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Capítulo 8: Cambio de reglas, sorpresa y restitución, 1993-2002

Como se mencionó en el capítulo anterior, el BM presentó su "agenda para la reforma" del financiamiento de los servicios de salud en 1987. Desde ese momento, se inició un cambio en el liderazgo internacional de las políticas sociales, en general, y de salud, en particular, en cuanto a sus aspectos económicos. Los economistas de la salud, ubicados en las agencias financieras multilaterales como el BM y el FMI, comenzaron a tener más incidencia en el diseño de las reformas sanitarias que los salubristas y planificadores de los organismos tradicionalmente encargados de estos asuntos, como OPS/OMS, UNESCO y UNICEF (Hernández, 1997: 203-204). Este cambio tuvo fuertes implicaciones en el proceso de reforma de los sistemas de salud en América Latina y, puede decirse en todo el mundo, como ha sido mostrado por Porter (1999:  247-277).

El informe del BM de 1993, titulado Invertir en salud, hizo más evidente el cambio de liderazgo, al tiempo que presentó al debate mundial el nuevo modelo para el financiamiento de los servicios de salud de manera clara y contundente (BM, 1993). En diciembre del mismo año, en Colombia se discutió y se sancionó la Ley 100 de 1993, "Por la cual se crea el Sistema de Seguridad Social Integral y se dictan otras disposiciones", que implicó un cambio estructural del sistema de salud (Colombia, República de, 1993).  Este cambio significó nada menos que la definición de nuevas reglas de juego, para muchos sorpresivas. Sería impreciso afirmar que el modelo presentado en el Informe del BM se utilizó y se aplicó literalmente en la reforma sanitaria colombiana. La propuesta del Banco ocupó un lugar en la reforma, preponderante sin duda, pero no fue el único discurso en escena. Por el contrario, todos los actores sociopolíticos nacionales relacionados con el sistema de salud se pronunciaron y participaron en el debate y en la negociación de la nueva Ley. Otros trabajos han mostrado este proceso, aún sin muchos detalles históricos (Hernández, 1997, 1998 y 2000a; Vega y Jara, 2001). De ellos se tomarán los aspectos más importantes que permitan explorar las relaciones entre el proceso de formulación e implantación de la reforma sanitaria en Colombia y la cooperación técnica de la OPS, interés central de este estudio.

El nuevo liderazgo internacional en las políticas de salud

Desde los años ochenta el BM venía haciendo préstamos directos para financiar servicios de salud de los países en desarrollo, bajo la consigna general de la lucha contra la pobreza. Inicialmente, el Banco operaba con la pretensión de brindar apoyo financiero tanto al trabajo de OPS/OMS como a la formulación de políticas sociales en estos países (Walt, 1994: 127). Como se vio anteriormente, las políticas del Banco coincidían con las de los demás organismos dentro del criterio de brindar servicios básicos de salud a los grupos de población más pobres. Pero, cuando el Banco lanzó su agenda para la reforma, estaba impulsando cambios estructurales que lo separarían de ese criterio tradicional. La teoría neoclásica aplicada a salud implicaba un distanciamiento de la estrategia de organizar sistemas nacionales por la vía de la inversión pública directa en centros de atención, incluso de primer nivel o los denominados "servicios básicos". Se trataría ahora de incorporar todas las instituciones privadas o públicas que atendieran a los pobres al sistema nacional mediante la transformación del mecanismo de financiamiento llamado "subsidio a la oferta" -sostenimiento de centros y hospitales con recursos públicos-, a lo que se denominó "subsidio a la demanda" de los pobres. Si la atención médica podía entenderse como un bien privado, también podría diseñarse una forma de pago de los servicios de salud consumidos por los pobres que no afectara el cumplimiento de las metas de ajuste fiscal, manteniendo el nivel del gasto público para cubrir estos servicios o, mejor aún, rebajándolo. En esta medida, las reformas contribuirían al cumplimiento de las metas de ajuste fiscal y de pago de la deuda planteadas años atrás.

Desde ese momento, el Banco financió y orientó cada vez más los esfuerzos de reforma de los sistemas de salud en los países de la Región. Colombia también utilizó el crédito del BM en su "Proyecto de Consolidación del SNS", como se señaló en el capítulo anterior. Pero en 1987, la propuesta parecía ser todavía la iniciativa de algunos expertos. En los seis años siguientes, los economistas del Banco desarrollaron la agenda con detalles técnicos que sólo aparecieron de manera íntegra en el ya citado informe Invertir en salud (BM, 1993).

La teoría de los bienes también permitía diferenciar lo privado y lo público en materia del financiamiento de los sistemas y establecer una nueva relación entre Estado y mercado. Los servicios básicos, como se entendía la APS en Colombia, podrían estar incluidos dentro del concepto de bien público, junto con los de altas externalidades, esto es, los servicios colectivos de prevención de enfermedades prioritarias y de promoción de la salud. Estos últimos serían los servicios dirigidos a grupos demográficos, con inclusión de la inmunización, la nutrición, el control de la fecundidad, la disminución del consumo de tabaco y de otras sustancias adictivas, el mejoramiento del entorno familiar y del medio ambiente externo, la lucha contra insectos vectores de enfermedades, y la prevención de VIH/SIDA (BM, 1993: 74). Se aceptaba, entonces, que los servicios financiados con recursos públicos podrían ir más allá de los pobres, a través de una nueva concepción de la salud pública. No sobra insistir: ésta sería entendida como los servicios colectivos orientados a prevenir enfermedades con altas externalidades y promover la salud de las poblaciones. Además, los conceptos de bien privado y bien mixto permitirían que los otros servicios, especialmente los curativos, fueran financiados de manera privada por los individuos y las familias que pudieran pagar (BM, 1993: 8-11).

Conscientes de la dificultad de sostener pagos de bolsillo para la atención médica, aún entre familias ricas, los expertos del Banco propusieron acudir a la idea de "protección del riesgo económico" por medio del aseguramiento. Éste debería ser, en lo posible, obligatorio para los trabajadores del sector formal de la economía y voluntario para los individuos y las familias de más altos ingresos. La política de aseguramiento tendría las ventajas de estimular la inversión masiva de capital privado, disminuir en el largo plazo el gasto público y promover la competencia entre agentes aseguradores y prestadores de servicios, con lo que se esperaba mejorar la eficiencia y la calidad de esos servicios (BM, 1987: 152). Las instituciones de seguridad social existentes en todos los países tendrían que modificar profundamente sus estructuras para entrar en la lógica de la competencia de mercado. Y la red pública de servicios debía descentralizarse para ganar independencia y poder cobrar aranceles a los usuarios, emplear los incentivos del mercado en la asignación de los recursos y competir con el sector privado de prestadores de servicios. Esto implicaba abolir la atención gratuita en todas las instituciones de atención médica (BM, 1987: 157).

En estas condiciones, los sistemas de salud financiados por recursos públicos no tenían ningún sentido. La idea de un Servicio Único de Salud, como el recién creado en Brasil en el marco de la Constitución de 1987, era impensable desde esta perspectiva. Si este planteamiento se hubiera hecho en los años sesenta, habría sido tomado como una exótica broma. Pero las circunstancias mundiales habían vuelto a cambiar en los últimos tres lustros. El orden mundial se volvía a recomponer con la caída del Muro de Berlín en 1989, y se iniciaba un proceso que apenas al comenzar el siglo XXI tendría sus máximas expresiones: la tendencia hacia un mundo capitalista unipolar globalizado. En estas condiciones, las afirmaciones del Banco parecían obvias: los derechos sociales y económicos universales son inviables económicamente y los subsidios estatales deben dedicarse a la incorporación de los pobres al ventajoso ámbito de la economía globalizada.

La estrategia central para lograr el propósito de la incorporación de los pobres sería el mecanismo de subsidio a la demanda y la definición de un "paquete mínimo de servicios" que se podría cubrir con dicho subsidio. El imperativo moral de ampliar la cobertura de los servicios de atención médica fue la justificación más utilizada para exhortar a los gobiernos a abrir las puertas del sector salud a la inversión de capital privado y a garantizar el éxito de la inversión de este capital, dada la inviabilidad de hacerlo por el camino de las instituciones públicas. El conjunto de la estrategia de transformación fue presentado, de manera sintética en uno de los párrafos de la introducción del Informe de 1993:

Si los gobiernos financiaran un conjunto de medidas de salud pública y servicios clínicos esenciales, el resto de los servicios de esta índole se podría cubrir mediante financiamiento privado, por lo general por la vía de los seguros, ya fueran privados o sociales. La reglamentación gubernamental puede fortalecer los mercados de seguros privados, mejorando los incentivos para ampliar la cobertura y controlar los costos. Incluso en el caso de los servicios clínicos financiados con fondos públicos, los gobiernos pueden fomentar la competencia y la participación del sector privado en la prestación de servicios, y ayudar a mejorar la eficiencia del sector privado mediante la generación y divulgación de información importante. (BM, 1993: iii).

Pero no se trataba sólo de un discurso. La participación del sector privado en salud debe entenderse como un resultado de la expansión de los mercados de aseguramiento en salud y de atención médica en todo el mundo, en el marco del crecimiento de las empresas transnacionales. Buena parte de la especialización del sector financiero se produjo en este tipo de servicios (Drake, 1994: 104-28). Sin duda, la masa monetaria acumulada en los fondos pensionales de carácter público y en los que se podrían crear con sistemas de ahorro individual como los experimentados en Chile desde 1981, se convirtió en un enorme atractivo para el sector financiero mundial (Martínez González-Tablas, 2000: 113-121). No puede entenderse el entusiasmo de la banca internacional en las reformas pensionales sin este ingrediente de la expansión del mercado financiero; este mismo ingrediente condujo a la banca internacional a ejercer presión sobre la estructura de la seguridad social, tanto en países ricos como en los pobres, como sucedió en los años setenta en relación con los pactos monetarios de posguerra (Navarro, 1998: 221-27; Laurell, 1997: 61-2).

