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Capítulo 7: La descentralización y el modelo de los SILOS, 1986-1993

Una coyuntura crítica en la política de salud del país y en la relación entre la OPS y el Estado colombiano ocurrió entre 1986 y 1993. Durante el segundo lustro de los años ochenta, se inició una transformación que todavía no termina y que se refiere a la reforma del Estado por la vía de la descentralización política, administrativa y fiscal. No se trata de un evento, simplemente. Es el resultado de un proceso complejo que merece atención especial, porque tuvo efectos muy importantes para la organización del sistema de salud colombiano y afectó todos los frentes de la cooperación técnica en salud desarrollada por la OPS. Uno de los más importantes efectos fue el ambiente propicio que implicó la descentralización para el desarrollo de una decisión adoptada por la OPS en 1988 para el logro de las metas de SPT-2000 y la mejor implantación de la atención primaria desde una perspectiva sistémica. Tal era el modelo de los Sistemas Locales de Salud (SILOS), que en Colombia se incorporó con mucha fluidez, sobre el camino abierto por experiencias nacionales.

Al mismo tiempo, aparecían en el panorama internacional las primeras formulaciones del BM en materia de política de financiamiento de los sistemas de salud, que se incorporaron en los escenarios de debate nacional de varios países como parte de lo que se llamó "reformas sanitarias". En Colombia, al comenzar la década del 90, un proceso adicional aportó sus propios elementos. Éste fue la promulgación de una nueva Constitución Política en 1991, que se convirtió en punto de partida para una reforma estructural del SNS y para constituir un Sistema General de Seguridad Social en Salud, en el marco de un Sistema de Seguridad Social más amplio. Dicha reforma se definió por la Ley 100 de 1993. La descentralización del sector salud parecía correr por canales diferentes, pero simultáneos, respecto de aquellos por los que transitaba la reforma a la seguridad social, y es necesario detenerse un tanto en los dos procesos para examinar con algún detalle los rasgos específicos de cada uno. Por esta razón, en este capítulo se hará énfasis en el primero, el de la reforma del SNS en el marco del proceso de descentralización, mientras en el capítulo 8 se profundizará en el segundo, la constitución del Sistema de Seguridad Social.

Reforma del Estado por la vía de la descentralización

Para entender los antecedentes de la descentralización del Estado colombiano es necesario retroceder un poco. Durante los años ochenta confluyeron varios procesos en los ámbitos internacional y nacional que significaron cambios profundos en la estructura del Estado y de la sociedad colombiana en su conjunto. En el contexto internacional, puede decirse, siguiendo a Hobsbawm, que "hasta la década de los ochenta no se vio con claridad hasta qué punto estaban minados los cimientos de la edad de oro" (Hobsbawm, 1996: 403). Las presiones financieras sobre los controles estatales continuaron y se profundizaron, buscando fortalecer la globalización económica. El sector terciario de las economías, representado por los servicios, en especial de las telecomunicaciones y del sector financiero, se convirtió en el propulsor de la economía global, a lo que se denominó "proceso de terciarización". De otra parte, las fluctuaciones del mercado financiero, cada vez más inmanejables, sirvieron de base para el florecimiento de viejas críticas "ultraliberales" a los Estados de Bienestar, y se produjeron las primeras experiencias de gobierno con lineamientos de la propuesta neoliberal en dos países centrales: Estados Unidos, con Ronald Reagan, e Inglaterra, con Margaret Thatcher.

Si bien las ideas eran tomadas de los planteamientos de economistas como Friedrich von Hayek y Milton Friedman, ambos premiados con el Nobel de Economía a mediados de los setenta, en esos gobiernos las decisiones no fueron neoliberales del todo, aunque inauguraron un estilo neoliberal de gobierno en planos que iban más allá de la economía. De hecho, no ha habido en el mundo un solo gobierno totalmente neoliberal, en el sentido de negar radicalmente la intervención del Estado en la economía o en la política social. Por el contrario, las variantes y mezclas entre formas de liberación e intervención parecían la regla. Lo único visiblemente similar en las economías centrales fue un aumento del crecimiento económico, la flexibilización de los controles, acompañado de fluctuaciones críticas coyunturales cada vez más profundas, el aumento progresivo del desempleo y, lo más preocupante, la ampliación de las desigualdades entre ricos y pobres (Hobsbawm, 1996: 403-415).

En los países latinoamericanos la situación fue distinta, si se tiene en cuenta que casi todos los países de la Región registraron una disminución alarmante del crecimiento económico, lo que dio lugar a que se hablara de "la década perdida" aún antes de haber terminado los años ochenta. El crecimiento logrado a expensas del endeudamiento comenzó a pasar su cuenta de cobro. "Entre 1970 y 1980, América Latina incrementó su deuda externa de 27.000 millones de dólares a 231.000 millones, con unos pagos anuales (intereses más amortizaciones) de 18.000 millones" (Skidmore y Smith, 1996: 70). La deuda acumulada que parecía imposible de pagar se convirtió en el fundamento de una política sistemática impulsada desde los bancos y los organismos financieros multilaterales, en especial el BM y el FMI, conocida como "el ajuste estructural", basado en medidas aparentemente simples: abrir las economías a los productos y a la inversión extranjera, controlar el déficit fiscal por medio de la disminución del gasto público, impulsar nuevas exportaciones y controlar la inflación (Skidmore y Smith, 1996: 71). Pero cada país asumió el ajuste con particularidades y temporalidades diferentes: Chile en los setenta, México en los ochenta, Brasil y Argentina en los noventa (Tavares, 1999: 27-30). A mediados de los años ochenta, Colombia también entró en las medidas de ajuste con su propio bagaje y especificidad.

La década del 80 comenzó con una de las peores crisis económicas para el país, aunque  fue menor que en otros países de la región. La caída de los precios del café, el deterioro progresivo de la balanza comercial y la crisis financiera, sin mayores recursos e instrumentos para la recuperación, condujeron a una fase de incertidumbre profunda. El crecimiento del PIB en 1982 sólo llegó al 0,9% y la deuda externa aumentó en 4.100 millones de dólares entre 1980 y 1982 (Ocampo et al, 1994: 271); en 1984 la deuda bordeaba los 11.000 millones (Junguito, 1985: 21). El gobierno de Belisario Betancur (1982-1986) decidió entonces, acudir al FMI, con el recién posesionado Ministro de Hacienda, Roberto Junguito. Al regreso de su visita a los organismos financieros multilaterales, el ministro Junguito le informaba al presidente:

La principal conclusión que se obtuvo en las reuniones de Washington es la urgencia de que el país adopte medidas que impliquen ajustes lo suficientemente amplios, en el campo fiscal y el ordenamiento monetario, como para evitar la total erosión de las reservas internacionales, a comienzos de 1985, un desbordamiento monetario y una inflación descontrolada. Tanto el Banco Mundial como el FMI y el Federal Reserve insistieron en la necesidad de adoptar estas medidas en el curso de las próximas semanas (Junguito, 1985: 25).

El plan de ajuste se realizó y, en principio, detuvo el deterioro del sector externo y amainó la crisis fiscal y financiera. Pero el desempleo se mantuvo en 14%, el subempleo aumentó y la deuda externa creció a 13.400 millones de dólares al terminar el periodo presidencial de Belisario Betancur (Ocampo et al, 1994: 272). En estas condiciones, se profundizó la tendencia a la disminución de la participación del sector salud en el presupuesto nacional, del 10,2% alcanzado en 1977 al 5,9% de 1986, similar al 5% de 1966 (Yepes Luján, 1990: tomo 2, 183).

En el marco de este plan de ajuste, un componente más vendría a apoyar los propósitos de disminución del gasto público central y de disminución del déficit fiscal. Este era el proceso de descentralización política, administrativa y fiscal hacia los municipios. Si bien desde el gobierno de López Michelsen se había hablado de trasladar a las regiones y los municipios ciertos gastos, fue en el Informe Wiesner-Bird de 1978 sobre la estructura de las finanzas públicas y el control del gasto público, donde se expresó la relación entre disminución del gasto público y la descentralización (Restrepo, 1992: 57). Según dicho informe, "sólo cuando cada nivel es responsable de generar sus propios recursos se puede esperar eficiencia en el gasto" (Ruiz y Tenjo, 1986: 27). De esta forma, la descentralización aparecía como una alternativa de control fiscal, más que de carácter político.

No obstante, también lo político importaba. El crecimiento de los grupos insurgentes, en especial con experiencias urbanas como el Movimiento 19 de Abril (M-19) y la tendencia hacia la conformación de una coordinadora guerrillera hizo necesario profundizar el proceso de negociación. Al mismo tiempo, el aumento progresivo de los movimientos sociales denominados "cívicos", relacionados con las demandas por servicios públicos, infraestructura, educación, vivienda y salud, entre otras, recrudeció el tema de la legitimidad del Estado colombiano (Múnera, 1998: 403-458). El Frente Nacional se resistía a transformaciones profundas y el artículo 120 de la Constitución, mediante el cual se sostenía la paridad bipartidista en los cargos públicos, seguía en pie, a pesar de la finalización "oficial" del sistema de alternación y bipartidismo durante el gobierno de López Michelsen en el decenio anterior. En estas condiciones, no era extraño el diagnóstico del Ministro de Gobierno del presidente Betancur, Jaime Castro, quien afirmaba que "esa falta de articulación entre el Estado y la sociedad ha conducido a la clientelización de la política, medio atípico de participación ciudadana, y ha creado formas, también atípicas, de expresión colectiva como la abstención, el paro cívico y parcialmente la guerrilla" (Castro, 1986: 16). En este diagnóstico, el ministro coincidía con varios sectores populares e intelectuales: "Los movimientos populares tales como las protestas urbanas de las grandes ciudades y los paros cívicos han reclamado una ampliación del marco democrático, han exigido apertura democrática en las instituciones" (Santana, 1989: 95).

