos
colombianos que quisieran especializarse en el tratamiento profiláctico
y curativo de la malaria para continuar la campaña. De acuerdo con esto,
el técnico entomólogo Marshall Hertig viajó a Colombia y, junto con el médico
epidemiólogo de la Dirección, Ignacio Moreno Pérez, nombrado a solicitud
de la misma Fundación, se encargó del estudio clínico de las regiones visitadas.
Se tomaron 4.800 muestras, cuyo análisis se adelantó en el Laboratorio Nacional
de Higiene. La visita pasó por la costa Pacífica en Buenaventura, la planicie
del valle del Alto Cauca, región del Quindío, región de Pereira a Manizales
y de ésta a Medellín, valle de Medellín y Caldas hacia el norte, valle del
Bajo Cauca, valle del alto Magdalena desde Girardot hasta Puerto Berrío,
y valle del Bajo Magdalena. De los lugares visitados por la comisión, se
escogió Girardot para hacer un estudio previo que podría servir de base
para iniciar la campaña que se tenía proyectada con la FR (García Medina,
1931: 41-7).
Cabe resaltar que las campañas de erradicación de enfermedades propiciaron
también la ampliación de los servicios curativos prestados por el Estado
en el decenio del treinta. De hecho, el ciclo de las enfermedades no podría
superarse sin el diagnóstico temprano y el tratamiento oportuno de los enfermos.
Esta perspectiva fue demandando poco a poco la necesidad de integrar los
servicios curativos y preventivos en servicios de salud manejados por el
Estado, y éste se convirtió en otro frente de cooperación internacional.
En este frente, la participación de la OSP fue mayor que la de la FR, aunque
las dos instancias trabajaron al unísono. La OSP promovió un modelo de servicios
administrados por el Estado, en el cual se integraban programas preventivos
y de atención temprana de enfermedades, conocido internacionalmente como
"Unidad Sanitaria Cooperativa" (Hernández, 2000: 136). La organización unitaria
de los servicios de higiene y asistencia social preventiva tuvo su origen
en los E.U, país que inició experimentos de este tipo en los Estados del
sur en 1919. El primer experimento que se hizo en Colombia fue la Unidad
Sanitaria de Pereira, creada el 1º de marzo de 1934, con cierto éxito, gracias
al apoyo de la Federación Nacional de Cafeteros, agremiación liderada por
grandes propietarios y comerciantes interesada en el "capital humano" involucrado
en la economía cafetera. En vista de este resultado, el DNH destinó una
considerable suma del presupuesto para crear otras unidades sanitarias:
para 1937 se elaboraron contratos en Barranquilla, Cali, Ibagué, Cúcuta,
Cartagena, Santa Marta, Popayán, Manizales y otras ciudades. Con la creación
de estas unidades sanitarias se creía que quedaba solucionado el problema
de la coordinación de los servicios de sanidad y asistencia social preventiva
en las principales ciudades, con las excepciones de Bogotá y Medellín. Para
las poblaciones pequeñas, donde no existían organizaciones anteriores con
intereses creados, se diseñaron las Comisiones Rurales, que llegaron a establecerse
en varios departamentos (Campo Posada, 1937: 11-12).
Según Campo Posada, en los Estados Unidos se demostraron los inconvenientes
de las campañas unilaterales encaminadas a combatir una enfermedad o causa
de degeneración racial específica, pues estaban sometidas a criterios muy
diversos y distanciados que se interesaban cada uno sólo por su especialidad.
De allí que el personal se ampliara demasiado, las visitadoras sociales
y demás personal subalterno dieran instrucciones contradictorias, y las
organizaciones estatales y municipales no estuvieran sometidas a planes
y programas uniformes. Esta situación daba como resultado una gran variabilidad
en los sistemas de administración sanitaria y en los métodos para formar
conciencia en la población, perjudicando los estudios de morbilidad y otras
estadísticas. Como una solución, las primeras Unidades Sanitarias en Estados
Unidos contaron con médicos, odontólogos, inspectores sanitarios y visitadoras
sociales que debían atender a todas las campañas preventivas bajo una sola
dirección. Este sistema se amplió a tal punto que en 1936 se llegaron a
crear hasta treinta de esas unidades en Nueva York. En América Latina los
primeros ensayos se hicieron en Brasil, Costa Rica y México. En Colombia
resultaba indiscutible, según Campo Posada, la necesidad de una organización
unificada en el DNH, pero ejercida mediante convenios con los departamentos
y municipios para evitar el despilfarro en planes no sometidos a criterios
técnicos (Campo Posada, 1937: 14-16). El proyecto era continuar extendiendo
las Unidades y Comisiones Sanitarias en las ciudades y pequeñas poblaciones
del país.
En todo caso, las unidades sanitarias estaban articuladas alrededor de
la acción higiénica y preventiva. Pero poco después se ensayó un modelo
más orientado a integrar servicios curativos y preventivos más allá de ciertas
enfermedades, pensando en atención médica de los trabajadores de ciertas
áreas estratégicas de la economía nacional. Según Campo Posada, correspondía
al Estado salvaguardar la vida de los trabajadores para las zonas agrarias
de gran desarrollo y de explotación minera. El precedente a este respecto
fue el Centro Mixto de Salud de la zona bananera, reglamentado por ley 1ª
de 1937, para impulsar la cooperación entre los empresarios agrícolas y
el Estado con el objeto de prestar atención médico-quirúrgica y realizar
trabajos de saneamiento del suelo e higienización de campamentos y habitaciones.
Los conflictos con los trabajadores muchas veces incluyeron atención médica
y en un ambiente reformista como el del régimen liberal del momento, convenía
responder a estas demandas. A los propietarios de las empresas correspondía
la atención de |