Las reformas de los sistemas de salud y de seguridad social tampoco pueden entenderse sin la consolidación de la crítica neoliberal al Estado de Bienestar en los años noventa (Laurell, 1997: 15-19). La apertura de las economías, el control de la inflación, la disminución de la intervención estatal, la flexibilización laboral para disminuir los costos de la mano de obra y las reformas de los sistemas de protección social serían los ejes de una reforma estructural de los estados nacionales que a estas alturas parecía indiscutible. Las propuestas del BM, de base neoliberal en lo ideológico, y neoclásica en lo económico (Hernández, 2002a: 2-8), cristalizaron en políticas y modelos de organización institucional y financiera que acompañaban el proceso de negociación de los nuevos créditos (Walt, 1994: 126). De las medidas de ajuste fiscal, se había pasado a las "políticas sociales de tercera generación", como afirma Rodríguez, siguiendo a Salama y Valier (Rodríguez, 2001: 219-20).

Sobre estas bases, el BM impulsaba una propuesta de reforma de los Estados y de las relaciones entre ciudadanos, Estado y mercado, que significaba un fuerte cambio de rumbo:

El Estado está por ello pasando de ser un Estado desmercantilizador a ser un Estado mercantilizador, e incluso remercantilizador (por privatizador) de lo social; y con ello, estamos viviendo una tendencia a la sustitución de un Estado social, basado en las titularidades sociolaborales, por un Estado disciplinador asentado en las titularidades económico-financieras (Alonso, 1999: 110).

Para la OPS, las complejas transformaciones del mundo no pasaban desapercibidas. Sería impreciso afirmar que los técnicos de la OPS en Washington fueron desbordados por los veloces cambios de las sociedades de la Región. La situación de salud generada por la crisis económica hacía cada vez más difícil alcanzar la meta de SPT-2000 y se requería innovación y liderazgo regional por parte de la Organización. Entre abril de 1987 y febrero de 1988, mientras el BM lanzaba y discutía su "agenda para la reforma", la OPS decidió convocar a las escuelas de Salud Pública de la región para diseñar las políticas de salud necesarias para afrontar la crisis. Se organizaron seis talleres en diferentes países con la participación de la American Society of Public Health (ASPH), la Asociación Latinoamericana y del Caribe de Educación en Salud Pública (ALAESP), y la OPS, dedicados a los temas programáticos de la Organización para el cuatrienio 1987-1990. Estos eran: "análisis de políticas públicas en el contexto de salud y desarrollo; sistemas nacionales de información y desarrollo de la epidemiología; economía y financiamiento de la salud; recursos humanos en salud; el proceso de desarrollo tecnológico en salud; y sistemas de servicios de salud" (OPS, 1992a: 28).

Las conclusiones de estos talleres fueron recogidas por el doctor Paulo R. Motta, de Brasil, quien presentó el siguiente listado sobre los problemas más comunes de la salud en los países de la Región:

  • Sistemas de salud heterogéneos y fragmentados con coberturas reales decrecientes o estáticas debido a la reducción de recursos;

  • Crisis del Estado benefactor y surgimiento de nuevas formas de asistencia y atención médica de tipo privado, paraprivado o parapúblico;

  • Desprotección de minorías étnicas y núcleos marginados, incluyendo en muchos casos amplias capas de población rural y semirural;

  • Modernización de enclaves urbanos con prevalencia de patologías de la pobreza y de las mal llamadas patologías de la ‘civilización’;

  • Medidas de descentralización y desconcentración con pocos recursos financieros: se incrementa parcialmente cobertura a costa del número de trabajadores de la salud y la calidad de la atención;

  • Resurgimiento de enfermedades que se creían casi erradicadas como la malaria, el dengue, la tuberculosis y otras;

  • Subregistro de mortalidad y morbilidad, subestimación de riesgos y enfermedades ocupacionales, e incremento de dolencias relacionadas con destrucción de ecosistemas y contaminación industrial;

  • Tendencia generalizada al desempleo o subempleo de egresados del sector educativo de la salud, a pesar de que existen necesidades de atención médica;

  • Creciente desigualdad del ingreso y caída del ingreso real, con diminución de los niveles de ocupación productiva masculina al tiempo que se incrementa el empleo formal o informal de mujeres y niños; y

  • Crecimiento del sector terciario de la economía formal e informal, lo que ha producido nuevos estratos de trabajadores asalariados y por cuenta propia que no tienen normalmente la capacidad de negociar y exigir atención médica y seguridad social (OPS, 1992a: 11-12).

Obsérvese que, para la mayoría de los salubristas presentes en estas reuniones, la crisis del Estado benefactor, el incremento de formas privadas de atención, la fragmentación de los sistemas y la descentralización sin recursos eran problemas y no parte de la solución. Por esto no sorprende que la recomendación programática de los salubristas de la Región y de la OPS se concentrara en tres estrategias, todas ellas articuladas alrededor de "la organización de los servicios como unidad de análisis" y se lanzara el modelo de SILOS. Las estrategias propuestas eran: "intersectorialidad" en la formulación de políticas y en la organización de los servicios, como base de la afectación de las condiciones de vida por diferentes vías en el espacio local; "descentralización", entendida como transferencia de poder a órganos locales, para integrar las diversas demandas sociales en el nivel local; "participación", como "el instrumento para perfeccionar, profundizar y consolidar la democracia política que se reconstruye en la mayoría de los países de la Región" (OPS, 1992a: 13-15). De manera que el proyecto estratégico de la OPS se articularía bien a una reforma del Estado por la vía de la descentralización para fortalecer su legitimidad y su estructura democrática. El distanciamiento progresivo entre la agenda del BM y la de la OPS se hacía cada vez más evidente. Como se mostró en el capítulo anterior, en Colombia avanzaba una reforma del Estado por la ruta de la descentralización, aunque no podría decirse que enmarcada en la misma orientación política de una u otra organización. Mientras predominó la reforma descentralista, la cooperación técnica de OPS se afianzó.

La crisis económica de la Región durante la "década perdida" mostró su máxima expresión con la aparición de la epidemia de cólera en Perú en 1990, y su rápida y fácil expansión hacia los países del norte. Las condiciones sanitarias de las poblaciones y la capacidad de respuesta de los servicios de salud en los países quedaron en tela de juicio. Por primera vez se habló con toda claridad de una "crisis de la salud pública", entendida como "la incapacidad de la mayoría de la sociedad de promover y proteger su salud en la medida en que sus circunstancias históricas lo requieren". Frente a esta situación, la OPS promovió un debate regional que permitiera redefinir "el desarrollo de la teoría y práctica de la salud pública en la Región de las Américas" (OPS, 1992a: 3-8).

Para el Director de la OPS, el brasileño Carlyle Guerra de Macedo, era claro que un Nuevo Orden Mundial se estaba instalando y que se debían propiciar cambios macroeconómicos en los países pobres para lograr una inserción más eficaz y equitativa en él. Pero también, el Director expresaba su inconformidad con el predominio neoliberal en el diseño de políticas públicas en el ámbito internacional, con lo cual tomaba distancia de las estrategias del BM. En sus palabras:

No estamos por lo tanto en contra de las políticas llamadas de ajuste o estabilización. Sin embargo, sí tenemos grandes reservas y críticas sobre las diversas formas que han tomado las políticas de ajuste en la década pasada y en la presente, y en especial sobre cómo se han financiado y quién ha pagado los costos de estas políticas de ajuste [...] El nuevo ideologismo neoliberal pretende que una vez creadas [las] condiciones económicas para la producción, automáticamente ésta se traducirá en beneficios para la totalidad de la población. La experiencia histórica indica que no sucede así y que para alcanzar los fines sociales del desarrollo es preciso definir premeditadamente estos fines, buscándolos mediante una voluntad y movilización políticas (Guerra de Macedo, 1992: 239).

El BM se ubicaba en lo que más tarde Amartia Sen denominó el modelo de desarrollo de "sangre, sudor y lágrimas", que se sustenta en la primacía de la acumulación de capital (Sen, 1998: 78-82), mientras Guerra de Macedo ubicaba a la OPS en una posición contraria. La situación requería innovaciones de parte de los salubristas y en tal sentido la OPS solicitó unas "reflexiones iniciales" a los más destacados de la Región. La demanda del Director a los expertos reunidos en New Orleans en 1991, era precisamente esa: ¿cómo producir los cambios que demanda una situación tan compleja de disminución de recursos públicos y de aumento de las necesidades sociales en materia de salud?. Esta reunión es emblemática, en el sentido de haber puesto en evidencia las diferencias entre los acumulados conceptuales y políticos de los salubristas de las subregiones del continente. Estos acumulados dependían de las diversas experiencias históricas de los sistemas de salud de los países de la Región. Desde la salud pública totalmente desarticulada de la asistencia médica, como en Estados Unidos, hasta un sistema integrado de servicios curativos y preventivos, como en Canadá, pasando por los diferentes tipos de fragmentación de servicios curativos y preventivos, públicos y privados, de asistencia pública y de seguridad social, como en casi todos los países latinoamericanos. La nueva salud pública debía resolver esta diversidad a favor de una estrategia regional de universalización de la salud, de equidad en la oferta y en el acceso a los servicios de salud, en particular, de la garantía de los servicios esenciales en este campo entendidos como derecho fundamental. De allí la decisión de recomponer los procesos de producción de saberes y de formación en salud pública, e insistir en la descentralización, primero a través de los SILOS y poco después de la estrategia de Promoción de la Salud (OPS, 1992a: 270-272).