El gobierno de Betancur se dedicó, en buena medida, al logro de la firma del primer acuerdo de paz entre el gobierno y un grupo de insurgentes, en abril y agosto de 1984, lo que le costó la cerrada oposición de sectores importantes de la dirigencia nacional y de los militares, pero mostró que es posible avanzar en el diálogo hacia una solución política de un problema mayor, el de la violencia.

Parecía haber un consenso entre diversos sectores sociales en torno a la descentralización política, administrativa y fiscal hacia los municipios -con la idea de acercar las decisiones públicas a las demandas de la población- como "la solución" a esta situación de cierre del sistema político y de ilegitimidad progresiva del Estado. Pero no debe olvidarse que la descentralización también debía servir para rediseñar el gasto público, descongestionar el nivel central y hacer más "eficiente" la asignación de recursos. Por esta segunda vía, "se eleva a los municipios a la categoría de eficientes, olvidándose de su poco o nulo desarrollo administrativo y su altísima propensión a la influencia política" (Ruiz y Tenjo, 1986: 27).

Las decisiones para la descentralización municipal se iniciaron al comenzar el gobierno de Belisario Betancur y se consolidaron al terminar ese mismo gobierno, con un conjunto de leyes y normas. Primero, la Ley 14 de 1983 avanzó los pasos iniciales de la descentralización fiscal por medio del establecimiento de "topes" máximos y mínimos para la fijación de impuestos de industria, comercio, predios, entre otros, por parte de los municipios. Esto no significaba una autonomía municipal para fijar y recaudar impuestos. Sólo un incremento discreto de los recursos disponibles y un mayor control central sobre su ejecución (Restrepo, 1992: 51). Posteriormente, la Ley 76 de 1985 abrió el camino para la planeación regional, mediante la creación de la "región de planificación de la Costa Atlántica" y de los "Consejos Regionales de Planificación", con capacidad para "definir y aprobar la asignación del gasto de inversión de los recursos del Fondo de Inversiones para el desarrollo regional [...]" (Colombia República de, 1986: 20). Poco después, en el mes de enero de 1986, se aprobaron cuatro decisiones legales que vendrían a completar el marco normativo de la descentralización municipal[21]: el Acto Legislativo Número 1, por el cual se reformaba la Constitución para incorporar la elección popular de alcaldes; la Ley 03, que redefinía las funciones departamentales y de las entidades descentralizadas; la Ley 11, que establecía el "estatuto básico de la administración municipal"; y la Ley 12, que definía la participación de los municipios en el gasto del Impuesto al Valor Agregado (IVA), de manera progresiva hasta en un 50% de 1992 en adelante.

El aspecto que generó más expectativa y confianza en las posibilidades de la descentralización fue el político. Esto es, la elección popular de alcaldes. Se suponía que las posibilidades de elegir la máxima autoridad del poder ejecutivo local permitiría a las "fuerzas vivas" de la sociedad acercar las decisiones públicas a las necesidades de la población. Incluso, la Fedecafé se pronunció favorablemente e instó a sus comités departamentales para apoyar a los municipios para el fortalecimiento de su capacidad de gestión y a las comunidades para mejorar su participación (Fedecafé, 1987: 63-73). Pero la historia no se cambia por decreto. Si bien la elección popular de alcaldes contribuía a permitir la entrada de nuevas fuerzas sociales y políticas al sistema político y al poder del Estado, también sería funcional a las prácticas clientelistas y de corrupción administrativa de vieja data. Aún así, todo el aparato estatal debía reorientarse para avanzar por la vía descentralista adoptada constitucional y legalmente.

El impulso de la APS en medio del ajuste

Si bien la crisis fiscal comenzaba a afectar la disponibilidad de recursos en salud, la idea de garantizar los servicios básicos de salud para toda la población se vio fortalecida. Se hacía necesario profundizar la APS por medio de programas de alto impacto y bajo costo, combinando recursos públicos, privados y de cooperación internacional. En el segundo quinquenio de los años ochenta, esta estrategia produjo resultados importantes en el terreno de la atención de poblaciones prioritarias, en especial del área materno infantil, y en el control de enfermedades prioritarias.

El Programa Materno Infantil y Dinámica de Población (PMIDP), producto de la articulación entre la atención de la madre y el niño y la política de control de población, se vio seriamente estancado hacia 1983, después de un comienzo exitoso -como se mencionó- registrado al finalizar la década anterior. Por esta razón, en febrero de 1984 se estableció una Comisión Asesora para evaluar el programa y definir estrategias de fortalecimiento. La Comisión estableció un criterio desde el cual se debía reorientar el programa: "Entendida en su sentido más profundo -afirmaba la Comisión- la planificación familiar lleva consigo una acción real de gobierno y comunidad en pro del bienestar del individuo y la familia y presupone la coordinación de esfuerzos y programas de salud, especialmente en las áreas de asistencia al individuo en edad reproductiva, a la madre y al niño" (citado en Colombia MS/DAM/DMIDP, 1985: 6). Después de una reunión de expertos en "planificación familiar", el proyecto de cooperación internacional fue evaluado por una misión técnica, conformada por los doctores Duncan Pedersen, por OPS/OMS, Roberto Belmar, por UNFPA y el señor King Morgan, auditor de OPS. La misión trabajó entre el 30 de julio y el 11 de agosto de 1984 y encontró el incumplimiento de metas importantes en las tres áreas del programa, esto es, salud materna, salud infantil y planificación familiar. Había problemas en el liderazgo de la Dirección del programa en el Ministerio de Salud, pero también en el seguimiento técnico y administrativo por parte de OPS, y en el desempeño de los servicios seccionales, en especial, los más precarios administrativamente y más necesitados del apoyo del nivel central (Colombia MS/DAM/DMIDP, 1985: 28-31).

Este diagnóstico originó una reorientación y recomposición del programa que implicaba la articulación a una política de salud más amplia. Y no otra cosa era el impulso de la APS, en el marco de la conciencia progresiva de la escasez de recursos en un contexto de ajuste fiscal y de problemas crecientes. El gobierno de Belisario Betancur definió cinco grandes políticas que pretendían priorizar la intervención estatal en materia de salud: 1. Reducción de la morbimortalidad, por medio de la identificación de los "enemigos de la salud", correspondientes a los diez principales problemas de salud de la población; 2. Educación en salud y participación de la comunidad; 3. Ampliación de coberturas con Atención Primaria; 4. Desarrollo institucional y modernización administrativa; y 5. Activación técnica y científica del sector (Palacio Hurtado, 1986: 2-3). El eje de la política sería, sin lugar a dudas, la APS.

En el capítulo anterior se mencionó el papel de la estrategia de canalización del PAI y el impulso que tomó la cobertura con las jornadas de vacunación. Antes de 1980 la cobertura de vacunación no lograban el 20%; con la estrategia de canalización, se habían logrado una cobertura cercana al 40% en 1983; después de la Jornada Nacional de Vacunación de 1984, la cobertura se calculó en 60% de los niños menores de cinco años (Colombia MS, 1984a: 4). La estrategia de canalización había tenido el reconocimiento por parte de los directores de la OMS y el UNICEF, cuando escogieron a Colombia, junto a India y Senegal, para obtener el apoyo de estos organismos para alcanzar la meta de SPT-2000, como ejemplo para los países del tercer mundo (Colombia MS, 1984b: 6). Las jornadas recibieron también el aval internacional y con ello, la APS adquirió mayor prestigio entre los actores nacionales del sector salud. En septiembre de 1984, el MS reunió al sector académico, al UNICEF y a la OPS/OMS para definir una estrategia en la que se concretaran las políticas del Plan de Desarrollo en materia de salud. Este fue el principal insumo para la formulación del "Plan Nacional para la Supervivencia de la Infancia", presentado por el presidente Betancur y aprobado en un documento específico del Consejo Nacional de Política Económica y Social-CONPES, en diciembre de 1984, con el apoyo técnico de los dos organismos internacionales (Colombia MS, 1985: 7).

El Plan, denominado poco después como "Plan Nacional para la Supervivencia y el Desarrollo Infantil" (PNSDI), se concentró en los niños menores de cinco años, por medio de acciones orientadas a prevenir y atender oportunamente sus principales problemas de salud. De allí que las áreas de acción fueran mortalidad perinatal, enfermedad diarréica aguda-EDA, infección respiratoria aguda-IRA, enfermedades inmunoprevenibles, malnutrición y deprivación psicoafectiva. Las estrategias del Plan eran la canalización ampliada, la focalización con base en el criterio de "riesgo epidemiológico" de las poblaciones objetivo, movilización social amplia, medios masivos de comunicación, y medios innovativos de educación interpersonal. La participación comunitaria y el uso de "tecnologías apropiadas" vendrían a complementar las estrategias centrales. En este marco, se adelantó uno de los programas más publicitados en el ámbito internacional denominado "Vigías de la Salud". Estos personajes eran estudiantes de los últimos dos años de educación secundaria quienes se capacitaron para ejercer una labor educativa en las familias de mayor riesgo sobre los componentes centrales del Plan, con base en una fuerte articulación entre los ministerios de salud y educación (Colombia MS, 1986a: 3-6).