Con todo, las diferencias de la OPS con las propuestas del BM estaban en el fundamento conceptual y ético-político. No era por azar que los economistas neoclásicos estuvieran vinculados al Banco y no a la OPS. A medida que avanzaba la década se hacía más evidente el distanciamiento entre los dos organismos. Éste es uno de los motivos, si no el más importante, de la escasa presencia de la OPS/OMS en la primera fase de las reformas sanitarias, en general, y de la colombiana, en particular, como se verá más adelante. Tampoco debe olvidarse que el flujo de recursos para estas reformas provenía de los créditos del BM, mientras que otros importantes organismos internacionales del sistema de Naciones Unidas comenzaban a tener problemas de recursos por los escasos aportes de los países, en medio de la crisis de finales de los ochenta y comienzos de los noventa. Y como siempre, quien manejaba los recursos definía buena parte de su destinación (Walt, 1994: 126).

Pero no toda la definición recaía en los organismos internacionales. Las particularidades históricas de cada país marcaron rutas diferentes que apenas comienzan a ser identificadas con alguna precisión (Fleury, Belmartino y Baris, 2000; Hernández, 1998; 2002). Colombia, como se ha puesto en evidencia a lo largo de este estudio, tenía también sus propias particularidades. La primera de ellas, un escenario para un nuevo pacto político que se convirtió en una nueva Constitución Política.

La reforma del Estado por la vía constitucional

El gobierno de César Gaviria Trujillo (1990-1994) presentó un plan de desarrollo orientado por la estrategia central de la "apertura" de la economía colombiana. Esta apertura tenía dos sentidos: hacia fuera, se trataba de abrir las fronteras nacionales a la economía mundial, tanto a la inversión como a los productos extranjeros; hacia adentro, la apertura significaba la "modernización" de la estructura productiva por medio de la participación del sector privado en diferentes frentes de producción y de servicios que estaban a cargo de instituciones públicas. La apertura de la economía debía acompañarse de una nueva estrategia de inversión social orientada por la focalización y por el subsidio a la demanda (Gaviria Trujillo, 1991: 13).

La política de salud, que expresaba lineamientos orientados por criterios económicos de corte neoclásico, explícitamente incluía el diseño de un sistema de atención prepagada, extender la cobertura de servicios de atención a la familia del trabajador beneficiario de este sistema, y una serie de reformas institucionales y financieras orientadas a reorganizar, reestructurar y descentralizar el sistema de servicios de salud de la seguridad social y del sector oficial existentes. Tales reformas deberían posibilitar una mejor integración y coordinación, entre ellos y con el sector privado, sobre la base de un esquema de mercado que garantizara la libre escogencia por parte de los usuarios y la competencia entre las unidades prestadoras de servicios. La población pobre accedería a estos servicios mediante un sistema de subsidios a la demanda cuyos beneficiarios serían seleccionados entre la población más pobre (Colombia, DNP, 1991: 198). Armando Montenegro, Director del DNP, registró en una frase el proyecto político de la apertura: "El Gobierno ha reconocido, como lo hizo la opinión pública, que en lo económico, como en lo político, la edad de la tutela paternalista había pasado a la historia, para ceder el paso a una nueva era, donde la iniciativa de cada uno encuentre su espacio y su atmósfera" (Colombia, PR/DNP, 1991: s.p.). De esta manera, el plan de gobierno incorporaba algunos de los conceptos claves del discurso neoliberal predominante en el ámbito internacional. Pero también, los grandes conglomerados o grupos económicos nacionales, antes favorecidos por las medidas de protección de la economía, impulsaron la apertura para buscar nuevos mercados. De hecho, a las grandes empresas les fue cada vez mejor y a las medianas y pequeñas cada vez peor (Misas, 2001: 217-8).

El proyecto de apertura requería una reforma del Estado. Algunos aspectos podrían adelantarse por la vía legal, como de hecho se hizo con las reformas cambiaria, de comercio exterior, de inversiones internacionales, financiera, tributaria, entre otras (Colombia, PR/DNP, 1991: 71 y ss). Una de las reformas más importantes para la reforma de la seguridad social fue la laboral, definida por la Ley 50 de 1990, mediante la cual se pretendía "eliminar las distorsiones del mercado laboral". Según el gobierno, "al eliminar las anteriores restricciones laborales y hacer más flexible el mercado de trabajo, se reducirían los costos a los empresarios" (Colombia, PR/DNP, 1991: 341); y esta rebaja en el costo de la mano de obra permitiría ofrecer mejores condiciones a los propietarios para crear o modernizar la producción nacional. Los inversionistas podrían, de esta forma, afrontar la competencia con los productores extranjeros. Esto significaba cambiar protección laboral por crecimiento económico, como en el modelo de "sangre, sudor y lágrimas" del que habla Sen.

Pero las reformas sectoriales no eran suficientes. La vieja Constitución Política de 1886, a pesar de sus más de 70 reformas en sus más de 100 años de existencia, no ofrecía las condiciones para recomponer el papel del Estado en la economía. El mismo César Gaviria, en su condición de Ministro de Gobierno de la adminstración de Virgilio Barco, había intentado sin éxito una reforma constitucional "modernizadora", presentada a la legislatura de 1988 (Colombia, PR, 1988: 9-70). De manera que el gobierno Gaviria comenzó a preparar una reforma constitucional desde muy temprano. Pero también había un proceso de paz en curso, en el cual se planteó la necesidad de un nuevo pacto constitucional, que aparecía entonces como la vía más expedita para avanzar en el camino de las reformas que se planteaban como urgentes desde el gobierno y los grupos de poder económico, de un lado, y desde sectores sociales y políticos comprometidos en el proceso de paz que abogaban por la ampliación de la democracia social y política, del otro.

En el pacto de desmovilización del M-19, durante el gobierno de Virgilio Barco, se había incluido la necesidad de una gran reforma del sistema político que tendría que concretarse en una serie de recomendaciones de "mesas de trabajo", ratificadas por un plebiscito. Las mesas se reunieron, con la participación de diferentes facciones de los partidos tradicionales, Liberal y Conservador. El partido de izquierda Unión Patriótica-UP decidió no asistir, pues la persecusión paramilitar venía golpeando fuertemente a sus miembros, sin que los gobiernos tomaran decisiones al respecto, hasta el punto de llegar finalmente a ser borrado del mapa político colombiano mediante el asesinato de miles de sus miembros. Además, afirmaba la UP, en las mesas no se encontrarían los grupos insurgentes de mayor tradición y significación, como las FARC-EP, el ELN y el EPL (Colombia, PR, 1989a: 205-6). En todo caso, de estas mesas salió la idea de consultar a la población sobre la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente-ANC. A esta iniciativa se vincularon las "juventudes liberales", sector importante del Partido Liberal, en especial de la facción del Nuevo Liberalismo en el que se inscribía la candidatura de César Gaviria. De estas confluencias surgió, finalmente, el mecanismo de consulta denominado "la séptima papeleta" utilizada en las elecciones presidenciales de marzo de 1990. Además, en el pacto de desmovilización del EPL a mediados de 1990, se incluyó la convocatoria de una asamblea con características similares. Todo apuntaba entonces hacia la conformación de un escenario de construcción del nuevo pacto político, base de la solución del conflicto armado. De hecho, el proceso de paz avanzó tratando de incorporar a los dos grupos guerrilleros más importantes del momento: las FARC-EP, y el ELN (Ramírez, 1991: 454 y 460-75; Gómez, 2000: 260-4).

La ANC se convocó para febrero de 1991 y tuvo una composición plural en la que, por primera vez, sectores obreros, indígenas, "negritudes", campesinos, grupos religiosos diferentes al catolicismo tradicional y nuevos partidos políticos participaron. Pero ni las FARC ni el ELN entraron en el pacto, presionados por un doble juego de "garrote y zanahoria" de difícil resolución. Aún así, el escenario de la ANC fue el primero en el cual se produjo un debate profundo sobre los derechos ciudadanos en general, y sobre los derechos a la salud y a la seguridad social, en particular, y se hicieron explícitas las posiciones al respecto. La nueva Constitución resultante mostraba una mezcla de posiciones y proyectos ético-políticos. El preámbulo dejó de ubicarse en la moral cristiana para ubicarse, por fin, en una ética civilista y pluralista. Por primera vez, se incluyó en el pacto constitucional un listado de derechos y deberes fundamentales, ligados a la condición humana, y por ello de carácter "negativo"; también se incluyó un conjunto de derechos sociales, económicos y culturales, ligados a la capacidad económica del Estado y de la sociedad y por ello, de carácter "positivo" (Sarmiento, 1997: 167-72; García Villegas, 2001: 458-9). Esta característica acercaba el nuevo pacto a un marco de corte socialdemócrata con la mira puesta en un "Estado Social de Derecho", aunque firmado por actores muy diferentes a los tradicionalmente integrados por empresarios trabajadores, como sucedió durante el auge socialdemócrata de la segunda mitad de siglo pasado en Europa y en algunos países americanos. Al mismo tiempo, la Constitución incluyó una serie de mecanismos de liberalización o disminución de la intervención estatal, como la autonomía del Banco de la República y el énfasis monetarista de sus funciones, las nuevas reglas para las concesiones, ventas o enajenaciones de recursos, propiedades e instituciones públicas, entre otros.

El seguimiento del debate sobre el derecho a la salud en la Comisión V permite observar un cambio importante hacia el final del período de trabajo de la Asamblea Nacional Constituyente. Desde el principio, en los proyectos de articulado se incluía la palabra "derecho" referida a la salud. Un mes antes de terminar la Asamblea, se modificó por el término "servicio público". Y así quedó el artículo 49 de la nueva Constitución: "la atención de la salud y el saneamiento ambiental son servicios públicos a cargo del Estado". Se incluyeron tres principios que serían obligatorios para la organización futura del sistema de salud: "eficiencia, universalidad, solidaridad" (Colombia, República de, 1991: 31). El texto era similar a lo definido por la Ley 10 de 1990, cuando se intentó definir qué tipo de servicio público sería la salud y cuál sería el alcance de la responsabilidad estatal en este campo. El artículo, junto con otros ubicados en distintas secciones de la Constitución, estableció los criterios generales para adelantar una reforma sanitaria que reorganizara la estructura del SNS (Hernández, 1992: 142-5).

En el debate sobre seguridad social en la ANC y la negociación entre las fuerzas participantes -empresarios, líderes políticos de los partidos representados y centrales obreras con diferentes orientaciones-, produjeron dos soluciones que dejaban pendiente el asunto: de un lado, el artículo 48 de la Constitución declaró la seguridad social como "un derecho irrenunciable de todo ciudadano"; de otro, los lineamientos de un sistema de seguridad social que diera cuenta de ese derecho se delegó a una Comisión Constitucional Transitoria conformada por todas las fuerzas sociales y políticas interesadas. La Comisión se reunió en el siguiente semestre del año, pero sus resultados no fueron incorporados por el gobierno ni por el nuevo Congreso al debate legislativo como ordenaba la Carta Magna (Jaramillo, 1999: 40).

El proceso de definición de la nueva Constitución no estaba incluido entre las prioridades de la cooperación técnica de OPS en Colombia. No podía estarlo, pues se trataba de fijar un nuevo pacto que comprometía sólo a los nacionales. Sin embargo, es curioso no encontrar escenarios abiertos o apoyados por OPS sobre el derecho a la salud en un momento de definición nacional crucial, cuando poco antes se había terminado el estudio internacional coordinado por Susan Scholle Connor y Hernán Fuenzálida Puelma (1989) sobre el derecho a la salud en las Américas, en el que participó por Colombia el abogado Copete Lizarralde.

La sorpresa de las nuevas reglas: Ley 100 de 1993

El gobierno presentó un proyecto de reforma de la seguridad social que se concentraba en el componente de pensiones de jubilación, como parte de la flexibilización laboral iniciada con la Ley 50 de 1990. Este proyecto recibió el número 155 de 1992. En él se proponía una separación entre los componentes de salud y pensiones de jubilación en el ISS, que cubría a una parte de los trabajadores del sector privado, para entrar en un modelo de fondos privados en competencia y ahorro individual, similar al implantado en Chile desde 1981. Pero el Congreso de 1992 tenía un sector importante de nuevas fuerzas políticas, diferentes a los partidos tradicionales, que se opusieron a un proyecto tan restringido y los sindicatos lograron ampliar el debate para incluir los componentes de salud y riesgos profesionales. Incluso, las centrales obreras más fuertes presentaron un proyecto de ley, el número 248 de 1992, que avanzaba en un modelo de expansión de la seguridad social, tanto en cobertura como en beneficios, por medio de un gran Departamento Administrativo de la Seguridad Social. Esta instancia regularía y coordinaría a una serie de instituciones dispersas del Estado dedicadas a ofrecer los servicios que deberían ser incluidos en la seguridad social; esto es, salud, pensiones, educación, vivienda, recreación, entre otros (Colombia, MS, 1994: 112-42; Hernández, 2002: 995).

El MS, en ese momento en manos de la AD M-19, desarrolló su propia propuesta de reforma, después de una serie de eventos sobre análisis de experiencias en sistemas de salud y de seguridad social en diferentes países, con el apoyo de OPS (Colombia, MS/OPS, 1991 y 1992). Recuérdese que la cooperación técnica se había visto favorecida con la decisión de esta nueva fuerza política de asumir los lineamientos de OPS/OMS para su gestión. La propuesta consistía en un "Seguro Nacional de Salud" que integraba fuentes de financiación e instituciones públicas y privadas, con administración descentralizada y cobertura progresiva, hasta la universalización (Agudelo, 1992: 119-33). Aunque no llegó formalmente como proyecto de ley independiente, esta propuesta entró, parcialmente por lo menos, a hacer parte de los insumos para modificar el proyecto de ley original del gobierno que había tenido tantas resistencias. De hecho, en el debate en el Congreso se presentaron posiciones y propuestas de casi todos los sectores sociales que poco a poco se vieron involucrados, como las asociaciones profesionales de la salud, los trabajadores del sector, la academia, los aseguradores privados, los hospitales y clínicas, entre otros (Colombia, MS, 1994: 32-142; Hernández, 1998: 35-40; 2002: 994-996). El gobierno se vio obligado a retirar el proyecto inicial para incluir una serie de sugerencias y mecanismos derivados de los debates y negociaciones múltiples. De allí salió el proyecto de los técnicos del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, del DNP, del Ministerio de Salud y del ISS, elaborado en la casa de campo del Presidente, Hatogrande, a finales de 1992. Aún así, el proyecto modificado fue nuevamente retirado en marzo de 1993 y reemplazado por otro que se presentó a la legislatura iniciada el 20 de julio del mismo año (Colombia, MS, 1994: 30; Jaramillo, 1999: 42-43).

Un grupo de parlamentarios coordinado por el ex ministro de salud Jaime Arias Ramírez presentó también su proyecto de ley con dos características centrales: la definición de tres tipos de vinculación de las personas al sistema (servicios privados de mercado abierto, seguro social por aportes y protección pública a la salud); y la inclusión de agencias de aseguramiento en competencia, diferentes a las instituciones prestadoras (Colombia, MS, 1994: 50-63). Esta propuesta intentaba aplicar a Colombia el modelo debatido en Estados Unidos durante la década del 70, cuando se crearon las Health Maintenance Organizations (HMO), con base en formas de organización de los usuarios de servicios de salud para obtener mayor calidad y menor precio por medio de una negociación colectiva de las tarifas de los servicios con los hospitales (Falkson, 1980; Arias, 2002). El sustento teórico de las HMO era la "teoría de la agencia" según la cual, los usuarios deben ser defendidos en los mercados por una agencia que pueda negociar de igual a igual con los oferentes de servicios de salud, dado que existe una relación muy desigual entre los prestadores y los usuarios de dichos servicios. Pero también se incorporaba, con ésta y otras propuesta técnicas, la teoría de la "competencia regulada" liderada por Enthoven, que también se promovió en los debates sobre la reforma del sistema de seguros de Estados Unidos (Restrepo, 1997).

La FES también hizo sus aportes a través del Instituto FES de Liderazgo-IFL, con un proyecto liderado por el doctor Francisco Yepes Luján. En el desarrollo del proyecto se integraron sectores académicos, ONGs y expertos en salud y seguridad social del país, con el fin de producir una propuesta de sistema de seguridad social que pusiera en marcha el mandato constitucional. En enero de 1993 se realizó en el Recinto Quirama de Rionegro (Antioquia) un foro en el que participaron todos los involucrados para fijar los criterios centrales de la propuesta. De allí surgió un proyecto de ley que presentaba un sistema de seguro obligatorio de cobertura familiar, financiado por la convergencia de recursos privados y públicos, con competencia entre agentes públicos y privados, un fondo de compensación y varios mecanismos de regulación. Entre éstos últimos, el más importante era el de "la contratación de la atención integral de grupos de beneficiarios por valores fijos anuales per cápita", como mecanismo de cotrol de costos, al que se denominaba "administración de la demanda" (IFL, 1994: 100). Este proyecto se articuló con fluidez con los desarrollos del grupo de técnicos del gobierno, de manera que la versión final del proyecto gubernamental presentado al Congreso incluía varios de sus aportes.

En agosto de 1993, la AD M-19 decidió retirarse del gobierno, después de una crisis interna generada por la fragmentación que el sistema electoral propiciaba. Si bien el sistema de cuociente electoral establecido por la nueva Constitución abría el camino para el pluripartidismo, también premiaba la famosa "operación avispa" de los partidos tradicionales, consistente en la presentación de muchas listas para aumentar las posibilidades de obtener "curules" (asientos o escaños) en el Congreso (Gómez, 2000: 283-5). La AD M-19 jugó su propia operación avispa contra unas clientelas y maquinarias tradicionales que le fueron cerrando el paso. El último ministro de salud de esta corriente, Gustavo De Roux, renunció para dejar el cargo a uno de los más convencidos de las nuevas teorías económicas aplicadas a salud: el economista doctorado en Harvard, Juan Luis Londoño. Esta coyuntura nacional facilitó una nueva cohesión gubernamental que integró de otra forma los aportes de diferentes sectores, conservando el predominio neoclásico.

No puede decirse, entonces, que la Ley 100 de 1993 fue una imposición del gobierno de César Gaviria, ni mucho menos, del BM. Pero, al examinar con detalle la estructura del nuevo Sistema General de Seguridad Social en Salud-SGSSS, componente de salud del Sistema Integral de Seguridad Social-SISS, se encuentran los ejes de una lógica de integración por la vía del mercado. Esto es, la concurrencia de agentes privados y públicos en un mercado regulado de aseguramiento (Régimen Contributivo), subsidio a la demanda para incorporar a los pobres a dicho mercado (Régimen Subsidiado) y recursos públicos destinados para la "nueva salud pública". Los predominios y las hegemonías se producen también por vías indirectas, cuando una manera de entender los problemas se convierte en paradigmática y casi natural. Esto, precisamente, venía ocurriendo con las teorías de la corriente neoclásica en economía (Cataño, 2001: 284).