Precisamente, uno de los aspectos más interesante y ponderados del Plan fue su capacidad para integrar esfuerzos y recursos de instituciones nacionales y de organismos internacionales. En octubre de 1985, en el PNSDI participaban, del orden nacional, el MS, el Ministerio de Educación, el DNP, el ICBF, la Cruz Roja Colombiana, la Policía Nacional, Scouts de Colombia y la Pastoral Social de la Iglesia; y del orden internacional, UNICEF, OPS/OMS y UNFPA (Colombia MS, 1985: s.p).

El Plan y la política de fortalecimiento de la APS prosiguió en el gobierno del ingeniero liberal Virgilio Barco (1986-1990), de manera que tanto el área materno infantil como la cooperación técnica de OPS se vieron fortalecidas. Además de la atención materno infantil y de la planificación familiar se comenzó a hablar de "salud reproductiva" (Colombia MS/DAM/DMIDP, 1988: 13-20), incluso antes de que el término fuera utilizado por OPS/OMS como parte de su política de población (OPS/OMS, 1993: 1). En particular, el proyecto de cooperación técnica UNFPA-OPS/OMS se renovó para el período 1989-1991, con un énfasis particular: dado el proceso de urbanización del país, el programa se enfocaría a la población urbano marginal de las seis ciudades más grandes del país y sus municipios satélites, donde se encontraba cerca de 40% de la población colombiana (Colombia MS/UNFPA/OPS/OMS, 1989: 11).

En estas condiciones, la APS adquiría un lugar preponderante como eje de la política de salud, dadas las precarias condiciones económicas del país para afrontar los profundos problemas de salud de una población agobiada por la pobreza, el conflicto armado y la reciente lucha contra el narcotráfico.

Proyecto de consolidación del SNS y Ley 10 de 1990

El ajuste y la descentralización tuvieron efectos sobre la estructura de las políticas sociales en conjunto y no sólo de la de salud. El gobierno de Virgilio Barco Vargas avanzó un tanto en la democratización del sistema político por medio del esquema partido de gobierno-oposición y la búsqueda de la incorporación de la insurgencia al juego político legal, proceso que había iniciado Belisario Betancur en el periodo anterior  (Ossa Escobar, 1989 [1987]: 58-61). En principio, el presidente Barco logró parcialmente el objetivo: el Frente Nacional tuvo su golpe mortal, pero la guerrilla no se incorporó en su totalidad (Hartlyn, 1993: 15-17). Entre tanto, el narcotráfico pasó de ser un elemento pintoresco y útil del paisaje social a constituirse en un enemigo mortal e invisible. En este contexto, la descentralización de la salud, entre otros sectores similares, se convirtió en una prioridad, en razón de su posible aporte en dos frentes: el de la legitimidad y el del ajuste fiscal y financiero. El gobierno planteó en su Plan de Desarrollo la meta de satisfacer las "necesidades básicas" de la población en salud, por medio del programa de "Salud Básica para Todos". El Plan afirmaba que "la atención en salud es un derecho fundamental de la población, considerado como una prolongación de su derecho a la vida"; pero la cobertura universal se entendía como el acceso a "servicios básicos de salud", que recordaban los del primer nivel de atención. Para lograr la cobertura universal de estos servicios se buscaría la familia como unidad de cobertura, con la participación de los tres subsectores del SNS, por la vía de la contratación entre ellos; además, se impulsaría el aseguramiento voluntario o privado para trabajadores independientes de ingresos medios, y se promovería la ampliación de la participación comunitaria. También, se incluyeron algunos programas complementarios que tenderían a fortalecer la prestación de servicios de segundo y tercer nivel para algunas enfermedades prioritarias como el cáncer y las del complejo cardio-cerebro-vascular. Como estrategia central de apoyo al programa de Salud Básica, el plan pretendía "modernizar la estructura, organización y funcionamiento del Sistema Nacional de Salud", con especial énfasis en el objetivo de "descentralizar la prestación de servicios de salud a nivel local, por medio de la incorporación de los municipios al SNS" (Colombia, DNP, 1987: 81-88).

A esta altura, era evidente que el SNS no era un verdadero sistema y que cada uno de los subsectores se había desarrollado con total autonomía, produciendo serios desequilibrios e inequidades. Como ejemplo de ello, los datos contenidos en el diagnóstico para el plan del gobierno Barco:

La financiación de la atención de salud de las instituciones de seguridad social [en la década del 80] creció en términos reales a una tasa promedio anual de 1,5%, mientras que la de las entidades adscritas al Ministerio de Salud fue de -2,5%. De otro lado, del total de recursos que se destina a la prestación de servicios de salud, el 61% financia la atención al 16% de la población, la cual está afiliada a las instituciones de seguridad social (Colombia, DNP, 1987: 75).

Sobre estas bases, desde 1986 el gobierno Barco destinó una parte de los recursos de un préstamo del BM, que se venían gestionando desde el gobierno Betancur (Arias Ramírez, 2002), a la realización de un proyecto central para el sector salud. El proyecto recibió el título de "Consolidación del Sistema Nacional de Salud" (Otero Ruiz, 2002; Yepes Luján, 2002) y fue "financiado parcialmente por medio del contrato de préstamo BIRF 2611-CO, suscrito entre el Gobierno de Colombia y el BM el 21 de Agosto de 1985" (Colombia, MS, 1989: 58).  El proyecto se organizó en dos frentes bien diferenciados: de una parte, un grupo de "consultores" elaboró documentos que sirvieron de base a un proyecto de ley que el gobierno llevó al Congreso para la modernización del SNS, orientado hacia la descentralización y la integración funcional, después de varios intentos fallidos (Colombia MS/ACOMSAP, 1990: vol. 2, 187-397). Por otra parte, se realizó el Estudio Sectorial de Salud, un esfuerzo de diagnóstico crítico de los aspectos centrales de la salud en Colombia, con información secundaria y con la participación de un selecto grupo de investigadores y especialistas en temas previamente definidos (Yepes Luján, 1990: tomo I, 37-39).

Estos insumos sirvieron para realizar un proceso de consulta nacional y de debate en el Congreso de la República de un proyecto de ley que se convirtió en la Ley 10 de enero 10 de 1990, "por la cual se reorganiza el Sistema Nacional de Salud y se dictan otras disposiciones". El eje de esta Ley era la descentralización de los servicios de salud a cargo del Estado, de la Nación hacia los departamentos y, especialmente, hacia los municipios, como se había pensado en el Plan de Desarrollo. Pero el alcance de la descentralización sólo llegó a influir a la red pública, sin afectar a los subsectores de seguridad social y privado, dada la autonomía institucional, técnica y financiera de cada uno de ellos[22]. No obstante, la Ley 10 abordó otros aspectos considerados favorables, como la enunciación de la atención en salud como un "servicio público" a cargo del Estado, nuevas fuentes de financiación de la asistencia pública y aspectos centrales de la carrera administrativa de los trabajadores de la salud (Colombia MS/ACOMSAP, 1990: vol. 1, 107-129).

En este punto es necesario llamar la atención sobre las relaciones entre este proceso de descentralización de la salud en Colombia y la cooperación técnica internacional. Primero, cabe resaltar el hecho de que el proyecto de Consolidación fue financiado con recursos del BM, lo que implicaba una participación de funcionarios de ese organismo en la definición de los criterios centrales del proyecto. Por la misma época, el BM presentó a la comunidad internacional los resultados de un estudio comparado sobre la financiación de los servicios de salud y de educación de provisión estatal en diferentes países en desarrollo, dirigido por John Akin, Nancy Birdsall y David de Ferranti, investigadores del Departamento de Población, Salud y Nutrición del Banco (BM, 1987a: 695). Con el estudio, el BM entraba de lleno al campo de las políticas sociales, con la intención explícita de asumir directamente, sin la asesoría de los organismos especializados de Naciones Unidas como la OPS/OMS, el diseño de alternativas para mitigar los efectos sociales y políticos del ajuste en los países pobres. Del estudio resultó una propuesta del Banco sobre "el financiamiento de los servicios de salud de los países en desarrollo", a la que denominó "Una agenda para la reforma". La agenda utilizaba un enfoque económico neoclásico para la diferenciación entre bienes privados y bienes públicos en salud, con el fin de buscar una forma de financiamiento privado -en especial por la vía del aseguramiento- para los primeros y, de recursos públicos, para los segundos. Los autores de la propuesta presentaban esta diferenciación de la siguiente manera:

En un extremo están los bienes netamente privados, cuyos beneficios son captados totalmente por la persona que recibe el servicio de salud, y en el otro extremo se hallan los bienes puramente públicos, cuyos beneficios perciben por igual todos los miembros de la sociedad. Una aspirina ingerida para calmar un dolor de cabeza constituye un buen ejemplo de bien de salud puramente privado. La fumigación para proteger a todas las personas de una enfermedad infecciosa se aproxima mucho a un bien de salud netamente público. Muchos servicios de salud son de tipo mixto [...] Casi siempre los consumidores están dispuestos a pagar directamente por los servicios que implican beneficios mayormente privados, pero por lo general son reacios a hacerlo por aquellos programas y servicios que benefician a la sociedad o a la comunidad como un todo (BM, 1987a: 697).

De allí que la reforma del financiamiento propuesta por estos expertos se concentrara en lograr el pago de los servicios de atención curativa por parte de las personas que pudieran pagar. Con este propósito, el grupo proponía las siguientes estrategias: 1. El cobro de aranceles a los usuarios de los servicios de salud de la red pública, según su capacidad de pago; 2. El estímulo a los programas bien diseñados de seguro de salud, con el fin de movilizar recursos hacia el sector de la salud y, en el largo plazo, "aliviar al presupuesto gubernamental de los elevados costos de la atención curativa"; 3. Estímulo al sector no gubernamental (léase privado) "para que provea servicios por los cuales los consumidores están dispuestos a pagar"; y 4. Descentralizar los servicios de salud gubernamentales, para "permitir que la cobranza de los ingresos y la posesión de estos se encuentre lo más cerca posible del punto de provisión de los servicios, porque esto mejorará tanto la cobranza de los aranceles como la eficiencia del servicio" (BM, 1987a: 699-704).