En medio de la negociación con las centrales sindicales debieron conservarse las viejas instituciones de seguridad social y la red de hospitales públicos, pero con la condición de comportarse como agentes autónomos de mercado en competencia. Incluso se dejaron varios regímenes especiales sobre la base de la lógica de los derechos adquiridos. Tampoco se sometió el aseguramiento a un mercado abierto, como en la primera fase del sistema chileno de las ISAPRES, puesto que se incluyeron mecanismos de regulación del mercado que ya se venían aplicando en otras experiencias de seguridad social, como el Fondo de Solidaridad y Garantía, el pago a los aseguradores por Unidades de Pago por Capitación (UPC), y el Plan Obligatorio de Salud (POS) (Hernández, 2002: 995-998).

Así, la complejidad del modelo desbordó lo imaginado por cualquiera de los actores participantes. A medida que avanzaba el proceso de su implantación, las expresiones de sorpresa aumentaban. La OPS no siguió de cerca este proceso, excepto por el apoyo brindado al MS para organizar algunos eventos de debate. Los recursos de la cooperación estaban concentrados en las estrategias relacionadas con la lógica del fortalecimiento de la municipalización de la salud y de la Promoción de la Salud, mencionadas en el capítulo anterior. De manera que la OPS fue otro de los sorprendidos con una reforma compleja que, además, había solucionado teóricamente varias de las objeciones que se presentaron a las propuestas neoliberales, cuyo mejor ejemplo era el modelo chileno. Los funcionarios de la Representación de OPS en Colombia se vieron obligados entonces a estudiar el nuevo sistema y a repensar totalmente las tradicionales forma de relación y de cooperación técnica en salud (de Taborda y Granados, 2002; Restrepo, 2002; Yepes, 2002).

La cooperación técnica en el nuevo marco institucional

El SGSSS se sustentó en la teoría neoclásica de los bienes para diferenciar el gasto privado del gasto público. Los servicios individuales de atención médica definidos en el POS serían financiados por los aportes de los cotizantes o por el subsidio a la demanda de los pobres (POS subsidiado), mientras que los servicios colectivos, con altas externalidades, quedaron, cada vez más, ubicados en el Plan de Atención Básica-PAB. Si bien la expresión "atención básica" incluía al comenzar la operación del sistema un Plan de Atención Materno Infantil (PAMI) y la atención obligatoria de los ancianos, heredados de la APS y de la responsabilidad derivada del carácter de "servicio público" de la atención básica establecido en la Ley 10 de 1990, poco a poco se fue cristalizando la idea de dejar en el PAB sólo los servicios colectivos con altas externalidades. Esta era la expresión más clara de la nueva concepción de "salud pública", derivada de la aplicación de la teoría neoclásica de los bienes. Por esta razón, el ministro Londoño, el senador Jaime Arias y otros más, insistían en que la Ley 100 nada tenía que ver con salud pública y que se trataba de una reforma de la seguridad social para mejorar su eficiencia, universalidad y solidaridad, según el mandato constitucional (Arias, 2002).

En medio de estas nuevas reglas y un sistema complejo en proceso de reglamentación, los programas bandera de la cooperación técnica de OPS en los años previos a la reforma, como el desarrollo de los SILOS y la estrategia de Promoción de la Salud adaptada a los países latinoamericanos, se vieron debilitados entre 1993 y 1996. Como han señalado algunos expertos, en este lapso la cooperación entre la OPS y el gobierno colombiano cayó en una especie de limbo tanto en el MS como en la OPS, al perder la proyección programática y estratégica que se traía de los años anteriores (de Taborda y Granados, 2002). Al parecer, y según la opinión de los expertos más cercanos, hubo una actitud expresa por parte del gobierno de excluir a la OPS de la discusión de la reforma y de la fase inicial de su puesta en práctica, a pesar de la historia de buenas relaciones y estrecha cooperación técnica vivida hasta ese momento entre la OPS y el Estado colombiano. El alejamiento entre la OPS y el gobierno nacional, entre otros factores, permite entender por qué la OPS no tuvo una participación más directa en el proceso de reglamentación de la Ley 100 ni en la implantación inicial del nuevo sistema (Carrasquilla, 2002; de Taborda y Granados, 2002; Restrepo, 2002; Yepes, 2002).

Pero también debe entenderse que, si en el ámbito internacional se notaban las diferencias estratégicas entre organismos, en el país no tendría por qué ser de otra manera. Las necesidades del nuevo sistema se concentraban en definir los detalles relativos al aseguramiento y la administración del subsidio, antes que en fortalecer instituciones y modelos de organización que tenían el tufillo del viejo sistema. La reorganización del MS y de los niveles descentralizados, producto del proceso de reforma, implicó también cambios de personal y ajustes organizativos que obstaculizaron cualquier intento de trabajo concertado entre la OPS y el Ministerio. En poco tiempo, los SILOS entraron en total incertidumbre en los lugares en los que había importantes desarrollos, porque el sistema había cambiado el papel del Estado de manera radical. Así que la reforma de 1993 puso en problemas el proceso descentralizador impulsado por la OPS, pero además, encontró a la Organización sin propuestas políticas alternativas, sin infraestructura de cooperación adecuada a las nuevas necesidades y con muchas dificultades en el plano de las relaciones con el gobierno (Restrepo, 2002; Vesga, 2002).

En medio de la nueva concepción de "salud pública" y de la preponderancia del mercado de aseguramiento, los programas de la cooperación técnica comenzaron un acomodo difícil y no libre de tensiones institucionales y personales entre las instancias y funcionarios del MS y de la OPS. Pero no todos los proyectos y líneas de cooperación se vieron afectados de la misma manera. Unos desaparecieron, otros se fortalecieron y otros se adaptaron exitosamente.

Un ejemplo de los programas fortalecidos en este período fue el de control de VIH/SIDA. Con base en los acumulados previos a la reforma, en 1994 se formuló el Plan Intersectorial a Mediano Plazo-PMP para el control de la epidemia de VIH-SIDA, el cual involucraba 14 instituciones gubernamentales y no gubernamentales. Este Plan fue impulsado por el MS, siguiendo la recomendación internacional de la OPS de poner a funcionar los programas de control del VIH-SIDA bajo la égida directa de los despachos de los ministros. En Colombia esto sucedió a finales de 1993, justo cuando se sancionaba la Ley 100. Tanto la OPS como la coordinación nacional del programa señalaron en su momento la importancia del nuevo lugar del programa dentro del Ministerio, con lo que se alcanzaba un apoyo político y financiero indudable y una mayor capacidad de gestión y movilización de recursos (Colombia, MS/OPS, 1994: 3-4).

Pero este Plan no hablaba de aseguramiento. Las estrategias sobre las que se basaba eran la coordinación intersectorial, la participación comunitaria y la descentralización, todas ellas enmarcadas en el proceder tradicional de OPS (Colombia, MS/ONUSIDA, 1999: 100). Los objetivos fundamentales eran fomentar en el individuo, la familia y la sociedad conocimientos y prácticas preventivas, además de promover valores, actitudes y comportamientos sobre una sexualidad responsable en el marco de la "cultura de la salud", junto con fuertes componentes de intersectorialidad (Colombia, MS/OPS, 1994: 2-3).

La segunda edición del Plan se publicó en 1995. En ella se evaluaron las acciones adelantadas en 1994. Gran parte de las actividades programadas fueron ejecutadas o iniciadas, aunque no se consiguió un cumplimiento satisfactorio de las metas propuestas. Sin embargo, se señalaba como logro que se hubiese conseguido la instalación de un nivel nacional para la ejecución del Plan y obtenido un compromiso importante por parte de los coordinadores seccionales del programa y de los equipos de salud que se habían conformado alrededor de la problemática del VIH/SIDA, aunque se habían presentado dificultades en la coordinación de acciones conjuntas con otros sectores comprometidos inicialmente en el diseño del plan. Un buen ejemplo de coordinación se dio con el Ministerio de Educación, con el cual se desarrolló el Proyecto Nacional de Educación Sexual durante el primer año del plan (Colombia, MS, 1995). En el balance se mencionaban varios aportes de OPS como la participación en el diseño de los planes, la cofinanciación de muchas de las actividades del programa, la movilización de varios sectores de la sociedad, la sensibilización del país frente a la magnitud del problema y la articulación entre diversos organismos, como las ONG y el mismo MS (Ramírez, 2002). Así, las proyecciones de este frente de cooperación aumentaban, en contraste con la experiencia de los SILOS. Esto mostraba que la cooperación parecía fluir bien si se dedicaba a asuntos propios de la nueva concepción de salud pública y qué mejor ejemplo que el VIH/SIDA.

Uno de los frentes de la cooperación que comenzó a tener serios cambios fue el de recursos humanos. Con un sistema totalmente nuevo, la inconsistencia entre la formación profesional y los perfiles ocupacionales se hizo más evidente. El problema se veía agravado por la laxitud de la legislación colombiana en educación superior. La reforma definida en esta materia por la Ley 30 de 1992, había permitido la proliferación de numerosos programas educativos en el área de la salud, algunos con diseños curriculares poco claros y sin mayor relación con las exigencias de los nuevos mercados laborales (Málaga, 1997: 84). Pero al comenzar la reglamentación de la reforma, el MS no parecía interesado en el tema. Si bien algunas direcciones regionales de salud solicitaron directamente la cooperación técnica de OPS en esta área, la falta de coordinación nacional dio la impresión de un conjunto de acciones dispersas que mostraban poco impacto (Málaga, 1997).

En el transcurso de 1994, el MS decidió retomar la cooperación y definió tres ejes de trabajo para el segundo semestre del año: el primero correspondió al desarrollo institucional del sistema de salud con un punto importante sobre desarrollo de recursos humanos; el segundo eje estaba constituido por la salud pública y el tercero por el desarrollo de los servicios locales de salud (OPS/OMS, 1.995b: 130). En el marco de estos ejes se creó -en conjunto con ASCOFAME, la Universidad del Valle y el MS, con el apoyo de OPS y otras entidades-, un comité técnico nacional para fortalecer los programas de formación en Medicina Familiar. Si la cobertura del aseguramiento sería familiar en el nuevo sistema, se hacía necesario formar algunos profesionales en este campo. Al mismo tiempo, y por solicitud del MS, se inició la discusión y elaboración de una política nacional en rehabilitación, proceso que se inició con una primera reunión de expertos. La OPS apoyó además el diseño de un seminario taller internacional de Administración Estratégica, con un grupo "selecto" de universidades, con el fin de generar una metodología que le permitiera al país mejorar la gestión de los niveles locales de salud y recuperar el frente de la descentralización (OPS, 1995: 130).