Estos criterios no fueron exactamente utilizados por los expertos colombianos en el diseño de la Ley 10 de 1990, y mucho menos, en el Estudio Sectorial de Salud. Este estudio se enfocó más por la propuesta predominante entre los salubristas y epidemiólogos desde mediados de los años setenta, representados en el modelo del epidemiólogo de Berkeley, H. Blum, y del ex ministro de salud del Canadá, Mark Lalonde, que asumía "el campo de la salud" como constituido por el equilibrio entre cuatro grandes insumos: la herencia biológica de las personas, el ambiente físico y social, los estilos de vida y los servicios de salud (Yepes Luján, 1990: 49-57). Sin embargo, Iván Jaramillo Pérez, el coordinador de consultores del proyecto de Consolidación, incorporó el concepto de servicio público de salud como "un bien no privado", puesto que "los bienes públicos puros son muy escasos"; esto debido a que no admiten el principio de exclusión, es decir, "que su consumo por parte de un individuo no limita el usufructo que puedan hacer otras personas de dicho bien" (Jaramillo, 1990: 265). El concepto de Jaramillo también acudía a la teoría neoclásica, pero con objetivos diferentes: primero diferenciar el servicio público de salud del carácter de las instituciones que lo prestan, sean ellas públicas o privadas; segundo, definir las condiciones de gratuidad y obligatoriedad de ciertos servicios y dejar los otros a cargo de la financiación de las personas. En el grupo de los gratuitos y obligatorios quedarían los servicios "básicos", los de asistencia pública para indigentes y los de urgencias (Jaramillo, 1990: 279). De esta forma, no podría afirmarse de manera mecánica que los criterios que planteaba en ese momento el BM fueron incorporados en la Ley 10 por la vía de los expertos vinculados al proyecto de consolidación. Pero sí se puede afirmar que la teoría neoclásica comenzó a ser utilizada para entender y organizar de otra forma los servicios de salud, en el marco de la descentralización y de un clima internacional favorable, como se verá en el próximo capítulo.

Entre tanto, la OPS y la OMS avanzaban por otro camino. La agenda para la reforma fue objeto de una "mesa redonda" publicada, junto con el documento de la agenda, en el Boletín de la OSP, en la que participaron líderes de la salud pública latinoamericana de la vieja guardia, como el ex director de OPS Abraham Horwitz y el ex ministro de salud colombiano Antonio Ordóñez Plaja, al tiempo que se expresaron los de la nueva salud pública, como el mexicano Julio Frenk, director del Instituto Nacional de Salud Pública, y David Tejada de Rivero, ex ministro de salud del Perú. Los dos primeros advertían sobre las dificultades que el nuevo enfoque tendría para dar cuenta tanto de los problemas como de las soluciones, mientras los demás avalaban el enfoque y felicitaban al Banco por su valioso aporte. En retrospectiva, el doctor Ordóñez afirmó, refiriéndose al documento: "tengo la impresión que aquí nadie se lo leyó" (Ordóñez, 2002: 6). Pero, ¿qué significaba esta diferencia de apreciación? Puede responderse esta pregunta de una manera relativamente simple: el discurso del derecho universal a la salud comenzaba a cuestionarse con base en un nuevo recurso, la teoría neoclásica de los bienes, en ámbitos diferentes a los de los organismos tradicionales de la política y la cooperación internacional en salud. El nuevo discurso tenía fuerza pero todavía pocas realizaciones. Tendría que esperar unos años más para incorporarse a decisiones de trascendencia pública, como se verá más adelante. Entre tanto, la OPS continuó por la ruta de la SPT-2000, buscando recursos teóricos y técnicos más precisos para su desarrollo.

Los SILOS de la OPS en el marco de la descentralización

Durante el segundo lustro de los años ochenta, la OPS venía concentrando sus esfuerzos de cooperación técnica en el "Plan de Acción para la Instrumentación de las Estrategias Regionales de Salud para Todos en el año 2000", formulado en 1981, en el cual se contemplaban ciertas prioridades como la ampliación de la cobertura desde el primer nivel de atención, la participación de la comunidad y el énfasis en atención materno-infantil, enfermedades transmisibles, crónicas no transmisibles y atención del anciano, entre otras. Pero la ampliación de coberturas se veía cada vez más lejos, a medida que avanzaba la "década perdida". De allí que se pensara que "esta situación no se podrá corregir sin una transformación de los sistemas nacionales de salud y para ello el Consejo Directivo recomendó en 1988 que los países desarrollaran y fortalecieran sus sistemas locales de salud" (OPS, 1992: 485), siguiendo el mandato de la Resolución XXI de la XXII Conferencia Sanitaria Panamericana de 1986. En esa oportunidad se consideró que éste era un instrumento adecuado para "lograr la participación social, la acción intersectorial, la efectiva descentralización, el control de las decisiones y el uso de métodos más efectivos de planificación y gestión en función de las necesidades de cada grupo de población" (OPS/OMS, 1988: 5) en las condiciones de la crisis económica y de la reducción de recursos.

A mediados de 1987, poco después de la publicación de la "agenda" del BM, la OMS publicó un extenso estudio sobre algunas experiencias de descentralización en salud de países miembros de los cinco continentes, editado por Anne Mills y Patrick Vaughan, investigadores de London School of Hygiene and Tropical Medicine y de London School of Economics and Political Science, en compañía de Duane L. Smith e Iraj Tabibzadeh, de la OMS (WHO, 1987: 7). La extensa revisión bibliográfica sobre el tema, los estudios de caso y el balance final sirvieron de punto de referencia para las adecuaciones de los sistemas de salud en el marco de un proceso de descentralización, que a esta altura se veía como una oportunidad para fortalecer la estrategia de APS y lograr la meta de SPT-2000. En particular, el balance presentado por el Dr. Vaughan sobre los beneficios de la descentralización en salud estimulaba a los optimistas. Aspectos como una mayor racionalización de los servicios por medio de la integración funcional, el ahorro de recursos, la mayor eficacia de la participación social en las decisiones públicas de salud, la reducción de las inequidades, entre otras bondades, hacía pensar que la descentralización traería más cosas buenas que malas para todos los sistemas de salud del mundo (WHO, 1987: 165-6).

En Colombia la cooperación técnica en este período se centró especialmente en apoyar la descentralización, que la OPS veía como un proceso que podría abrir paso a la autogestión municipal, con la claridad de que esta sería la vía de la reestructuración del SNS para mejorar en eficiencia, ampliar coberturas y reordenar el financiamiento del sector. Los primeros proyectos de cooperación se presentaron para apoyar los procesos de organización de los servicios de salud en las localidades de las ciudades de Cali y Medellín, en 1988 (Colombia, República de, 1988 y 1988a).

Como éstos, muchos proyectos de cooperación dirigidos a la promoción de la participación de la comunidad, el desarrollo de la gestión municipal en salud y el de los servicios de salud del nivel local, se articularon a través de la estrategia de los Sistemas Locales de Salud (SILOS). De acuerdo con OPS/OMS y la Secretaría de Salud Pública Municipal de Cali (1990), los SILOS constituyeron el programa más ambicioso y articulador de la cooperación técnica de la OPS, para la puesta en práctica de la estrategia de atención primaria y la descentralización de la salud Colombia. Este programa buscaba dar salida al poco éxito de la SPT-2000 y de la estrategia de APS, y al escaso desarrollo de la integración funcional del SNS en su versión centralizada, particularmente en lo que se refería a la universalización y acceso equitativo a los servicios básicos. Más aún, si se reconocía el impacto sobre la salud de la crisis económica de los ochenta, de los procesos de reestructuración económica y "modernización" del Estado, y los cambios demográficos de la urbanización y el envejecimiento de la población.

Semejantes retos requerían una articulación de recursos y esfuerzos públicos y privados, nacionales e internacionales. Esto se expresó con claridad en el evento de celebración de los 25 años de la Fundación para la Educación Superior-FES, dedicado al tema de "Desarrollo de la Atención Primaria en Salud en grandes ciudades", en agosto de 1989, al que asistieron instituciones públicas como el MS, ICBF, ISS, el sector académico nacional, organismos internacionales como UNICEF y OPS/OMS, y ONGs (FES, 1990: 10). En este evento, la confluencia alrededor de la conveniencia de la descentralización para el sistema de salud parecía ser total, como lo afirmaba el ministro de salud, Eduardo Díaz Uribe:

Si bien la descentralización, al permitir gran autonomía a los municipios, puede dislocar los nexos entre las decisiones centrales y las locales, lo que por supuesto es evitable, de lo que sí no debe caber duda es de que los elementos constitutivos del "sistema de salud" en el nivel local se podrán acoplar mejor; de suerte que las unidades de salud se deberían adecuar a las demandas de la localidad; hospitales-comunidad-municipio deben reestructurar sus relaciones de apoyo mutuo; los procesos de integración funcional entre la seguridad social y la previsión social, las cajas de compensación familiar y el sector oficial se harán realidad con mayor facilidad; inclusive es posible adelantar que la atención a las personas y al ambiente, al fin encuentren su pretendida articulación (Díaz Uribe, 1990: 27-28).