Los lineamientos de la OPS definidos para el cuatrienio 1995-1998 sobre la cooperación técnica en recursos humanos proponían que el adiestramiento, uso, distribución y dirección de personal sanitario eran de capital importancia en la reorganización del sistema de salud. La línea de acción que se planteó en esta dirección consistía en "promover el desarrollo de recursos humanos en todos los campos de importancia decisiva para el funcionamiento eficiente de los servicios de salud" (OPS/OMS, 1995: 31). Se perfilaba así, un ajuste a las necesidades de los nuevos sistemas.

Frente a lo que se consideraba un exceso de programas de formación superior de profesionales de la salud, la Representación en Colombia recalcó la necesidad de acudir a mecanismos como la autoevaluación, la acreditación, la certificación y la innovación curricular, con el fin de compensar el problema del deterioro general de la calidad de la enseñanza. Se trataba también de mantener los adelantos logrados hasta el momento. Por esto se diseñó una metodología de educación continua, elaborada sobre el aporte de funcionarios nacionales que incorporaron experiencias y avances metodológicos internacionales. De igual modo, se realizaron actividades para fortalecer la capacidad nacional para el adiestramiento en el servicio y la educación continua del personal de salud, como apoyo a los procesos de reforma (OPS/OMS, 1996a: 30).

No sólo se trataba de actualizar a los egresados. La Representación apoyó el establecimiento del programa de Doctorado de Salud Pública con énfasis en Epidemiología. Con este fin, se revisaron los contenidos curriculares de los programas de maestría y se identificaron temas de investigación prioritarios. Así mismo, se fortaleció la capacidad nacional de analizar la situación del país, profundizando en el conocimiento de sus factores condicionantes y, específicamente, se planteó avanzar en la investigación de la magnitud de los problemas sanitarios más frecuentes (OPS/OMS, 1996a: 93). De esta manera, comenzaba la identificación de nichos de adaptación que poco después se concretaron en nuevos proyectos de cooperación.

En el terreno de la "salud ambiental", que se venía impulsando desde finales de los años ochenta, la fragmentación institucional de la reforma del Estado y del sistema de salud hizo estragos. De una parte, los municipios experimentaban dificultades para asumir la inversión en saneamiento básico de su población, y de la otra, el MS comenzaba a distanciarse cada vez más de este tema. Para 1993 las funciones del MS en lo ambiental eran imprecisas. Esto se expresaba en el desarrollo de programas focales de atención, en nada relacionados con la construcción de acueductos o su financiación, pues éstas funciones habían pasado al Ministerio de Desarrollo y al nuevo Ministerio del Medio Ambiente; el MS sólo "colaboraba" con el saneamiento, dictando cursos y "charlas", y realizando algunos controles de campo en los aspectos relacionados con agua potable, alcantarillados, contaminación del aire, del agua y de los suelos, entre otros (Colombia, MS, 1998a). En estas condiciones, la política de ambiente saludable quedaba en suspenso o, por lo menos, sin un responsable claro.

También aportó su cuota de incertidumbre la crisis política nacional relacionada con la presencia de dineros del narcotráfico en las campañas electorales, a los cuales se les atribuía el haber sido determinantes en la elección de Ernesto Samper Pizano, líder tradicional del Partido Liberal, a la Presidencia de la República, en 1994. La situación fue denunciada por su contrincante conservador -derrotado en esa oportunidad- Andrés Pastrana. Durante varios años avanzó un juicio político que terminó absolviendo al presidente Samper, al tiempo que se desarrollaba un proceso judicial que comprometía cada vez más a viejos representantes de la clase política tradicional. Este fue el famoso "Proceso 8.000". Crisis de los partidos políticos, presencia económica y militar del narcotráfico en los ejes de la vida nacional, aumento de la confrontación armada y presión internacional de la guerra contra el narcotráfico, configuraron una de las peores crisis políticas que un gobierno conociera en la historia reciente (Leal Buitrago, 1996: 9-19). En estas condiciones, la reglamentación y el desarrollo de SGSSS se convirtió en un proceso confuso, casi incomprensible, contribuyendo a las dificultades de la cooperación atribuidas a las nuevas reglas. Crisis, tensión o incertidumbre, como quiera llamarse, el cambio de reglas afectó todos los ámbitos de la relación OPS-Estado colombiano y se hacía necesario construir una estrategia de recomposición.

La recomposición de una relación

La crisis de las relaciones de cooperación entre la OPS y los países de la Región comenzaba a preocupar a muchos, aunque las dinámicas nacionales eran claramente distintas. Se requería una estrategia de solución que comprometiera especialmente a los Estados Miembros y repercutiera sobre la organización continental, como en efecto ocurrió en 1994. Los lineamientos estratégicos y programáticos definidos por la XXIV Conferencia Sanitaria Panamericana de ese año, incluían la responsabilidad que debería asumir la OPS en la "reducción de las inequidades sociales" mediante su contribución a la reorganización de los sistemas y servicios de salud dentro del marco estratégico de las políticas de modernización del Estado, apertura económica, globalización y ajuste fiscal. Esto significaba, por lo menos, disminuir "las diferencias en acceso y cobertura de los servicios de salud y en las condiciones sanitarias de la población". Para superarlas, la OPS, por su lado, insistía en "asegurar el acceso de toda la población a un conjunto determinado de servicios básicos de salud de calidad aceptable, recalcando los elementos esenciales de la atención primaria" (OPS/OMS, 1995: 15 y 17).

Parecía, entonces, que la OPS no estaba dispuesta a cambiar sus banderas. Pero las reformas avanzaban y el liderazgo del BM era evidente. La Cumbre de las Américas de 1994 concluyó que era necesario acompañar los procesos de reforma y demandó a la OPS esta tarea (OPS/OMS, 1995). La Organización no podía estar por fuera, después de casi un siglo de liderazgo regional y mundial en salud (OPS/OMS, 1995a). En 1995 se abrió un nuevo escenario de negociación entre organismos internacionales para construir un pacto estratégico de impulso y desarrollo de las reformas de los sistemas de salud en toda la Región. Éste consistió en una convocatoria de casi todos los organismos de la ONU relacionados con las políticas de salud y el desarrollo socioeconómico, junto con la OEA. De esta reunión surgió el documento Acceso equitativo a los servicios básicos de salud: hacia una agenda regional para la reforma del sector salud, en el cual los organismos parecían aceptar los lineamientos básicos del BM en el diseño de las reformas (BID, BIRF, CEPAL, OEA, OPS/OMS, UNFPA, UNICEF, USAID, 1995). Siguiendo esos lineamientos, a la OPS le fue encomendada la tarea de promocionar, monitorear y evaluar la reforma de los sistemas de salud en las Américas. Pero los recursos para la implantación de las reformas seguirían siendo proporcionados por los bancos, esto es, el BID y el BM.

A partir de ese momento, las propuestas de ampliación de la cobertura no se apoyarían tanto en la intervención directa del Estado sino en la incorporación de los agentes del mercado para el conjunto de servicios de asistencia médica curativa de niveles de complejidad superiores a los servicios básicos. Pero también se hizo énfasis en que el Estado debía fortalecer sus funciones de "modulación" o "rectoría" de los sistemas, con lo que se abría una amplia puerta para el acumulado de saberes y experiencias de agencias como OPS/OMS. Además, mientras se mejoraba la situación de la economía de los países latinoamericanos y la eficiencia del sector salud, las intervenciones de los gobiernos debían orientarse fundamentalmente hacia la universalización del acceso y utilización de los servicios básicos de salud, y hacia la focalización del gasto en salud. Esto último significaba orientar los recursos de los Estados y de los organismos comprometidos hacia la atención de los grupos más desprotegidos o con mayor riesgo por su condición socioeconómica (BID, BIRF, CEPAL, OEA, OPS / OMS, UNFPA, UNICEF, USAID, 1995). De esta forma, comenzaba otra fase de la interacción y el liderazgo internacional en salud que también se expresó en el ámbito nacional.

En Colombia, el BID otorgó en 1996 un crédito al MS con la finalidad de apoyar la implantación y la sostenibilidad del nuevo sistema de salud. Este crédito, ejecutado por el Programa de Apoyo a la Reforma, un grupo ad hoc ubicado dentro del Ministerio, articuló una serie de proyectos que permitirían cumplir con los principios enunciados en la Ley 100, tales como universalidad, solidaridad, eficiencia y calidad. Estos principios tendrían que ser vistos desde la óptica de las instituciones, de las políticas y del recurso humano. Paralelamente se publicó el informe de una misión contratada por el MS con expertos de la Universidad de Harvard, donde se propuso la realización de estudios que permitieran mejorar la implantación de la reforma. Tales estudios estarían dirigidos a aclarar lo correspondiente al sistema de información, los recursos humanos, el aseguramiento, la prestación de servicios de salud y la inspección, vigilancia y control del Sistema. En estas condiciones, sería más fácil reincorporar los aportes de OPS/OMS.