La descentralización, entonces, prometía ser la vía por la cual podría llevarse el viejo proyecto del SNS al nivel local, lo más cerca posible de las necesidades de la población. En el evento de la FES se presentaron los avances de Cali, Medellín Bogotá y Bucaramanga en tal sentido. De hecho, cuando se sancionó la Ley 10 de 1990, existía una serie de experimentos de descentralización e integración de los servicios de salud y de fortalecimiento de la planeación local en varias regionales y seccionales del país, como Fusagasugá y Zipaquirá, en el departamento de Cundinamarca, y otros en los departamentos de Bolívar, Valle del Cauca y Caldas, todo lo cual desembocó en la creación de más de 14 SILOS en ciudades de aproximadamente siete departamentos del país (Antioquia, Atlántico, Bolívar, Caldas, Cundinamarca, Santander y Valle del Cauca) en un proceso que, en buena medida, contó con el apoyo técnico y financiero directo de la OPS. Así, por ejemplo, en el caso de Manizales (Caldas), se desarrolló un proyecto de cooperación técnica con la OPS en la formación de la Asociación de Servicios Básicos de Salud-ASBASALUD, que fue la forma que tomó el SILOS de esa ciudad. Pero tal vez la experiencia más significativa de los SILOS en Colombia, y de cooperación técnica de la OPS con este proceso, se desarrolló en la ciudad de Cali (Colombia MS, 1989: 55-58; Paganini, 1990).

Desde 1988 el municipio de Cali comenzó a recibir asesoría y capacitación en la relación entre APS y SILOS, en los aspectos de planeación estratégica y participativa, y en desarrollo administrativo, por parte de varios funcionarios de la OPS, entre ellos, los doctores José María Paganini, Roberto Capote Mir,  Antero Coelho Neto, Humberto Jaime Alarid y Eric Nicholls. Allí la OPS -junto con la Universidad del Valle, los Programas de Desarrollo de Enfermería (PRODEN) y la Fundación Kellogg- favoreció estrategias de educación permanente en enfermería (Vesga, 2002). Los antecedentes inmediatos de la constitución de los SILOS en Cali fueron la creación de las "Áreas Integradas de Salud" en 1979 y la conformación de los Núcleos de Atención Primaria (NAP) en 1978. Es evidente que los NAP, como los SILOS, fueron concebidos como desarrollos organizacionales tácticos de la estrategia de APS en Cali (Cruz, 1990: 137; Cali SSM, 1992: 67). Además, el modelo SILOS en Cali se impulsó a partir de la experiencia de las áreas integradas de salud en 1986: "Lo que se hizo fue una adecuación del modelo SILOS de OPS a las condiciones de Cali" (Zapata, 2002).

Por otra parte, el desarrollo de la APS en Colombia tuvo en el Municipio de Cali, y en  todo el Departamento del Valle del Cauca, las experiencias que pueden calificarse como pioneras. Este desarrollo se logró gracias a la adecuada articulación de los aportes de fundaciones privadas u organizaciones no gubernamentales (ONG) que financiaron el proceso, con los aportes oficiales. El doctor Gabriel Carrasquila, uno de los actores directos, afirma:

[...] aquí nació toda la experiencia de atención primaria, y Cali, y también el Valle del Cauca, tuvo una iniciativa importante en la aplicación de la atención primaria tal como estaba definida por los organismos internacionales, OMS y OPS. Y en ese momento, con una experiencia muy importante con entidades no gubernamentales [como] FES, Fundación Carvajal, Fundación Sarmiento Palau (Carrasquilla, 2002).

El experimento de los SILOS en Cali, bajo el liderazgo del doctor Luis Fernando Cruz, contribuyó a la construcción de los lineamientos del programa, que luego aparecieron en la formulación de una política general para la región. De hecho, el doctor Gabriel Carrasquilla participó "en una reunión en Santa Cruz de la Sierra con la OPS, en donde fue la primera presentación de los Sistemas Locales de Salud [...] una de las presentaciones que mostraba un avance en Sistemas Locales de Salud era la experiencia que estábamos teniendo en la Secretaría de Salud de Cali" (Carrasquilla, 2002).  La propuesta de los SILOS, en tanto experiencia positiva para el caso de Cali y del Valle de Cauca, desde donde salió fortalecida, sirvió para aportar un bagaje conceptual y empírico al proceso de formulación de la Ley 10 de 1990. El ministro de salud, José Granada -antecesor del ministro Eduardo Díaz, a quien correspondió el esfuerzo final que dio origen a la Ley 10-, contó con la colaboración del doctor Oscar Rojas, como viceministro, quien tomó la experiencia que se venía realizando en Cali. Además, Cali fue la primera ciudad del país en desarrollar una legislación sobre SILOS, por medio del Acuerdo Municipal Nº 025 de 1989 (Cruz, 1990: 145-6; Carrasquilla, 2002).

En el marco de los SILOS se desarrollaron nuevos programas de atención y prevención integrados. Por ejemplo, el de "Salud del Adulto", relacionado con las enfermedades crónicas no transmisibles. Este programa implicó un cambio en las prioridades políticas de los organismos de salud del país y de la OPS, sobre la base del reconocimiento de las variaciones que se producían en los patrones de morbilidad y mortalidad de la población. A la generación de la conciencia sobre la transición epidemiológica contribuyó el fortalecimiento de la formación y el trabajo epidemiológico que renació después de pasada la "fiebre de la planificación y de la administración", legado del modelo CENDES-OPS (Restrepo, 2002; Zapata, 2002). De hecho, la formación de epidemiólogos cosechó sus frutos con su vinculación progresiva en los servicios seccionales de salud y en los SILOS, para el fortalecimiento del sistema de información epidemiológica de muchos programas, en especial el materno infantil y perinatal. Con la presencia de los epidemiólogos en los servicios se consolidaron los programas por poblaciones y enfermedades prioritarias[23].

También en los SILOS comenzó a trabajarse con el concepto de "promoción de la salud", con un enfoque que partía "más de las necesidades de la gente que de las iniciativas de los planificadores". Un ejemplo de un programa de este tipo fue el de "Violencia en Salud", que surgió como producto de las alianzas entre OPS, comunidad y Universidad del Valle, para los distritos de Aguablanca y Ciudad Bolívar (Arias, 2002). En el mismo sentido, se desarrollaron los programas de Salud Escolar, que significaron un tránsito del enfoque tradicional de la atención materno-infantil hacia la promoción de la salud de los escolares (Vesga, 2002).

Ligado a estos programas se desarrolló en los SILOS un esfuerzo importante para la formación de un nuevo tipo de profesional de la salud, más apropiado para el manejo de tecnologías de práctica médica articuladas a la APS, que pensó encontrarse en el campo de  la Medicina Familiar y la Salud Familiar (Arias Ramírez, 2002). También se hizo evidente que la organización de los SILOS permitía el desarrollo de metodologías para poner en práctica acciones intersectoriales en el espacio local. Un ejemplo es el trabajo adelantado en Cali para cumplir las metas del Decenio Internacional del Agua y el Saneamiento Ambiental, con la participación de OPS, en cabeza del ingeniero Genaro Galvis (Quiroga, 2002). Por todo lo anterior, no es extraño que Cali haya sido el primer municipio que se declaró Municipio Saludable en el país en 1991 (Zapata, 2002).

Una coyuntura de favorables confluencias

Los desarrollos de la salud en el escenario local vivieron un momento de expansión, como parte de la política nacional de salud, en una coyuntura que va de agosto de 1990 a agosto de 1993. En estos tres años confluyeron dos fenómenos muy particulares de la realidad nacional para el fortalecimiento del proyecto de cooperación entre OPS y el Estado colombiano. De un lado, la incorporación del grupo subversivo Movimiento 19 de Abril, M-19, a la vida política nacional; del otro, el paso de la perspectiva administrativa de los SILOS a la visión estratégica de la promoción de la salud y los municipios saludables en el seno de OPS.

El 10 de enero de 1989 se puso en conocimiento de la opinión pública una declaración conjunta entre el gobierno nacional y el M-19, en la que se establecía un pacto de diálogo e incorporación de este grupo insurgente a la vida política nacional (Colombia, PR, 1989: vol. II, 87-88). El resultado de este proceso fue fructífero, por primera vez, entre muchos intentos de negociación con diferentes grupos subversivos en el país. El M-19 ingresó al sistema político y fue premiado por la opinión pública con una votación sorprendente en marzo de 1990, cuando este movimiento dejó las armas y decidió participar en las elecciones presidenciales (Novoa, 1992: 4). De manera simultanea, César Gaviria Trujillo, quien entró en la campaña electoral a la presidencia como una candidatura de acuerdo emblemático en el seno del Partido Liberal, una vez asesinado el candidato Luis Carlos Galán en agosto de 1989, fue ganando el voto de opinión generado por el magnicidio y el rechazo a la violencia de un narcotráfico desbordado. Con la elección presidencial de César Gaviria, se produjo un primer pacto político que condujo, de un lado, a la participación en el gobierno del nuevo partido, Alianza Democrática-M19 (AD-M19), y de otro, a la búsqueda de una reforma política por la vía de la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente (Colombia, MS, 1992: 5; Ramírez, 1991: 454). Lo primero tuvo consecuencias en la política de salud y en la cooperación técnica, como se verá a continuación. Sobre lo segundo se presentará un análisis en el capítulo siguiente.

La AD-M19 entró a participar en el gobierno asumiendo la cartera de salud del gobierno de César Gaviria. La tarea de reglamentar la Ley 10 de 1990 estaba al orden del día, pero el primer planteamiento del ministro de salud Antonio Navarro Wolf fue escoger un programa y una meta realizable. Este programa tuvo como centro el apoyo a los municipios más pequeños, por medio de la cofinanciación, para "el mejoramiento de los servicios de salud, el suministro de agua potable y la vigilancia de la calidad del agua" (Colombia MS, 1991: s.p.). Desde muy temprano en el proceso de descentralización municipal, se trasladó la responsabilidad de la solución de los problemas de los servicios básicos de infraestructura de saneamiento a los municipios, antes que los servicios de atención médica y educación (Colombia MS, 1990: 56). Por medio del Decreto Ley Nº 77 de 1987,  el gobierno de Barco había puesto la prestación de los servicios de agua potable y saneamiento bajo la responsabilidad de las autoridades municipales, al tiempo que conservó para el MS las funciones de vigilancia y control de la calidad del agua y la disposición sanitaria de los residuos líquidos y sólidos (Colombia MS, 1988: 49).

En consecuencia, el mismo Decreto ordenó la supresión del INSFOPAL, aunque el proceso de liquidación se prolongó por más de dos años. En un breve lapso, esta decisión produjo un desajuste institucional que rápidamente comenzó a mostrar serias limitaciones. Los municipios quedaron investidos de responsabilidades complejas sin contar con los medios técnicos y financieros necesarios (Colombia MS, 1992: 50). El ministro de salud, Luis Arraut, había informado al Congreso en 1988 que "el sector se vio afectado y se ha dificultado el cumplimiento oportuno de las políticas establecidas en el Decenio Internacional del Agua Potable y el Saneamiento" (Colombia MS, 1988: 49). Por esto, se había formulado un Plan de Ajuste Sectorial (PAS), con recursos del Banco Central Hipotecario, para apoyar a los municipios en la tarea ambiental, una vez éstos se hubiesen reorganizado, de acuerdo con las normas reglamentarias del proceso de descentralización. Pero la brecha entre grandes ciudades, pequeños municipios y población rural era cada vez mayor. En 1990, mientras las cuatro grandes ciudades mostraban coberturas de acueducto y alcantarillado de 92% y 84% respectivamente, en pequeños municipios alcanzaban 81% y 56% y en zona rural, 24% y 8% (Colombia, MOPT, 1992: 3). Más allá de la cobertura, se encontró que de los 32 millones de colombianos en 1991, 20 millones tenían acueducto, pero 10 millones (50%) tomaban agua sin tratar (Colombia SNPAD, 1991: 1).

De esta forma, el agua adquirió para la administración de la AD-M19, desde el Ministerio de Salud, un lugar preponderante. En el momento en que se elaboró el Plan Nacional de Salud, en el marco del Plan de Desarrollo del gobierno de Gaviria, orientado por la apertura económica, el ministerio presentó como eje del plan la estrategia central "familia sana en ambiente sano", concretada en  la "atención básica de salud y ambiente para la familia y la comunidad". La estrategia central del Plan era la participación de la comunidad, para construir una "cultura de la salud donde ésta, más que la enfermedad, constituya el fundamento de la política" (Colombia MS, ca.1990: 2 y 36). En diciembre de 1991, el ministro de salud Camilo González Posso, quien reemplazó al ministro Navarro cuando éste se lanzó como candidato a la Asamblea Nacional Constituyente, presentó en sus memorias el concepto de "cultura de la salud" en los siguientes términos:

Una cultura que se fundamenta en el valor de la vida humana y la convivencia solidaria; una cultura que reconozca la relación entre el bienestar de las personas, sus condiciones y estilos de vida y el equilibrio de los factores ambientales; que privilegie las acciones de fomento de la salud y prevención de las enfermedades; una cultura que promueva los procesos participativos como esencia de toda actividad relacionada con el bienestar de las poblaciones (Colombia MS, 1991a: 11).

En la carta de remisión del primer informe al presidente Gaviria, el ministro hizo explícita la relación entre este eje de la política de salud y los desarrollos internacionales liderados por OPS/OMS: "Los elementos aquí enunciados son el norte hacia el cual se mueven las formulaciones más avanzadas en materia de salud recogidas por la OMS y la OPS, desde la Conferencia de Alma Ata (1978), sobre atención primaria, hasta el Congreso Mundial de 1991, con sus formulaciones sobre las ciudades saludables y la promoción de la salud" (Colombia MS, 1991: s.p.). Este enfoque orientó el proceso de descentralización de la salud, hacia un modelo de articulación entre la salud y el desarrollo en el escenario local, con el programa que esta administración impulsó como "municipios saludables", liderado por el viceministro, Carlos Agudelo Calderón (Colombia MS: 1991a: 11 y 74-76; Colombia MS/OPS, ca.1992). El esfuerzo de incorporación de la planeación local de la salud fue intenso y contó con la participación directa de la OPS (Colombia MS/OPS, 1992).

Por su parte, la XXIII Conferencia Sanitaria Panamericana de 1990 había adoptado para la Región el concepto y la estrategia de "Promoción de la Salud". Este concepto había sido impulsado por la OMS, el Ministerio de Salud y Bienestar Social de Canadá y la Asociación Canadiense de Salud Pública, en la Primera Conferencia Internacional sobre Promoción de la Salud, celebrada en noviembre de 1986 en Otawa. Según la Carta de Otawa,

La promoción de la salud consiste en proporcionar a los pueblos los medios necesarios para mejorar su salud y ejercer mayor control sobre la misma. Para alcanzar un estado adecuado de bienestar físico, mental y social un individuo o grupo debe ser capaz de identificar y realizar sus aspiraciones, de satisfacer sus necesidades y de cambiar o adaptarse al medio ambiente (OPS/OMS, 1996: 367)

La Carta también planteó un conjunto de "condiciones y requisitos para la salud", como "la paz, la educación, la vivienda, la alimentación, la renta, un ecosistema estable, la justicia social y la equidad" (OPS/OMS, 1996: 367-8). La OMS conformó un Grupo de Trabajo para la promoción de la salud y apoyó la realización de la conferencia de Adelaida, Australia, sobre "Políticas Públicas Saludables", y la de Sundsvall sobre ambientes de apoyo para la Promoción de la Salud. Al presentar la nueva estrategia en Colombia, la doctora Helena Restrepo afirmaba que "la promoción de la salud, en último término, se refiere a la salud dentro de un amplio contexto social y ecológico como estrategia que permite buscar un mayor compromiso de todos para disminuir las desigualdades sociales y aumentar el nivel de bienestar colectivo" (Restrepo, 1992: 21). En la OPS, el Programa de Salud del Adulto se convirtió en Programa Regional de Promoción de la Salud en 1991, y se orientó hacia el desarrollo de la nueva estrategia en varios ámbitos de la labor sectorial e intersectorial para la salud.

De esta forma, la incorporación de una nueva fuerza política en el gobierno colombiano permitió profundizar el enfoque internacional promovido por OPS/OMS en el país, de una manera más o menos orgánica y sistemática. Los programas y acciones del MS durante la administración de la AD-M19 muestran la persistencia de una serie de programas articulados alrededor de la Promoción de la Salud, tales como los programas de atención al ambiente, salud básica, municipios saludables, comunicación para la salud y participación social en salud, según lo expresó claramente el siguiente ministro Gustavo de Roux en uno de sus informes (Colombia MS, 1992: 27-90). El apoyo de OPS a esta gestión se hizo más evidente con la preparación de la Segunda Conferencia Internacional de Promoción de la Salud en Bogotá, en noviembre de 1992, de la que surgió una Declaración con el título "Promoción de la Salud y Equidad", con una serie de recomendaciones para adoptar y adaptar esta estrategia a las condiciones de América Latina, teniendo como guía  orientadora el principio de equidad (Colombia MS/OPS, 1992b; OPS/OMS, 1996: 373-377). El enfoque de "cultura de la salud", inicialmente, y de "promoción de la salud" después, permitió una nueva organización de los proyectos de cooperación, una vez se realizó la segunda evaluación conjunta de la cooperación técnica OPS/OMS en marzo de 1991. En las conclusiones de la evaluación se recomendaba que "esta concepción debe traducirse en acciones específicas en los diferentes programas impulsando una ‘cultura de la salud’ a partir de la práctica social, consolidando la idea de cooperación-acción" (OPS, 1991: 107).

Para cerrar este apartado puede decirse que en el contexto creado por la presencia del BM y otros organismos financieros internacionales en el campo de la salud, en el cual pretendían ejercer un liderazgo, empezaba a delinearse el problema de la financiación médica como uno de los temas fundamentales, si no el fundamental, como se señaló atrás. Pero también surgían otras variantes más comprensivas y menos economicistas. La breve experiencia colombiana en políticas de salud que se acaba de reseñar, generada a partir de una nueva fuerza política reintegrada al proceso democrático y a la gestión estatal con base en un proceso de paz, constituye un caso particular que trasciende incluso el campo de salud y que merece tenerse en cuenta. La OPS, que seguía avanzando en su propósito de hacer de la meta de SPT-2000 una realidad, encontró aquí, para el caso de Colombia, un buen aliado en una coyuntura de grandes transformaciones.