La fase de recomposición de la cooperación por parte de la Representación en Colombia tuvo un giro con la presencia del doctor Hernán Málaga en 1996. Los lineamientos de la Organización y el contexto de apoyo internacional a la reforma permitían identificar algunos nichos de restitución de la cooperación en el nuevo sistema. Uno de ellos fue, precisamente, el de los servicios de salud en el ámbito local y regional, desde la perspectiva del fortalecimiento de la descentralización en el marco de la reforma. Los proyectos de este tipo se titularon "Cooperación municipal para el desarrollo de la salud", "Cooperación municipal para el logro de la equidad en salud", "Fortalecimiento de la capacidad departamental en la reforma del sector", "Apoyo al pacto social y la reforma a la seguridad social a nivel nacional" y "Municipios Saludables por la Paz". (OPS/OMS/Colombia, 1997; OPS/OMS/Colombia, 1998).

En este marco surgió el apoyo al programa de "Municipios Saludables por la Paz", por medio de varias iniciativas. El 1º de octubre de 1996, el presidente Samper hizo el lanzamiento oficial de la estrategia de los Municipios Saludables por la Paz. En el mismo año, se expidió la Resolución 3467 del MS que creaba y reglamentaba el Premio de Municipio Saludable por la Paz, poco después modificada por la Resolución 4296 de noviembre 19 de 1997. El Ministerio y la OPS definieron como Municipio Saludable por la Paz aquel cuya labor estaba dirigida a "buscar la movilización social impulsada desde diversos sectores para lograr la equidad, calidad de vida y desarrollo social en lo local, permitiendo la creación de ambientes propicios para la paz. Se basa en la implementación de acciones colectivas para mantener y mejorar las condiciones de salud y desarrollo que promuevan el bienestar colectivo y privilegien a la población más vulnerable" (Colombia, MS, 1998).

El proyecto se desarrolló en municipios de distintos departamentos del país como Versalles (Valle del Cauca), Barrancabermeja (Santander), Guapi (Cauca), Barbacoas (Nariño), Manizales (Caldas), La Vega (Cundinamarca), Valledupar (Cesar), Agustín Codazzi (Cesar), Cumaral (Meta), y diversas localidades de Bogotá (Ocampo López, 2000). Con el programa, la OPS en Colombia volvía a recuperar sus fueros en un terreno que había impulsado años atrás, la estrategia de Promoción de la Salud, que se había visto interrumpida por los avatares de la implantación de la reforma del sistema. En un contexto de violencia política, signo característico de la realidad social colombiana, alimentada por el narcotráfico y el tráfico de armas, se valoraba en el gobierno el esfuerzo de intentar la combinación de las estrategias de Promoción de la Salud y de descentralización. El panorama no era tan dramático para el proceso de descentralización, pues la Ley 60 de 1993 había definido las competencias de los niveles departamental y municipal en salud y educación, y había diseñado un sistema de distribución y asignación de recursos de la Nación hacia las regiones y municipios (sistema de transferencias). Pero los hospitales públicos se estaban convirtiendo en Empresas Sociales del Estado (ESE) y estaban entrando al sistema de competencia, facturación y contratación con las Administradoras de Régimen Subsidiado (ARS), administradoras del subsidio a la demanda. En 1997, 87% de ellos se habían transformado en ESE (Jaramillo, 1999: 96). En estas condiciones, la recuperación del papel del municipio en el manejo de la salud resultaba interesante y necesaria.

En cuanto a la cooperación en el ámbito de los recursos humanos,  las apreciaciones de la OPS sobre las relaciones entre este aspecto y la reforma sectorial comenzaron a aparecer con mayor claridad a partir de 1996, en una serie de documentos técnicos y artículos que se difundieron en los países. En ese momento comenzaban a verse los cambios en las estructuras del trabajo y del mercado laboral en los países latinoamericanos, que habían sido mencionadas por muchos autores como parte de los procesos de transformación posindustrial en los países del primer mundo y en el marco de la propuesta neoliberal.  En ese contexto, la OPS comenzó a identificar el agotamiento y las restricciones de la concepción que años atrás postulaba que los países y las instituciones eran más desarrollados mientras más y mejores profesionales tuvieran. Esta posición, inserta en el paradigma desarrollista de los años sesenta y setenta, consideraba además que mejorando la formación de los profesionales se podían resolver los problemas que afrontaban los servicios de salud y por ello se ubicaba como triple eje problemático la educación de personal de salud, la formación de profesionales en servicio y la planificación de personal (OPS/OMS, 1996a).

De esta forma, la Organización reconocía el efecto transformador de la crisis y las reformas en la economía, el Estado y la sociedad sobre los paradigmas y las condiciones en los campos de la salud y la educación en los países latinoamericanos. Pero tal vez lo más importante era que la OPS arriesgaba en ese momento una interpretación sobre la naturaleza de ese proceso de cambio. En este sentido, el problema sería ahora el análisis del mercado laboral. De allí el interés en medir el impacto de las nuevas reglas de juego en la dinámica laboral del personal sanitario, las condiciones en que éste realizaba su trabajo y las implicaciones de la inclusión de elementos de flexibilización laboral en el sector. Así, en el documento preparado por el grupo de trabajo sobre Gestión Descentralizada de Recursos Humanos en la Reforma Sectorial, reunido en San José de Costa Rica del 1 al 4 de Agosto de 1995, se hizo explícita la necesidad de dirigir la cooperación técnica en recursos humanos no sólo a los problemas de formación, capacitación y planificación, sino también a los problemas de utilización del personal en los servicios de salud (OPS/OMS, 1996b: 1). En esta ocasión, la problemática derivada de los cambios en los escenarios económicos y sociales estuvo referida a la definición del sentido y la gobernabilidad de los procesos sociales e institucionales del campo de recursos humanos (educación, profesionalización, desarrollo científico y tecnológico, cambios en las relaciones laborales, redefinición en los modelos de prestación, etc.).  Importaba, de manera particular, el tema de la situación de los trabajadores en este nuevo escenario y los efectos de la implantación de medidas de flexibilización en el campo de la salud (OPS/OMS, 1996b).

Los problemas detectados no eran pocos. Entre ellos se resaltaban los desequilibrios estructurales en la fuerza de trabajo y su mala distribución; los bajos salarios y la pobre competitividad en el sector público; la heterogeneidad y la inadecuación de los regímenes laborales con tendencia creciente a la informalidad; el bajo nivel de desempeño del personal y la insuficiencia de criterios para su evaluación; la conflictividad laboral; la fragmentación, heterogeneidad y complejidad creciente en los procesos de trabajo; y la autonomía y falta de control de los procesos de incorporación y utilización de tecnología. Adicionalmente, se evidenciaba un aumento de costos del trabajo sin una gestión capaz de controlarlos, además de desmotivación creciente o persistente del personal y, finalmente, centralización de la administración de los recursos humanos. (OPS/OMS, 1996b: 9).

La propuesta de solución consistió en una "gestión descentralizada de los recursos humanos de salud", que recogiera como elementos fundamentales la organización del trabajo flexible, la administración de personal descentralizada, la negociación de conflictos y relaciones laborales, y una adecuada capacitación del personal en servicio. La propuesta se difundió en los países, y en particular en Colombia, entre 1996 y 1998. En junio de 1996 la Representación prestó asesoría para la "planificación de recursos humanos a nivel nacional" (Colombia, MS/OPS, 1996). Con este fin, se realizó un estudio que intentaba hacer un ejercicio prospectivo de los recursos humanos. Los resultados de este análisis y de la proyección a futuro permitieron obtener conclusiones y recomendaciones que dibujaban a todas luces la tendencia predominante en materia de política laboral, educativa y de salud de los años noventa.

Con base en lo anterior, se propuso un Plan de Desarrollo de Recursos Humanos en Salud que fue acogido durante la gestión de la ministra de salud María Teresa Forero de Saade (Colombia, MS, 1996: 7). El Plan presentó cinco líneas posibles de acción: diseño de un sistema de información como insumo para la toma de decisiones, creación de un sistema de educación continua y supervisión formadora, desarrollo de un nuevo liderazgo del sector salud en las políticas de gobierno, reorientación curricular de los programas educativos del área de la salud y establecimiento de un centro de documentación y comunicación. La idea central era la adecuación de la formación a las necesidades del mercado de trabajo y de las nuevas instituciones del sistema, como Empresas Promotoras de Salud (EPS), Administradoras del Régimen Subsidiado (ARS) y Administradoras de Riesgos Profesionales (ARP), y en función de los servicios que definían los planes de beneficios como el POS y el de Accidentes de Trabajo y Enfermedad Profesional (ATEP). (OPS/OMS, 1996a:15).

En el corto plazo, se propuso una política de mayor restricción y control sobre el sector educativo, de promoción de la formación de personal auxiliar y técnico, y de creación de escenarios laborales acordes con la demanda de servicios y el personal disponible. Por otra parte, se propuso diseñar mecanismos de certificación de profesionales, técnicos y auxiliares, concertar con el MS acciones para aumentar el porcentaje de ocupación de camas en los hospitales los diferentes niveles, y educación a la comunidad para la racionalización en la utilización de los servicios. Como acciones de largo plazo se propusieron la concertación con el Ministerio de Educación y las universidades para, por una parte, disminuir el número de cupos por año para medicina en un 15.9%, bacteriología en un 12.7%, odontología en un 24.5% y fisioterapia en un 17.5%, y por otra, concertar el aumento de requisitos para disminuir el número de aspirantes a estas profesiones (OPS/OMS, 1996a: 16-7). Una conclusión importante tuvo que ver con la identificación de la crisis de la enfermería debido a la movilidad transocupacional impuesta por el mercado de trabajo y a la deserción estudiantil, lo que había generado serias dificultades sobre el funcionamiento del SGSSS. En esta dirección se propuso el aumento de ingresos anuales, la reducción de la tasa de deserción estudiantil, el aumento de ingreso de varones y la generación de incentivos para el desempeño laboral.