Descentralización y control de enfermedades

El programa de control de la malaria fue uno de los más afectados por la descentralización municipal, dadas sus dificultades para articularse a los servicios locales de salud. En la V Reunión de Directores de los SNEM y Directores Generales de Salud de las Américas, que se llevó a cabo en Bogotá entre el 1 y el 6 de junio de 1987, se insistió de nuevo en que la política de prevención y control debía basarse en un proceso de descentralización y complementación de las acciones y en la horizontalización del programa de control. Estos procesos se entendían como "coincidentes" con las políticas nacionales de enmarcar la lucha antimalárica dentro de la estrategia de APS (OPS, 1988: 14 y 161). Pero la APS podría tener varias acepciones, como ya se veía en diferentes países: bien como "nivel de atención" en el sistema de servicios, o como "programa" con objetivos precisos o como "estrategia" de transformación de las políticas públicas. De esta manera, el programa de control de la malaria hacía evidente algo que en otros terrenos no era tan claro: la APS tenía efectos diferentes, según la interpretación que se hiciera de ella (OPS, 1988: 44-45). El aspecto común parecía ser la importancia de la participación comunitaria, tanto para la APS como para el proceso de integración del control de la malaria a los servicios. Esta participación consistiría en el diagnóstico de la situación de salud, en la preparación de estrategias y en la planificación de acciones. También se consideró fundamental la coordinación con otras instituciones de salud públicas y privadas (OPS, 1988: 162).

En Colombia, el Departamento de Antioquia fue el primero que intentó diseñar e implantar, desde 1984, un programa de control de la malaria basado en la estrategia de atención primaria propuesta por la OMS. En dicho Departamento, que contaba con un 10% de su población viviendo en área hiperendémica malárica, el problema había estado tradicionalmente a cargo del SEM y el Servicio Seccional de Salud de Antioquia se limitaba solamente a tratar algunos casos complicados. El grado de desarrollo del Servicio había permitido un relativo éxito en el control de otros problemas de salud como las enfermedades diarréicas agudas, la malnutrición, las infecciones respiratorias agudas, la atención perinatal y las enfermedades inmunoprevenibles. Por ello, el Servicio se propuso diseñar el programa de control de la malaria basado en la APS, utilizando los recursos físicos y humanos existentes, y se hizo un diagnóstico de áreas endémicas sobre situación epidemiológica, recursos físicos, humanos y técnicos, coberturas y necesidades. Con base en ello se capacitó el personal superior, intermedio y primario (promotores rurales, voluntarios, auxiliares de enfermería), se dieron suministros, se creó un grupo coordinador en cada regional compuesto por un médico y un bacteriólogo, y se desarrolló una red de vigilancia epidemiológica, con unificación de esquemas terapéuticos. El resultado fue notable: se redujo la morbilidad, y disminuyeron los costos, los días de estancia en hospital, los egresos por esta causa, y las pérdidas sociales, tales como incapacidades laborales y pérdidas económicas. Adicionalmente, se consideró que hubo una aproximación integral a la comunidad, con medidas de prevención y manejo del medio ambiente, mejoramiento de la vivienda, rehabilitación de áreas marginadas y educación masiva, lo que implicó una coordinación intra y extra sectorial, con agricultura, vivienda, obras públicas y educación  El éxito de la experiencia hizo que la V Reunión de Directores de los SNEM la recomendara como modelo para otras áreas del país y otros países (OPS, 1988: 33-37 y 169).

Parecía, entonces, que la integración del programa a los servicios era posible. Para evitar la fragmentación, la reunión insistió en la necesidad de mantener una infraestructura de nivel superior encargada de la planificación, la vigilancia y la evaluación de todas las actividades antimaláricas, de la capacitación de personal de salud a nivel intermedio, de la vigilancia de la sensibilidad a los medicamentos e insecticidas, y de la ejecución de estudios epidemiológicos y entomológicos especiales. Pero los asistentes a la reunión eran conscientes de que el éxito del programa en Antioquia era excepcional y que la descentralización sería un proceso largo que implicaría una fase de transición, basada en el mantenimiento de la verticalidad tradicional de la lucha antimalárica.

En el caso colombiano, el SEM venía reclamando la recuperación de la autonomía para nombrar su planta, pues la centralización del SNS no le permitía participar en la selección del personal. Además, el reiterado atraso en el pago de salarios y prestaciones a los empleados del SEM, produjo un progresivo malestar entre los trabajadores que se sumaba a la baja remuneración, que se expresó en un aumento de la sindicalización y de los eventos de protesta y huelga. Por el deseo de los jefes de zona de "restablecer la disciplina", se presentaban conflictos que, con frecuencia, los directores señalaban como un deterioro del respeto a las jerarquías de la entidad, originado en la "inusitada" fuerza que los sindicalistas habían conseguido. La alternativa que se ofrecía era que la DCD/SEM recuperara las facultades para reclutar y vincular al personal auxiliar y de libre remoción (Colombia MS/DCD, 1986: 13 y ss.). Hasta el final de la década del 80, las quejas y denuncias sobre los problemas en la selección del personal fueron crecientes y se atribuían al clientelismo político, a la corrupción y al excesivo centralismo (Colombia MS/DCD, 1989: 15).

Durante la XV reunión de jefes de zona del SEM en 1989, se señaló que la integración había sido imposible por la persistencia de la estructuración vertical de los programas que habría limitado la adecuada participación de la comunidad y de los servicios seccionales de salud. Pero también, que la mayoría de estos servicios no había asumido la responsabilidad que le correspondía en las actividades de control. La coordinación entre el SEM y las "unidades locales de salud" (ULS) era insuficiente, en cuanto a programación y ejecución de las actividades de salud en el municipio, presentándose sólo en forma esporádica en las jornadas de vacunación masiva. La rotación constante de médicos rurales impedía la continuidad de programas. Además, los canales de comunicación eran precarios y la mayoría de las ULS no daban prioridad epidemiológica a la malaria en su municipio. La relación con los alcaldes era deficiente y éstos no participaban en programas de salud o no consideraban la salud como prioridad en el plan de gobierno municipal. Los jefes de zona del SEM no participaban de los comités técnicos de los servicios seccionales y aún había celo institucional y profesional en las ULS; sus funcionarios revelaban una falta de motivación hacia el programa antimalárico. Además, las áreas en alto riesgo de enfermar o morir por paludismo no eran de fácil acceso para los organismos de salud. El SEM era el único presente. En últimas, las mismas dificultades que impedían un cubrimiento total de la campaña de erradicación y una vigilancia epidemiológica completa, constituían obstáculos para la integración del control de la malaria a los servicios locales de salud (Colombia MS/DCD, 1989: 35 y 52-54). Así, el SEM se veía en un camino sin salida: afectado por la centralización y las inoperancias del Sistema, tampoco tenía cómo avanzar en la descentralización y la integración a los servicios locales.

A finales del decenio de los 80, se consideraba que el problema de malaria seguía en deterioro paulatino y continuo. La prevalencia de la enfermedad entre 1963 a 1983 mostraba un aumento en razón de 1:4. En 1983 se notificaron por el SEM 105.000 casos, lo que permitía a los funcionarios del SEM suponer que pudieron haber ocurrido alrededor de medio millón de casos en el país. Se calcularon, además, entre 1.000 y 3.000 defunciones (Colombia MS/DCD, 1989: 109). La OPS siguió siendo un referente importante para las políticas en este campo, pero es evidente que su cooperación directa cayó drásticamente desde mediados de los 80. El fracaso de la erradicación hizo que la OPS perdiera interés en la malaria, campo que fue uno de los más importantes de cooperación en Colombia durante los años 50, 60 y parte de los 70. La participación de la OPS en los procesos que se darían posteriormente para la descentralización del SEM y que comenzarían a cristalizarse desde 1993 fue muy poca, como lo fue en general en la formulación de esta reforma. El interés de la Organización se había desplazado a otros frentes.

En el caso de la aparición de la epidemia del cólera en la región andina al comenzar la década del 90, la situación fue muy diferente. La epidemia ponía en evidencia el empobrecimiento de las poblaciones latinoamericanas durante la "década perdida", pero también, la insuficiencia de las decisiones públicas para prevenir este tipo de problemas. Una vez aparecieron los primeros casos en Perú y Ecuador, todos los países orientaron sus acciones hacia el control de la onda expansiva de la epidemia, y en esto la OPS jugó un papel importante. En Colombia, la aproximación a la gestión del ministerio de salud facilitó la organización de un conjunto de medidas de control que surtieron un efecto valorado como ejemplar.

El primer caso de cólera se presentó en el puerto de Tumaco, el 9 de marzo de 1991, pero antes de su detección, se habían iniciado las medidas para evitar la propagación de la epidemia. La organización de la campaña por fases se hizo desde el ministerio, a cargo de la Dirección de Emergencias y Desastres con el apoyo del Despacho del Ministro, quien presidía el Comité Nacional de Cólera, sobre la base de la necesidad de un programa vertical de cobertura nacional, aunque se buscara la integración de los servicios. En el desarrollo de la campaña fue crucial la participación de la comunidad para la detección de los casos y de las rutas de propagación, para el tratamiento oportuno y la aplicación de las medidas preventivas, así como para la proyección de nuevas inversiones que mejoraran la infraestructura sanitaria. Esto se logró por medio de la instalación de 900 Unidades de Rehidratación Oral Comunitaria y de Saneamiento (UROCS), sobre la base de la infraestructura desarrollada desde el famoso PNSDI de la administración Betancur (Colombia MS, 1992: 143-146).

Aunque la epidemia logró avanzar de la costa Pacífica a la Atlántica en cuestión de nueve meses, el número de casos y la mortalidad fueron relativamente bajos. En estas condiciones, los expertos de la OMS se pronunciaron con total beneplácito: "Las medidas de prevención y atención adoptadas por el gobierno colombiano para el control en la propagación del cólera han sido acertadas y se constituyen en verdadero ejemplo a nivel mundial" (Colombia MS, 1991a: 137).  Durante la epidemia creció el programa de dotación de sistemas de acueducto y alcantarillado, considerado como una herramienta para desarrollar las estrategias y líneas de acción del plan cuatrienal de salud 1991-1994, y fue constante el flujo de recursos financieros provenientes del gobierno a través de FINDETER. Sin embargo, una vez pasada la urgencia y controlado el brote epidémico, los recursos fueron decreciendo y haciéndose intermitentes. Con la experiencia del cólera resultaba evidente la necesidad de una organización nacional, coordinada desde la más alta instancia, para afrontar con agilidad y decisión política este tipo de problemas. La integración con los servicios fue relativamente fluida y la estrategia de involucrar a la comunidad en todo el proceso, incluso en decisiones claves del programa, fue uno de los principales aciertos de la campaña. Podría pensarse, entonces, que algo similar sería útil para el control de la malaria, pero ello sería desconocer la historia y las características de una enfermedad mucho más compleja y arraigada en el país. Las dificultades del programa de malaria, como se mostró, no podrían atribuirse a causas simples.

Las nuevas epidemias requirieron también innovaciones, tanto en la política de salud como en la cooperación técnica. Frente al problema del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), también la experiencia de cooperación fue exitosa. A partir de 1984, se realizaron algunas acciones aisladas, en ocasiones más por iniciativa de ONGs que del gobierno. En vista del aumento de casos desde que se detectó el primero en 1983 y dada la ausencia de protección específica y tratamiento eficaz contra el virus, en 1987 el Ministerio de Salud decidió asumir, por primera vez, un programa nacional de lucha contra el SIDA. Esto se hizo a través de la Dirección de Epidemiología a cargo del doctor Manuel Guillermo Gacharná, epidemiólogo formado en la Escuela de Salud Pública de Medellín (Ramírez, 2002). Dicho programa pretendía prevenir, diagnosticar y hacer vigilancia epidemiológica así como control directo del SIDA y de la infección por VIH para interrumpir la cadena de transmisión y evitar su diseminación (Colombia MS, 1987: 6).

La propuesta fue realizada por los grupos de Vigilancia y Control Epidemiológico y Educación del Ministerio de Salud, junto con los servicios seccionales de salud de Bogotá y Cundinamarca. En ella se contempló la creación de un Comité Nacional de Lucha contra el SIDA, el cual estaría compuesto por funcionarios del Ministerio de Salud, de los servicios seccionales mencionados, del INS y de un delegado de OPS/OMS. Como apoyo a este comité se conformaría un grupo asesor compuesto por el Jefe de Inmunología del INS, un representante de la Red Nacional de Laboratorios del INS, otro del Banco Nacional de Sangre, un delegado del Ministerio de Educación, un representante de ASCOFAME, otro de la Asociación Colombiana de Facultades de Enfermería-ACOFAEN y uno de sus homólogas para Bacteriología, Odontología, Trabajo Social y Psicología, así como un representante de las sociedades científicas. El Comité tendría como función apoyar técnicamente a una Comisión Nacional de Trabajo, la cual se encargaría de implementar el programa, así como impulsar la creación de comités seccionales, conseguir apoyo financiero para llevar a cabo el plan, además de  otras funciones (Colombia MS, 1987: 17-18 y 23-27).

Este comité contó con la participación de un epidemiólogo de la OPS que manejaba lo relacionado con enfermedades transmisibles, y formuló por primera vez iniciativas de capacitación en prevención de SIDA y de recolección de la información epidemiológica correspondiente (Ramírez, 2002). En agosto de 1988, se elaboró el primer Plan Nacional de Prevención y Control del SIDA, que organizaba acciones de corto plazo y sería coordinado por la Dirección de Epidemiología del Ministerio de Salud. Para la elaboración del plan, se conformó por resolución ministerial, un Grupo Nacional de Expertos de una composición amplia, en la que participaron representantes de la academia, de las instituciones de salud, de la Iglesia, del Tribunal Nacional de Etica Médica y de la OPS (Colombia MS, 1988a). El plan contemplaba actividades distribuidas en cinco componentes: educación continuada dirigida a personal de salud y a líderes de la comunidad; promoción y educación de la comunidad; control de bancos de sangre y hemoderivados; vigilancia epidemiológica y laboratorio; y, por último, investigaciones que deberían estar bajo la responsabilidad del nivel nacional y del comité de expertos en SIDA (Colombia MS, 1988).

Para el desarrollo del plan se realizaron asesorías de corto plazo por parte de expertos de OPS/OMS, tanto en los aspectos educativos, como de epidemiología y laboratorio. La asesoría final elaboró un informe de evaluación de este plan de corto plazo y colaboró en la preparación de un plan a mediano plazo (Colombia MS, 1988). Así pues, la cooperación de OPS en SIDA se cristalizó sobre todo a partir de 1988, no sólo por haber facilitado la participación del funcionario encargado de enfermedades transmisibles dentro del Comité de Expertos -quien ayudó a formular este plan-, sino también porque se involucró seriamente en la asesoría técnica a través de consultorías cortas, como aportes en dinero para cada uno de los componentes del Plan para 1988-89 (Colombia MS, 1988).

En junio de 1989 comenzó a funcionar el Comité Ejecutivo de la lucha contra el SIDA como comité interno del Ministerio de Salud y a trabajar en la constitución de la Comisión Nacional de SIDA o Comité intersectorial, de carácter político decisorio, para fortalecer el programa de la lucha contra esta enfermedad. Ya entonces la responsabilidad del programa la había asumido la Secretaría General del Ministerio de Salud; el diseño y la ejecución del mismo dependían de las Direcciones de Atención Médica y Epidemiología, Participación de la Comunidad, Recursos Humanos e Investigaciones, y el INS. Todas estas instancias eran partes integrantes del Comité Ejecutivo mencionado. La coordinación era del INS, para lo cual disponía entonces de un funcionario de medio tiempo (Colombia MS, 1990: 4).

A comienzos de la década del noventa, la Representación de OPS designó a un profesional para que se dedicara exclusivamente al tema del SIDA. Este funcionario había estado trabajando, desde mediados de 1988, con el grupo de Gacharná en el Ministerio de Salud (Ramírez, 2002). Simultáneamente, llegó al país el grupo de expertos de OPS para colaborar en la formulación del Plan de Mediano Plazo (PMP). En esta tarea participaron también funcionarios del MS, del INS, del Servicio de Salud de Antioquia, del Instituto Metropolitano de Salud de Medellín, del Servicio de Salud de Bogotá, de la Federación Odontológica Colombiana y, por primera vez, se contó con la participación del Grupo de Ayuda e Información Frente al SIDA. La metodología de elaboración del plan fue una novedad: primero, con la comisión asesora de OPS/OMS, entre el 29 de enero y el 9 de febrero de 1990; en abril se presentó en Quito frente a otras delegaciones del área Andina; y, después de considerar las recomendaciones preparadas por el Comité Regional del Programa Especial de la OMS, los técnicos de OPS/OMS lo revisaron de nuevo para perfeccionar el borrador. La versión final fue presentada a las agencias internacionales para solicitar el apoyo financiero allí estipulado. Además, el plan se convirtió en el marco de referencia tanto para las asignaciones presupuestales nacionales como para la solicitud de cooperación internacional (Colombia MS, 1990: 2).

La ejecución del plan estuvo a cargo del Programa de Prevención y Control de las ETS/VIH/SIDA del Ministerio de Salud (Colombia MS/OPS, 1994: 4), pero también contó con el apoyo de la OPS, por medio de la contratación de dos asesores nacionales, un epidemiólogo y un educador en salud entre 1990 y 1993. El PMP se inició formalmente en 1991 con actividades regulares hasta mediados de 1993 (Colombia MS/ONU/SIDA, 1999: 100). Como señaló el Dr. Luque del Ministerio, estos planes eran como cartas de navegación construidas conjuntamente entre el Ministerio, la OPS y otras instituciones, que podían servir para definir las actividades y para las apropiaciones anuales que diseñaba OPS, así como para los Planes Operativos Anuales del Ministerio (Luque, 2002). Uno de los aportes más importantes de OPS fue impulsar la idea de que la forma de enfrentar el problema de SIDA era convocando a varios sectores de la sociedad (Ramírez, 2002).

Gracias a estos esfuerzos, en 1991 se expidió el Decreto Nº 559 del 22 de febrero sobre SIDA, el cual definía la organización del programa. Además, era la primera vez en que se establecían normas sobre la atención integral y sobre los deberes y derechos de los enfermos. El decreto creó el Consejo Nacional de SIDA, con carácter permanente y adscrito al despacho del ministro de salud, con las funciones de promover y respaldar las acciones que se llevaran a cabo en el país para prevención y control de la infección, y asesorar al ministerio en la toma de decisiones sobre la materia. El Consejo estaría conformado por el Ministro de Salud, el Ministro de Educación, el Ministro de Trabajo, el Director del ICBF, el Director del INS[24] , el Representante de OPS/OMS en Colombia, dos representantes de ONGs de lucha contra el SIDA, legalmente reconocidas y seleccionadas por el Ministro de Salud; y, finalmente, el Coordinador del Programa Nacional de Prevención y Control de la infección por el VIH y del SIDA quien sería el secretario ejecutivo (Colombia MS, 1991: 20-21). La instauración de un programa de control de VIH/SIDA en Colombia es uno de los resultados exitosos de la cooperación técnica de la OPS.

Hacia una política de recursos humanos en salud

La estrategia de la APS en la década del 80 permitió que se renovara y consolidara la tendencia de la planificación de los recursos humanos en el marco del SNS. En concordancia con lo que venía sucediendo en toda América Latina,  en Colombia se hizo más evidente el interés de las autoridades