 Sin embargo las recomendaciones  no pasaron de tales y  de hecho, el número de facultades y de egresados siguió creciendo en función de la alta demanda, en especial de medicina, mientras disminuía en enferme. El Plan propuesto no llegó a desarrollarse sino en algunas  de sus propuestas puntuales como veremos mas adelante, en gran medida porque en el proceso de reestructuración del Ministerio desapareció la subdirección de Recursos Humanos y se diluyó el interés en este tema por atender otros de mayor urgencia hasta que dos años mas tarde se contrataron cuatro proyectos que en conjunto elaborarían una propuestas de Desarrollo de Recursos Humanos y cuyos productos fueron entregados a mediados del 2002 y aguardan la toma de decisiones por parte de la autoridad sanitaria..

Otros proyectos del mismo programa de apoyo a la reforma si se orientaron a apoyar la ejecución del Plan de Desarrollo de Recursos Humanos en Salud. Entre ellos, el de "Fortalecimiento de la capacidad departamental en la reforma del sector salud-96/97 COL/08", que tenía como objetivo, justamente, la "reorientación de programas y formación de recurso en salud" (Málaga, 1997). La OPS promovió y  apoyó la creación del Centro de Educación Permanente en Salud-CEPES, adscrito a la Universidad Tecnológica de Pereira, y se brindó asesoría técnica a las propuestas de reforma curricular en salud pública, farmacología clínica, gerontología y medicina familiar. Se realizaron experiencias específicas en comunicación en salud, el diseño de estrategias locales en Atención Integral de Enfermedades Prevalentes de la Infancia (AIEPI) y en administración para funcionaros de la red pública (OPS/OMS/Colombia, 1998:15). En una primera fase, con la asesoría técnica de OPS y del CEPES y el apoyo económico del MS, se desarrolló un proyecto en 14 Departamentos para difundir la estrategia de Educación Permanente en Salud como instrumento fundamental de planeación institucional y para el desarrollo de los recursos humanos. En una segunda etapa, ya fortalecido el CEPES, con el apoyo de la OPS se estructuraron módulos para la educación de personal en los servicios en temas de gestión de programas y en temas clínicos de interés prioritario cuyas pruebas se realizaron en instituciones y municipios del Departamento de Risaralda. Esta estrategia y los módulos sirvieron posteriormente para la elaboración del Plan Local y el Plan Institucional de Salud de todos los municipios de los departamentos de Risaralda y Quindío, así como para el desarrollo de un gran plan de capacitación de todos los funcionarios del Instituto Municipal de Salud de Pereira, tanto en cuanto a gestión de servicios como de aspectos específicamente de atención clínica.

En el marco de la cooperación regular, se realización actividades de capacitación de los recursos humanos en las áreas de prevención, vigilancia y control de enfermedades inmunoprevenibles, Enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT), enfermedad diarréica aguda y enfermedad respiratoria aguda (EDA/IRA), AIEPI, enfermedades transmitidas por vectores (ETV), zoonosis, fiebre aftosa, traumatismos y violencia, ceguera, lepra, tuberculosis y otras más (OPS/OMS/Colombia, 1998: 16). De esta forma se recuperaba la idea de una salud pública que pensaba en la integralidad de la atención de las enfermedades, en términos de prevención, recuperación y rehabilitación..

Además de los municipios saludables y los recursos humanos, otros frentes adquirieron importancia en este período. En lo referente al control y el uso racional de los medicamentos, se consolidó el Sistema Nacional de Suministros Hospitalarios que abarcaba 500 de los 600 hospitales públicos del país por medio de 11 cooperativas. Se creó la Red Nacional de Cooperativas Hospitalarias (REDSALUD) para dar apoyo técnico y obtener precios favorables en la compra de los medicamentos por parte de los hospitales (OPS/OMS/Colombia, 1997: 144). Sobre los medicamentos, la OPS colaboró con el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos-INVIMA, creado por el artículo 245 de la Ley 100 de 1993 y en funcionamiento desde 1995. Con esta entidad, las estrechas relaciones se han concentrado en definir políticas de medicamentos  y alimentos para humanos y animales, y en promover y vigilar las buenas prácticas de manufactura de ambos, entre otros aspectos.

En el proyecto de "Fortalecimiento de la capacidad departamental en la reforma del sector salud" se buscaron asesores internacionales para apoyar el proceso y se realizaron cursos de verano en el marco del doctorado de epidemiología, el Plan de Mejoramiento de las Estadísticas Vitales, cursos y talleres sobre Bioética, entre otros (OPS/OMS/Colombia, 1998: 21). También se realizaron proyectos en el terreno de la salud ocupacional, uno de los aspectos menos frecuentes entre los proyectos de cooperación. Al respecto, se realizó un proyecto con los trabajadores de la industria del petróleo, con la participación de la Unión Sindical Obrera (USO) y el aporte de recursos de la empresa petrolera estatal ECOPETROL (OPS/OMS/Colombia, 1996).

En el marco de la estrategia de Promoción de la Salud, la Representación impulsó otros proyectos articulados al de municipios saludables. Junto con el MS, el Ministerio de Educación y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, la OPS y UNICEF iniciaron el Programa Escuela Saludable de promoción de la salud en el ámbito escolar. La Escuela Saludable se orientó, entre otros aspectos, a luchar contra los retos de consumo de psicofármacos, alcohol y tabaco en niños, niñas y jóvenes. Hacia 1999 se hablaba de 161 proyectos en curso para el mejoramiento y promoción de la salud escolar (MS/ME/ICBF/OPS/UNICEF, 1999: 16).

Otra de las áreas de cooperación que se vio afectada de manera paradójica fue la de las enfermedades no transmisibles (ENT). Paradójica porque a pesar de la experiencia que en este campo se había logrado en el país, la políticas para su control y seguimiento fueron decayendo. Las ENT habían sido identificadas como problemas de salud pública cuando se comenzó a hablar de la "transición epidemiológica y demográfica" de las sociedades hacia la mitad del siglo pasado, pero en los países latinoamericanos el tema sólo entró en furor en los años ochenta. En Colombia, este campo comenzó a ocupar un lugar importante entre 1976 y 1980, cuando se desarrolló la Dirección de Epidemiología (Restrepo, 2002). Varios programas de control de crónicas, como cáncer, hipertensión arterial (HTA) y otras cardiovasculares se intentaron llevar a cabo en la década del 80. En los años 90, la OPS redefinió las prioridades de su programa en ENT para incluir todas las enfermedades cardiovasculares, cáncer y diabetes, y posteriormente, lesiones y discapacidades por traumatismos (OPS, 1997: 420).

En 1995, desde Washington se impulsó el programa de ENT como parte de la División de Prevención y Control de las Enfermedades, sustituyendo al antiguo programa de Salud del Adulto. Su misión era potenciar la capacidad de la OPS para respaldar a los Estados miembros en la prevención y control de ciertas enfermedades crónicas y traumatismos (OPS, 1997: 420). Según Restrepo, la cooperación en ENT por parte de OPS en Colombia fue muy activa, si se tiene en cuenta que asesoró a los programas de control y prevención de enfermedades cardiovasculares, diabetes, control de tabaquismo y farmacodependencias, cáncer y también en fiebre reumática. Colombia demandó cooperación en cáncer de cuello uterino, tema en el cual la OPS asesoró al Instituto Nacional de Cancerología (INC) y a varios servicios de salud, pero también se aprovecharon las fortalezas que ya se habían identificado en el país para ofrecer cooperación en registros de cáncer, metodología epidemiológica y experiencias sobre manejo de enfermedades cardiovasculares en otros países. No obstante, la cooperación en este campo fue disminuyendo cada vez más, en parte porque el país contaba con su propia experticia, pero sobre todo por la escasa prioridad que se estaba dando a este tema dentro de las políticas nacionales después de la reforma (Restrepo, 2002).

En el terreno de la lucha contra la fiebre aftosa, los éxitos de la década anterior fueron compensados. En la quinta RIMSA, realizada en 1987 tras la erradicación de la fiebre aftosa en Chile, se solicitó a la OPS elaborar un plan hemisférico de erradicación (Cárdenas, ca.2002[25]).  Éste fue elaborado basándose en la información recopilada por el CPFA durante más de treinta y cinco años, así como en el trabajo de los funcionarios de la OPS y de servicios veterinarios de los países afectados por la enfermedad.  El plan de erradicación vinculó tres elementos principales: la información epidemiológica mencionada; la nueva vacuna de adyuvante oleoso desarrollada en el CPFA y probada en áreas de varios países, incluido Colombia, y la "incorporación de los productores al proceso" (Cárdenas, ca.2002), factor éste último que tanto en éste como en otros programas parece haber adquirido una especial relevancia para la OPS en los últimos quince años (Cárdenas y Reyes, 2002).

La aplicación sistemática del plan, en el marco del paradigma erradicacionista, comprobó su aficacia con la reciente declaración de la costa norte colombiana como "área libre" de aftosa. Con este logro quedaba claro que el modelo de erradicación seguía y seguirá siendo útil cuando se trata de enfermedades transmisibles y se cuenta con una buena vacuna. Adicionalmente, el éxito de la lucha contra la aftosa ha vuelto a mostrar los aportes de la salud pública para la economía, al hacer más competitivos los productos ganaderos en medio de una política de apertura y competencia internacional. Las labores de la OPS en este campo siguen concentrándose en "la asesoría directa, la capacitación en las pruebas de control de vacunas y la administración de los programas" (Cárdenas, ca.2002), aunque parecen haberse reducido notoriamente las ofertas de capacitación, consideradas por Jaime Cárdenas y Miguel Reyes como uno de los mayores aportes de la cooperación entre la OPS y Colombia en este campo (Cárdenas y Reyes, 2002).

La salud pública en un sistema de aseguramiento

Los vaivenes de la cooperación estaban mostrando algo que